Mensaje radial del P. José Alberto Escobar, OSA, de la Diócesis de Ciego de Ávila, del III domingo de Adviento, 17 de diciembre de 2023

El adviento es un tiempo de preparación espiritual para celebrar la Navidad, para celebrar aquella llegada del Señor. Adventus significa venida, es tiempo de vigilancia. Como seres humanos estamos en permanente búsqueda y espera. Pero conviene precisar el significado de esa espera, la del encuentro definitivo con Dios y la diaria de nuestro corazón que anhela su amor y vida. Nuestra espera como creyentes es una espera alegre.

En la liturgia toda actitud de vigilia tiene un lado penitencial que expresa nuestro desapego a lo que nos ata hoy, de disponibilidad a lo que vendrá.

En medio de este arco tensado en uno de cuyos extremos se encuentra la Navidad, los textos de este Domingo irrumpen con un grito gozoso: “estad siempre alegres en el Señor, os lo repito estad alegres…. Lo reitera la segunda lectura de la eucaristía de este domingo. Si bien la vigilia supone estar alerta y pronto a la respuesta, ella no debe hacerse con aire dolorido y mustio. La espera del Señor solo puede vivirse en la alegría adelantada del encuentro que tendrá lugar. La carta a los Tesalonicenses dice algo más, muy importante: ¡no apaguéis el espíritu! La mediocridad y la tristeza nos hacen perder el soplo de creatividad y libertad que el Espíritu infunde en nosotros. Tensión de espera pero alegría en el Dios de la Paz.

La razón de vivir el adviento es que el Dios, el Señor viene a salvarnos, a liberarnos. El profeta Isaías proclama lo que va a hacer realidad el Mesías esperado, y ese es Jesús, al que el misterio de la Navidad celebra. Ungido por el Espíritu viene para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar a los cautivos el perdón y a los prisioneros la libertad. El mensaje del evangelio es un mensaje de vida y liberación total que sostiene la esperanza de todo creyente.

Vivir el adviento es abrir paso a ese anuncio de bien dignidad, de salvación que es la Navidad que se acerca. Y ese anuncio se hace con profunda humildad. El evangelista Juan conocía bien el entorno de Juan el Bautista. Por eso puede proponerlo como ejemplo de modestia y lucidez, respecto a su tarea. Juan el bautista es testigo ante el pueblo judío, en el severo examen al que lo someten las autoridades de su pueblo, el precursor responde con sencillez y sobriedad. No se pone delante, se sitúa detrás del Señor. Solo le corresponde preparar los surcos en los que Jesús, el único sembrador sembrará su Palabra.

En el cuarto evangelio, Juan el bautista queda reducido a lo esencial. No es el Masías, ni Elías vuelto a la vida, ni el profeta esperado. Es la voz que grita en el desierto. Un hombre que no tiene poder político, no posee título religioso alguno, no habla desde el Templo o la sinagoga, su voz no nace de la estrategia ni de los intereses religiosos, viene de lo que escucha como todo ser humano, cuando ahonda en lo esencial. Es testigo de Jesús, sin más.

Juan se presenta como testigo de la luz. No habla mucho, pero es una voz, una voz autorizada y potente. Vive algo inconfundible y comunica lo que a él le hace vivir, no dice cosa sobre Dios, pero contagia su experiencia de Dios, porque lo vive en su interior y en su vida. No enseña doctrina religiosa pero invita a creer dando ejemplo. Así es la vida del testigo que atrae y despierta interés.

La Palabra de Dios nos pone ese reto por delante a todos nosotros, a su Iglesia. Aunque vengamos después de Jesús los cristianos somos precursores como Juan, por eso la comunidad cristiana, La Iglesia no reemplaza a Cristo. Ella debe anunciar a Cristo en todo momento, se desprende de todo aquello que distrae o dificulta el encuentro con Él. Como Juan, con humildad nos sabemos indignos de desatar la correa de su sandalia.

La espiritualidad de Juan el Bautista enriquece este tiempo de espera que hacemos en nuestros corazones. Como bautizados, como religiosos, como ministros recordamos que lo que importa es el Señor que viene, Él es la Luz, esa es la fuente de nuestra Alegría.

En este tiempo en nuestras comunidades cristianas, estamos necesitados de estos testigos de Jesús. La figura del bautista abriéndole camino en medio del pueblo judío, nos anima a despertar hoy en la Iglesia, en nuestro país, esta avocación tan necesaria, la de dar testimonio. En medio de la oscuridad de nuestros tiempos todos estamos llamados a preguntarnos por la fuerza de la luz de Dios de nuestras vidas. Necesitamos testigos de la Luz, que despierten el deseo de Jesús y hagan entendible y creíble su mensaje. Una Iglesia que con su vivencia, su espíritu y su palabra faciliten el encuentro con Él. Sigamos preparando nuestra mente y nuestro corazón para el Misterio de la Navidad.

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