Queridos hijos e hijas, les habla su obispo, Mons. Juan de Dios Hernández.
El pasaje evangélico presenta a Jesús que, con su pequeña comunidad de discípulos, entra en Cafarnaún, la ciudad en la que vivía Pedro y que en aquellos tiempos era la más grande de Galilea. Y Él entra en aquella ciudad.
El evangelista Marcos relata que Jesús, siendo aquel día un sábado, fue inmediatamente a la sinagoga y se puso a enseñar. Esto hace pensar en la primacía de la Palabra de Dios, Palabra que hay que escuchar, Palabra que hay que acoger, Palabra que hay que anunciar.
Jesús inicia su predicación anunciando la llegada del Reino. Interpela al mundo con la necesidad de la conversión. Recluta a sus primeros seguidores… Reino, conversión y llamada, son realidades inseparables que desde entonces vivimos en la Iglesia.
Jesús, enseñando en la sinagoga, admiraba a sus oyentes, que veían una manera distinta de enseñar. Jesús lo hace con autoridad. No necesita referirse a ninguno de los grandes maestros de Israel. Lleva a cabo su enseñanza con autonomía sin estar refiriendo lo que enseña a algún famoso de la historia. Lo que enseña no son teorías aprendidas, sino lo que la vida enseña en relación con Dios y los demás.
En tiempos de Jesús los medios de comunicación eran incipientes. La mayoría de la gente no sabía leer ni escribir. Se escuchaba. La difusión era, sobre todo oral. Hoy es abrumadora la cantidad de formas de comunicación que, a toda hora, nos mantienen saturados. Se nos invita a utilizar convenientemente estos medios, sin caer en la trivialidad, desorientación o hasta mentira. Hay que trabajar para que el mal sea vencido por el bien: enseñar con autoridad.
Debemos entender que cuando Cristo proclama el Reino, como un tiempo cumplido, se trata igualmente del tiempo concedido a cada uno de nosotros. El tiempo de nuestra vida en la que debemos obrar siempre el bien. Pero no un bien ideal. El bien que tiene el rostro de cuantos nos rodean: hermanos, amigos, hijos, esposos, empleados y compañeros de trabajo; pobres y enfermos… Darse a sí mismo para procurar el bien de los demás. De esto se nos pedirán cuentas al final de nuestra vida.
Cristo sigue interpelando al hombre de todos los tiempos, para que se coloque con él, o contra él. Desafortunadamente no hay más posiciones. Y siempre tendremos que decidir: Cristo o nuestro egoísmo. Cristo o nuestra sensualidad. Jesús mismo hablaba de que no se puede servir a dos señores. Es imposible encender una vela a Dios y otra al diablo…
Vemos que no es fácil mantenerse fiel a las enseñanzas del Maestro, y que por más buenas intenciones que tenemos en hacer el bien y ayudar a los demás, no siempre conquistamos nuestras metas. Sin embargo, no tenemos que amilanarnos. Hay que confiar y pedir a Cristo la fuerza para dar la cara por Él y por su Reino, del mismo modo que Él dio la vida por nosotros.
Señor, el mal sigue estando presente en nuestro mundo: las guerras, el hambre, enfermedades, injusticias, marginación y un largo etcétera. La humanidad continúa poseída por malos espíritus. Necesitamos de tu presencia y la palabra encarnada para que nos ayude a expulsar todo lo que hace daño al ser humano. Solo así será posible tu reino de amor que quieres para todos.
Que María de la Caridad nos anime a anunciar constantemente a su Hijo.
