Queridos hermanos, estamos esperando un gran acontecimiento en nuestra vida, que celebraremos en apenas 4 semanas; el Verbo pondrá su tienda entre nosotros, debemos prepararnos para ello con intensidad y en profundidad. Esto es lo que haremos en este tiempo de adviento con el que inauguramos el nuevo año litúrgico que hoy estamos estrenando.
El tiempo de Adviento lo es de preparación; de oración, conversión y reflexión para recibir al Hijo de Dios que se hace hombre por nosotros. Pero ¿cómo recibir a Jesús como él merece? Las lecturas de los próximos domingos nos irán dando pistas. Ya el Evangelio de hoy nos invita a estar vigilantes; sólo estando atentos podremos descubrir lo que va a suceder y que no nos distraigan otros asuntos. Dios quiere encontrarse con cada uno de nosotros y es posible que no estemos preparados para dicho encuentro. Aquí tenemos una nueva oportunidad de acomodar nuestra vida para que se pueda producir tan esperado y transformador encuentro.
Nuestra espera ha de ser vigilante, como nos dice el Señor, si no podríamos dejar pasar la oportunidad de vivir con plenitud los dones que Dios nos viene a traer.
El Señor nos confía a cada uno una tarea, una familia, unos amigos, una sociedad, una patria… y cada uno tiene que realizar su misión en la vida, unos deberes que cumplir con esmero en cada momento. “Velad” nos dice el Señor en el evangelio que leemos hoy, porque no sabemos a qué hora vendrá el dueño de la casa, no sea que nos pille desprevenidos. Ante estas palabras no tenemos más remedio que espabilarnos; sacudirnos la somnolencia y dejar de ser cristianos mediocres, adormecidos y acomodados que se dejan llevar por el mundo. A la vista tenemos un nuevo día porque se vislumbra el “Sol que nace de lo alto” y debemos preparar nuestros corazones para hacerle sitio.
Hemos de preparar la casa del corazón y el alma misma para la venida de Cristo. Con Atención, que no estemos mirando en la dirección equivocada. Distraídos con las cosas secundarias. Nos vendrá bien buscar los momentos de meditación para que las celebraciones festivas, los preparativos de los encuentros familiares no nos hagan pensar que eso es lo importante que vamos a celebrar próximamente.
También la oración nos puede ayudar para darnos cuenta de que estamos ante la presencia del Señor. La oración nos abre a la trascendencia y nos dispone a encontrar a Señor.
Y siempre vigilantes, una vigilancia activa como la del que busca. No la del que espera sentado que algo ocurra.
Acompañemos nuestra petición “ven Señor Jesús” de un activo “voy a tu encuentro Señor” esa será la mejor preparación para recibirle.
