Queridos hijos e hijas les habla su Obispo, Mons. Juan de Dios. Como siempre es un placer poder encontrarnos.
El capítulo 25 del evangelio según San Mateo, que comenzamos hoy, nos va a acompañar durante los tres últimos domingos del Tiempo Ordinario. Acogiendo la idea del final de una etapa, los textos nos van a orientar al final de los tiempos, que para cada persona llegará en su momento, cuando le llegue el encuentro definitivo con Cristo, en la que será su segunda venida. Se aprovecha aquí la comparación del reino de Dios con un banquete, al que todos estamos invitados, pero no todos lo disfrutarán, porque habrá quienes decidan no presentarse o no prepararse. La idea fundamental de la parábola es que debemos estar preparados.
Tenemos la evidencia de que llegará el encuentro final y definitivo, pero no sabemos cuándo será; a veces mucho antes de lo previsto, en ocasiones se hace esperar. El esposo tarda. Varias pueden ser las razones por las que sentimos que el esposo tarda. Quizá la espera se nos hace larga porque nos limitamos a esperar, en lugar de salir al encuentro. Puede ser que nuestro reloj, nuestro ritmo de vida, no coincida con el de Jesús y por eso se nos hace larga la espera. Pero una cosa está clara: si el esposo tarda, no es para encontrarnos con las lámparas vacías; por el contrario, es para darnos tiempo a estar bien preparados. De cada persona depende cómo aprovecha el tiempo, qué hace con su vida para prepararse al encuentro con el esposo, con Jesucristo.
Fijémonos en el texto de hoy: «Salieron a esperar al esposo» Nuestra vida es una espera, una espera del momento en que nos encontraremos cara a cara con Dios. Este mundo no es nuestra morada porque es el cielo nuestro destino. Y es justamente lo que hoy Jesús nos quiere enseñar. Parece como si Jesús nos estuviese diciendo «¡Amigo, espera en mí! Todo pasa y solamente Yo quedo».
Puede pasar que con los años vamos «acomodándonos» y olvidando nuestro destino. Cuando éramos niños y nos hablaban del cielo nuestros ojos se iluminaban y se llenaban de curiosidad «¿Cómo será el cielo?». Pero la verdad es que nos olvidamos un poco de eso mientras nos hacemos adultos y llegan las preocupaciones, trabajo, dinero,… No pensamos más ni en la muerte ni mucho menos en el cielo. Lo vemos como algo lejano que queremos retrasar lo más posible.
La realidad es que de repente nos despiertan de nuestro sueño. Vemos, por ejemplo, que algún amigo después de luchar contra el cáncer ha muerto; nos damos cuenta que nuestros antiguos profesores de colegio comienzan a pasar por los achaques de la vejez; nuestros padres ya no son los de antes… En fin, nos damos cuenta que la vida pasa y que pronto nos encontraremos nosotros también con la realidad de la muerte.
«Velen porque no saben el día ni la hora» Nadie tiene cita con la muerte y es lo que nos repite el Evangelio con esta frase final. O mejor, todos la tienen pero llega por sorpresa, de un momento a otro. Podremos revelarnos o quejarnos y decir que es injusto Dios, pero Él mismo nos lo avisa. Pero no sólo avisa sino que nos invita a ver la muerte, no como algo triste, sino como algo alegre, como una fiesta. Debemos mantener la llama de la esperanza en nuestro corazón. Debemos anhelar llegar al cielo. Debemos esperar ese momento con los ojos iluminados y llenos de curiosidad como cuando éramos niños. Eso significa tener aceite suficiente para recibir al esposo que llega.
Gracias, Señor, porque sabemos que nos has invitado a tu banquete, porque quieres que disfrutemos de tu paz y tu alegría. Bien sabes, Señor, que a veces nos puede el sueño o el cansancio, que nos olvidamos de la preparación, que nos olvidamos de los demás, sobre todo de quienes más necesitan nuestra ayuda. Despiértanos, Señor, la inquietud por ir a tu encuentro acompañados por los que tú más amas. Que lleguemos algún día a la gloria de tu reino. Amén.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.

GRACIAS!!!!!!!!!!!!!!!!
EN COMUNION DE ORACIONES POR UCRANIA e ISRAEL GRACIAS Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Autor desconocido AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
“Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).
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