Queridos hijos e hijas les habla su Obispo, Mons. Juan de Dios, obispo de esta amada diócesis.
Continuamos escuchando el capítulo 25 del evangelio según San Mateo. Hoy Jesús nos cuenta una historia chocante: un amo avaro y exigente reclama para sí una lealtad a toda prueba, alabando a los ambiciosos y condenando a los que no se arriesgan ni comprometen. Viene a decir: así sucede en el reino de Dios, o se está del todo o no se está en absoluto; allí no existen medias tintas.
En la vida de cada día, el discípulo de Jesús está comprometido con el reino, y lo hace a partir de sus “talentos”, de la creatividad, del compromiso responsable en el trabajo con ellos. Lo contrario sería enterrar la vida y condenarse a la esterilidad. El miedo al riesgo puede llevarnos a un pecado de omisión.
La parábola de los talentos es la parábola de nuestra propia vida.Porque llegará, al final, un día en que todos tendremos que responder por lo que hicimos y omitimos, de los talentos que recibimos. Todos vivimos en la espera de un juicio, de una sentencia divina. Y esto es sumamente importante para comprender la dignidad del hombre y su responsabilidad.
Tal vez el hombre pase inadvertido entre los hombres. Tal vez nadie le pregunte a uno: ¿Quién eres tú y de dónde vienes? ¿Qué haces y qué puedes hacer? ¿Por qué vives así? Pero nadie es tan pequeño que pase inadvertido ante los ojos de Dios.
Todos hemos recibido unos talentos, todos fuimos regalados con una vocación personal y unas posibilidades para cumplirla. Porque Dios conoce el nombre de cada uno, y nos llamará y nos pedirá cuentas de lo que nos ha dado y de lo hayamos hecho o no con ello.
Y esto nos dignifica y nos distingue, nos saca de la masa anónima, y nos llena de responsabilidad. Y esta responsabilidad ante Dios es el fundamento de cualquier otra responsabilidad que debemos asumir entre los hombres.
En la parábola de los talentos se consideran sólo dos alternativas: los dos primeros empleados negocian los talentos que han recibido, los redoblan con su trabajo y entran como invitados al banquete de su Señor. En cambio, el tercer empleado entierra el talento, lo devuelve, y su Señor lo castiga.
Pero nada se dice de aquellos que arriesgaron los talentos recibidos y los perdieron. Probablemente Jesús entiende que la tercera alternativa es imposible, porque Dios premia ante todo la buena voluntad de los que trabajan, y no el éxito alcanzado.
De todos modos, la intención de la parábola es condenar las omisiones. Pues lo peor no es ciertamente el mal que cometemos, sino el bien que dejamos de hacer.
Existe un grupo numeroso de gente que “no roba, ni mata, ni hace mal a nadie”. Pero tampoco hace el bien. A ellos se puede aplicar lo que dice el Señor en el Apocalipsis: “No eres ni frío ni caliente; ojalá fueras lo uno o lo otro. Desgraciadamente eres tibio, y por eso voy a vomitarte de mi boca.” (Apc 3. 15s)
Retirarse a la vida privada, refugiarse en la multitud, lavarse las manos ante los gritos de los más pobres y oprimidos – es hacerse cómplice y corresponsable de la injusticia.
El Evangelio es un camino y no un hoyo para enterrar los talentos que hemos recibido. No podemos pasar la vida sin pena ni gloria. El Señor ha de venir y ya está viniendo. La vigilancia de los que esperan en su venida, no es vigilancia para esconder un tesoro, sino para negociar con ese tesoro nuestro futuro y el futuro del mundo.
Queridos hermanos, este es el único camino que nos conduce a la Casa del Padre. Es el único camino que nos permite participar, para siempre, en el banquete del Señor en su Reino celestial.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
