En este XXXII Domingo del Tiempo Ordinario, las lecturas nos piden que estemos en una actitud de alerta ante lo que serán los acontecimientos finales de nuestra vida y de nuestra historia.
Es necesario, hermanos, estar preparados. No sea que nos pase como a las jóvenes del Evangelio, nos coja prevenidos, con las lámparas apagadas y nos encontremos con las puertas cerradas y sin poder entrar. Llamarnos la atención sobre los acontecimientos finales no tiene como objetivo asustarnos ni sentirnos desesperados ante este llamado de atención. Si hay una palabra que define a nuestro Dios y que repetimos cada domingo es que el Dios de Jesús es sobre todo Padre y un Padre misericordioso. Entonces, ¿a qué viene tanto miedo?
Pensar sobre el final no debe llevarnos a la depresión o a la desesperación. Al contrario, debe llevarnos a estar más alertas y aprovechar al máximo la vida que nos queda por vivir. Alertas, por ejemplo, ante el tipo de vida que llevamos, la situación económica y la falta de valores en nuestra sociedad nos ha llevado en estos últimos tiempos a ser individualistas, indiferentes, fríos ante los problemas de los demás.
Nos ha llevado a defender solamente a nuestra familia particular, a tal grado de no saber ni quién es mi vecino, y comenzamos a desconfiar de quien hace un intento de acercamiento. Y vamos creando un pequeño mundo donde no dejamos entrar a nadie, pero tampoco nosotros mismos podemos salir, pensando en motivaciones dañinas que puedan afectar mis intereses egoístas.
La palabra de Dios nos invita a ser como las jóvenes sensatas, a mantener siempre encendidas nuestras lámparas, que no se apaguen nuestros buenos deseos, nuestras buenas intenciones, que no se apaguen nuestros deseos de hacer el bien.
El estar alertas ante el final debe también llevarnos a descubrir la cercanía de Jesús en cada uno de nosotros.
Es Dios hecho hombre, que vive dentro de cada ser humano, y que si se lo permitimos nos dará su espíritu para que Él sea nuestra fuerza ante las adversidades de la vida, ante nuestras tristezas y debilidades. Y preguntémonos, hermanos, ¿qué imagen de Dios transmito a las personas que viven junto a mí?
¿Un Dios triste, lejano, un Dios amenazante? El Dios de Jesús no tiene nada de esto. El Dios de Jesús no es así.
Le pedimos al Señor que nos dé la valentía suficiente para mantener encendidas nuestras lámparas y poder dar un poco de luz a nuestro alrededor.
Se lo pedimos reconociendo que muchas veces hemos transmitido más oscuridad que luz a las personas por nuestra manera de actuar.
Amén.
