Queridos hijos e hijas, qué gusto poder encontrarnos y despedir juntos este año 2023.
Las lecturas de este domingo nos sitúan en el contexto de familia. Familia de Jesús, María y José. Son judíos y se atienen a todas las normas de la ley: la presentación del niño y purificación de la madre después de dar a luz. Lo hacen en el templo de Jerusalén, en el corazón religioso del pueblo judío. Allí se encuentran con Simeón y Ana. Los dos ancianos, movidos por el Espíritu, profetizan sobre Jesús. La ley y el Espíritu confluyen en Jesús, el respaldo, el anunciado que, por fin, se hace realidad.
El Evangelio viene a nuestro encuentro con una imagen muy bonita, conmovedora y alentadora. Es la imagen de Simeón y de Ana, de quienes nos habla el Evangelio de la infancia de Jesús, de san Lucas. Eran realmente ancianos, el “viejo” Simeón y la “profetisa” Ana que tenía 84 años. El Evangelio dice que esperaban la venida de Dios cada día, con gran fidelidad, desde hacía muchos años. Querían verlo precisamente ese día, recoger los signos, intuir el inicio. Quizá estaban también un poco resignados, ya, a morir antes: esa larga espera continuaba sin embargo ocupando su vida, no tenían compromisos más importantes que este. Esperar al Señor y rezar. Y así, cuando María y José llegaron al templo para cumplir la disposición de la Ley, Simeón y Ana se movieron impulsados, animados por el Espíritu Santo. El peso de la edad y de la espera desapareció en un momento. Reconocieron al Niño, y descubrieron una nueva fuerza, para una nueva tarea: dar gracias y dar testimonio por este Signo de Dios. Simeón improvisó un bellísimo himno de júbilo. Ha sido un poeta en ese momento. Y Ana se convierte en la primera predicadora de Jesús: “hablaba del niño a quienes esperaban la redención de Jerusalén”. (Audiencia de S.S. Francisco, 11 de marzo de 2015).
La fiesta de la Sagrada Familia, en la Navidad, es la oportunidad para mirar y evaluar nuestras familias. Como judíos, María y José son cumplidores de la ley. Se sienten pueblo de Dios y así lo viven. Así mismo se admiran de lo que dicen del niño y eso les abre a nuevos horizontes que, desde el principio, intuían. En ese ambiente de una familia abierta crece Jesús. Hoy no es fácil encontrar familias estructuradas, consolidadas, acogedoras y abiertas donde los hijos encuentren seguridad, calor y confianza para su crecimiento y madurez.
La presentación de Jesucristo toca el timbre de nuestra conciencia al recordarnos lo importante que es presentarnos, ofrecernos a Dios. Este presentarse adquiere diversos matices: primero, la donación que hacemos de nosotros mismos a Dios al escucharle, al dejar que cada día vaya plasmando su obra en nuestra vida. Cada alma en particular fue creada con un fin, con una misión concreta dentro del plan providente de Dios, y Dios quiere hablar y manifestarse en el mundo, pero necesita voluntarios. Significa además la entrega que hacemos a todos los que vamos encontrando en nuestro camino. ¡Cuánto puede ayudar una sonrisa! Basta un gesto, una actitud. Por último, dicha presentación asegura, firma un pacto, cuyo cumplimiento tendrá lugar en el momento de nuestro abrazo definitivo con Dios, cuando cansados de nuestro peregrinar por esta tierra, le podamos decir a Dios: ¡Valió la pena apostar por ti!
No son las grandes predicaciones, no son las grandes obras de apostolado ni los proyectos de gran envergadura los que suscitan la verdadera admiración de los hombres. El asombro viene cuando detrás de todo aquello está un hombre que vive de Dios, un hombre que aprendió a presentarse a Dios y a los demás. María Santísima es experta en llevar nuestras obras a buen puerto. Basta una decisión libre y un entusiasmo por lo que tenemos que hacer.
Señor, tú conoces nuestras familias. Cuántas de ellas están desintegradas por incomprensiones, guerras, exilios, hambres, anhelos de vida mejor. Pero también hay familias unidas, donde tu amor está presente en cada momento. Familias abiertas, alegres, generosas que hacen sentir bien al que se acerca a ellas. Te damos gracias por estas y rogamos por aquellas que pasan dificultades. Que el año que mañana comenzamos sea tiempo de gracia, de luz, de entendimiento, de alegría para todas las familias de la tierra. Bendícelas, Señor.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
