Hoy, en el segundo domingo de Adviento, se nos pide que seamos pacientes y nos preparemos bien para dicha venida.
La primera lectura nos acerca al profeta Isaías. Todo comienza con un grito. “Consuelen, consuelen a mi pueblo”. Un grito que ha de hacerse en un modo determinado. Hablando al corazón del humano. El tiempo de Adviento ha de ser tiempo de consuelo para los desconsolados de la existencia. Y claro está, el modo nunca será llenando el aire de palabras o la mente de sus sucedáneos. El consuelo llega desde las palabras de verdad que tocan en el corazón. El centro que da sentido, fuerza y razón a nuestro caminar y a nuestra espera.
Para el hebreo, el corazón es el órgano con el que se razona. ¿Cuánto podríamos ganar si a ocasiones razonáramos con el corazón y no solo con la mente invadida de intereses? Estamos preparándonos para hacer consuelo y decir palabras de verdad al corazón de nuestro hermano. Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor”. No se trata de una voz en el desierto que grita. Se trata de un grito que nos invita a descubrir cómo en los desiertos de nuestra vida podemos hallar el lugar propicio para preparar el camino del Señor. Para tomar conciencia de que la gloria habita en nuestro interior. Pues somos hijos de Dios. No solo estamos hechos para Dios, sino que estamos hechos de Dios. Ese algo de Dios en el corazón humano solo se descubre con toda belleza en nuestros desiertos. A partir de ese descubrimiento, Isaías nos revela más de la identidad de Dios.
Aquí está tu Dios. Un Dios que se hace presente en nuestra tierra. Es el exceso de un Dios de amor desbordado que pone la recompensa de la vida por delante de nuestros cumplimientos. Anticipo de la imagen del buen pastor. Y en el ser más profundo del Hijo de Dios, quien en su acercamiento encarnado en el mar actuará de tal modo que llevará todo de nuevo al corazón. Como un pastor que apacienta, que toma en brazos y hace recordar. Amar es saber esperar el tiempo que sea necesario. A nosotros solo se nos pide acrecentar la esperanza. Desde la confianza en la promesa y en la fidelidad de Dios. La providencia del Padre fortalece esta esperanza.
El Evangelio nos presenta a Juan, el último de los profetas. Juan es aquel a quien San Agustín considera voz de la palabra. Su profunda convicción de no ser él el Mesías, a pesar del éxito aparente, nos transmite una lección de humildad. No somos la palabra, sino la voz. El instrumento en las manos de Dios. Como decía la Madre Teresa de Calcuta: “voz con quien puede hacer oír su palabra en el corazón de la humanidad”.
Seamos pacientes, preparémonos interiormente para experimentar el nacimiento del Señor. De este modo, cuando celebremos la Navidad, haremos realidad lo que hemos orado al proclamar el Salmo. Experimentaremos la paz y el amor de Dios. Y la justicia, la misericordia y la fidelidad, la salvación y la gloria del Hijo de Dios. Pues Él nacerá en nuestro humilde y limpio corazón.
