Queridos hermanos,
Jesús encuentra una sociedad donde las diferentes clases están bien delimitadas y como sucede con demasiada frecuencia, esas clases están marcadas por la dominación que los de arriba ejercen sobre los de abajo. Los de abajo no cuentan para las decisiones, son dominados, manipulados, exprimidos. Cuando pensamos en cómo eran las cosas en los tiempos de Jesús y la mirada se nos actualiza y aterrizamos en nuestro hoy y aquí, contratamos que muchas cosas han cambiado el mundo, pero el actor principal que el Padre Celestial puso en el mundo no ha cambiado esencialmente y es que el ser humano parece no mejorar, no crece en humanismo, en sensibilidad social, en fraternidad, en amor. Sigue siendo y viviendo con tendencias egoístas, vivimos la cultura del yo, del hedonismo y también de la agresividad.
Volviendo a Jesús y su tiempo, encontramos ese enorme contraste entre el mundo donde nace, crece y vive Jesús, ese mundo que conocemos a través de los evangelios y la propuesta constante de Jesús para vivir, no en ausencia total de autoridad, pero sí en fraternidad auténtica, donde nos reconozcamos, tratemos y vivamos como hijo del Padre. ¿Cómo ignorar ese constante modo de interactuar Jesús con las personas donde lo encontramos cercano, fraterno? Él nos deja de reconocer que es el Señor cuando dice: ustedes me llaman el Maestro y el Señor y dicen bien, pero también dice: no he venido a ser servido sino a servir. Tan cercano que incluso llega a compartir con los considerados intocables, el niño, el extranjero, el pecador, el leproso, la adultera, se le pueden acercar y reciben respeto, amor, junto con una invitación a convertirse, a abrirse al amor del Padre de todos, ese Padre con quien Jesús mantiene una constante y profunda intimidad en la oración.
Por otra parte, vemos que Jesús se muestra duro, fuerte en palabras y actitudes con los que detestan la autoridad, con aquellos que le hablan al pueblo de cumplimiento de preceptos, pero que ellos mismos incumplen porque trampean, porque hay hipocresía en sus intenciones y actos. De ellos dice Jesús que preparan cargas pesadas para que los demás las carguen, pero ellos no están dispuestos a mover ni un dedo. Además, debemos recordar cómo Jesús, que es cuestionado por fariseos y escribas, porque no les enseña a sus discípulos a cumplir con las tradiciones de los antepasados, les llega a recordar las palabras de Isaías, este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. A la luz de las palabras de Jesús estaremos de acuerdo en que la Iglesia en todas sus esferas está llamada a vivir en una fraternidad llena del Evangelio, donde todos estemos dispuestos a aceptar a los demás y a servirlos con generosidad.
Lejos de nosotros las élites, las piñitas, lejos de nosotros el “cumplo y miento”. Que hermoso será el día en que cada persona que llegue donde nosotros, sea en el templo o en el compartir diario, en lugar de ser recibida con miradas escrutadoras que enjuician, encuentren no sólo una sonrisa sino también palabras y actitudes acogedoras. Imaginemos cómo fue la mirada, el gesto, las palabras y el tono en que fueron dichas cuando Jesús habló con la adultera, con saqueo, con los leprosos y con todos los demás.
Que Jesús y el Espíritu Santo nos llenen el corazón para que nuestro anuncio del Evangelio y del Reino sea al estilo de Jesús. Que el Señor los bendiga y los llene de paz y amor para que anuncien con sus labios pero también con sus vidas el Reino del Señor Jesús.
Amén.
