El domingo anterior la Palabra de Dios nos invitaba a meditar en estas dos preguntas y la respuesta final de Jesús.
¿Qué buscan?, ¿Dónde vives? Y vengan a ver. Tener valor para cambiar, para seguir a Jesús y Dejarse guiar por su Espíritu es algo que muchas veces se nos torna difícil, sería fácil si verdaderamente nuestro mayor anhelo fuera que Jesús tomara el timón de nuestras vidas.
A veces creemos ser más sabios que la Palabra de Dios y tenemos nuestros propios criterios, nuestro almacén de sabiduría, y nos rebelamos contra Dios, es cuando se hace difícil el cambio. Pues hoy, la Palabra de Dios nos invita no solo a seguirle, a estar con Él, a sentir su presencia protectora y santa en nuestras vidas. Sino a responder. Todos hemos sido llamados pero no todos hemos respondido. Jesús nos dice: “el plazo está vencido. El Reino de Dios está llegando”.
Hermanos, el tiempo es ahora. Nos dice el evangelio: “inmediatamente dejaron las redes y siguieron a Jesús”. Simón, Andrés, Santiago y Juan, Dejaron familia, trabajo, amigos… y comenzaron a aprender un nuevo oficio: servidores del Reino de Dios. Fueron los primeros en responder y seguir a Jesús. Leemos los evangelios y vemos a estos hombres que nos inspiran asombro, confianza, valor y fe, atrevimiento, riesgo, llamada y respuesta, vida y destino, vida y muerte entregadas al servicio de su único Señor. Y uno piensa, eso no es para mí. No estoy preparado para responder, no estoy a la altura de ellos. Hermanos en la vida cristiana, muchas veces, tenemos esa sensación, pero Jesús nos sigue llamando a mí, a ti, quiere que respondamos. Muchos son los llamados, pocos los que responden. Así fue en el tiempo de Jesús, el evangelio nos cuenta la historia del joven rico que le dio la espalda. Y así es en nuestro tiempo. Muchos escuchan el mensaje. Muchos admiran a Jesús. Muchos leen el evangelio. Muchos van a las iglesias. Pero pocos responden a Jesús. Pocos se ponen al servicio del Señor. No olvidemos que la respuesta nace en un corazón limpio y libre, no olvidemos que la respuesta se da cada día, en el trabajo, en la familia, en la sociedad, en el servicio humilde a nuestros hermanos, principalmente en los más necesitados.
Érase una vez una mujer muy devota y llena de amor a Dios. Solía ir a la iglesia todas las mañanas, y por el camino solían acosarla los niños y los mendigos, pero ella iba tan absorta en sus devociones que ni siquiera los veía. Un buen día, tras haber recorrido el camino acostumbrado, llegó a la iglesia en el preciso momento en que iba a empezar el culto. Empujó la puerta pero ésta no se abrió. Volvió a empujar, esta vez con más fuerza, y comprobó que la puerta estaba cerrada con llave. Afligida por no poder haber asistido al culto por primera vez en muchos años, y no sabiendo qué hacer, miró hacia arriba… y justamente allí, frente a sus ojos, vio una nota clavada en la puerta. La nota decía: estoy aquí afuera (La oración de la rana).
No seamos perezosos en el breve trabajo, como diría San Agustín. Somos el cuerpo de Cristo, y necesita de todo nuestro ser, para llevar la salvación a todas las personas, respondamos a su llamado, porque de nosotros depende nuestra salvación y la del mundo entero.
