Mensaje radial del Diácono Andrés Ferrer Jiménez, Diócesis de Ciego de Ávila, de la Fiesta de la Epifanía del Señor el domingo 7 de enero de 2024

Queridos hermanos, la fiesta de la Epifanía del Señor es la fiesta de la revelación de Dios a los hombres. Dios pone en boca del profeta Isaías el anuncio de la esperanza para aquel pueblo que caminaba en tinieblas y en sombra de muerte. El pueblo que vivía desesperanzado, humillado y ultrajado por gobernantes que no escuchaban su clamor de pueblo. Dios, que es eterna misericordia, les promete la llegada de un Mesías. El Mesías era esperado con la esperanza de que arrancara y liberara de todos los males por los que estaban transitando. El profeta Isaías anuncia que sobre este pueblo amanecerá el Señor y brillará una luz resplandeciente y lo verán radiante de alegría.

Hermanos, este pueblo es el pueblo de Dios. El pueblo que caminaba en tinieblas esperaba el cumplimiento de esta profecía. ¿Y cómo será? ¿Cómo se manifestará Dios? ¿Vendrá? ¿De dónde? ¿Será un hombre poderoso rodeado de ejércitos bien armados capaz de expulsar al imperio romano que los mantenía en sombra de muerte? ¿Saldrá este salvador de dentro de esta masa humana explotada? ¿Dónde no se vislumbran en un mundo de desesperanza? ¿Dónde no se vislumbra un líder? Dios, que nunca abandona a su pueblo y que sus proyectos son impredecibles, se las ingenia de la forma más insospechada para hacer realidad esta profecía.

En una joven de Nazaret llamada María, a la cual llaman dichosa, comprometida con José del Estirpe de David, la llena de gracia, Dios puso su mirada en ella. Sin mancha de pecado original, y fue elegida por el Todopoderoso para hacerse carne en su seno. Y a través de un ángel recibe esta noticia. Con gran incertidumbre, ella da aquel SÍ, encarnándose Dios en su seno. Hágase en mí según tu Palabra. Comenzando para María un proceso de gestación divina. José, también iluminado a través del ángel, complementa la custodia de Dios. ¡Qué gran responsabilidad para María y José! ¡Qué gran preocupación mantener en secreto este acontecimiento! ¿Quién le hubiese creído al atreverse a decir que llevaba en su seno a Dios?

Hoy, día de la Epifanía, es decir, de la manifestación gloriosa a los hombres por parte de Dios, nos relata que Belén, pueblito sin renombre en esa época fue el escogido por Dios y anunciado por el profeta Isaías. Y tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel. Nos relata Mateo en el Evangelio de hoy, que unos magos, venidos de Oriente y que la tradición nombró como Melchor, Gaspar y Baltasar, recibiendo el anuncio del ángel, fueron guiados por una estrella hasta llegar a Jerusalén donde preguntaron ¿Dónde está el rey del judío que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella y hemos venido a adorarle.

Herodes, al oír la palabra rey, se preocupa, no por el acontecimiento, sino por la posibilidad de la pérdida del poder y después de escuchar la profecía, envía a los magos en la búsqueda de su posible opositor. Los magos, por su parte, llegan a Belén, hasta que la estrella se detiene sobre la posición donde estaba el salvador del mundo, un niño indefenso, débil, sencillo. En Belén de Judea, Dios se hizo hombre y estos hombres, los magos, hincándose de rodillas, adoraban a su rey. Y le mandaron al niño ofreciéndole como regado oro, incienso y mirra. ¡Qué grandeza la de Dios ofrecer a su hijo en la sencillez y dulzura de un bebé! No sólo para salvar y quitar las tinieblas y las sombras de muerte al pueblo oprimido por el imperio romano, sino ofrecer a su hijo para la salvación del mundo, para quitar la ignorancia y el velo de los oprimidos por los poderes destructivos, que, conscientes de la fuerza popular del cristiano, han intentado manipular bajo la hipocresía a los pueblos.

Queridos hermanos, pidamos al niño Dios por Cuba, para que en esta Navidad nazca en cada cubano dentro y fuera de nuestra querida isla, y que veamos la grandeza de su poder infinito, y que cese la incertidumbre y la desesperanza para que reine la paz, la justicia y la alegría que proviene de Dios, el que él mismo, ayer, hoy y siempre, y es el amigo que nunca falla. Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y los acompaña siempre.

Amén.

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