Una de las experiencias más desconcertantes de la vida humana es la del sufrimiento y el dolor. El misterio del dolor parece desmentir cualquier sentido que se le quiera dar a la existencia, haciendo patente más bien un vacío descargador que en la obra. Esto es lo que Job siente en su dramática vivencia.
¿Cómo no identificarse con sus palabras en un mundo repleto de personas que pasan por situaciones similares? ¿Dónde está Dios? Sus preguntas son las de cualquier hombre angustiado y asediado por el dolor. Sus dificultades son también las nuestras. La palabra de este domingo nos coloca frente al misterio del mal y su difícil relación con la fe en Dios. Nos manifiesta con toda naturalidad la conexión de esa realidad con el Dios de la encarnación y con la misión eclesial.
El Evangelio nos muestra Jesús que sale de la sinagoga y sana a cuantas personas encuentren su camino. Primero la suegra de Simón, quien la acoge en su casa, y luego a la multitud que acude a la puerta. El nazareno no especula ante el sufrimiento, sencillamente intenta aliviarlo o hacerlo desaparecer. El Dios, revelado por Jesucristo, no quiere que la gente padezca el mal, sea cual sea su causa. Este camino de Jesús contra el mal solo se entiende desde la experiencia en Dios. Jesús, antes de curar, viene del encuentro en Dios en la sinagoga, del encuentro con la Palabra. Y luego, se retira, a solas a orar. Lo que el Señor dice, lo que el Señor hace, para romper la experiencia del dolor, brota de su relación con Dios. La auténtica experiencia de Dios nos acerca al mundo del dolor y el sufrimiento. El Dios de Jesús es un Dios compasivo y cercano, que se identifica con el que sufre y hace lo posible por amainar su dolor.
Esta cercanía es fruto del amor y llega hasta el extremo de cargar con el sufrimiento de los demás. Dios no quiere el mal como tampoco lo queremos los hombres. La única manera para evitar el sufrimiento es el amor, la solidaridad y la cercanía. La entrega generosa hacia los demás. La misión del Maestro es llegar a todos los hombres. Por eso envía a sus discípulos y los envía al mundo entero. Con Él a anunciar la buena noticia y examinar los enfermos.
Por eso San Pablo da cuenta de ese ministerio que da sentido a su vida. “Me he hecho débil, como los débiles, para ganar a los débiles. Me he hecho todos a todos para ganar sea como sea a algunos. Y lo hago por el Evangelio para participar yo también de sus bienes”. En ese sentido la Iglesia, como dice el Papa Francisco, ha de ser un hospital de campaña. Una iglesia samaritana. Luchar con las armas del Evangelio contra el mal y el sufrimiento.
Que este quinto domingo del tiempo ordinario sea una llamada en nuestros corazones para que a través de la palabra y la acción movida por el amor tratemos de acabar con el sufrimiento en nuestros ambientes.
