Queridos hermanos, la liturgia de este sexto domingo de tiempo ordinario nos propone la lectura del libro del Levítico, el pasaje donde el Señor da a Moisés la norma de actuación para con las personas enfermas de lepra: deben presentarse ante el sacerdote y este los declarará impuros, debiendo vivir fuera de los campamentos y solos. Y junto a esta primera lectura también nos presenta el Evangelio de Marcos donde vemos a Jesús que trasgrede dicha norma acercándose y tocando a un leproso. Dicha acción, conforme a las normas de Levítico, convertía a Jesús en impuro pero a él no le importa una norma que excluye y margina a las personas.
Los leprosos eran considerados física y espiritualmente personas impuras. Cualquier persona que tocaba a un impuro, se hacía él mismo impuro, según el sistema religioso-moral judío. Por eso, los leprosos debían vivir separados de la sociedad y gritar “impuro”, “impuro” ante cualquier persona que se les acercaba. La lepra les segregaba y les excluía de la sociedad. Jesús sabía muy bien que no podía tocar a un leproso, sin hacerse él mismo, legalmente, impuro. Ante aquel leproso que le pedía, de rodillas, la curación, Jesús se olvidó de la ley y extendiendo la mano y tocándole, le dijo: quiero, queda limpio. El evangelista nos dice que lo hizo porque sintió lástima de aquella persona enferma y marginada. Es algo serio y profundamente significativo lo que Jesús se atrevió a hacer por aquel enfermo. La salud y el bien, tanto físico como espiritual, de una persona le importó más que la ley. Es lo mismo que vemos con los múltiples casos de curaciones en sábado. Jesús nos dirá, en otro pasaje, que lo que él hizo no fue quebrantar ninguna ley, sino perfeccionar una ley que era manifiestamente injusta e inmoral. Una ley sólo puede ser buena cuando está al servicio del bien de las personas, nunca en contra de la persona. Esto debe hacernos pensar a nosotros, los cristianos. Para nosotros el bien de las personas debe estar siempre por encima de cualquier ley. Nuestro corazón debe sentir siempre lástima ante cualquier persona enferma, marginada e injustamente tratada. Nuestra lástima nos obliga, en estos casos, a preferir la justicia moral y evangélica, como la de Jesús de Nazaret, a cualquier justicia legal de turno.
Lo que está haciendo Jesús es ofrecernos un programa religioso distinto, donde lo esencial no es la norma sino el hombre, con todas sus circunstancias. Al examinar nuestra vida, numerosos cristianos verificamos que también somos leprosos. Porque son muchas nuestras heridas. Nos decimos personas practicantes, pero pueda que llevemos en nuestro interior manejos inmorales y propósitos torcidos.
En el nuevo programa religioso que nos propone Jesús querer y su poder son iguales a amar al prójimo: la voluntad de Dios es nuestro bien, en todos los sentidos. Es necesario que nosotros busquemos su cercanía y la integración en la comunidad, de otra manera se obstaculiza su proyecto de salvación.
Cuántas veces nuestra ley, que no la de Dios, nos hace transgredir la única ley del Señor Jesús: “amaos los unos a los otros”. Con la ley de Dios en la mano repudiamos a los divorciados, a los casados por lo civil, a las madres solteras, a los homosexuales, a los drogadictos, a los enfermos de sida (todos ellos son los leprosos de hoy). Muy a menudo la Iglesia no ha sabido ver en ellos a los marginados que como el leproso nos decían: si quieres puedes curarme.
Pero, aparte de las ocasiones en que nosotros hacemos leprosos a los otros, que somos nosotros los que nosotros marginamos. Existen esas ocasiones en que los leprosos podemos ser nosotros. Si todos esos pecados inconfesables afloraran a la vista de los demás, seguramente también nosotros quedaríamos marginados. Son muchas las cosas que a nosotros nos deforman: nuestra ira en momentos ocasionales, nuestro desprecio a los demás por ser menos capaces o poco inteligentes, nuestra soberbian de raza o clase, el rencor acumulado… seguramente también nosotros deberíamos en ocasiones sentirnos como el leproso y tender la mano hacia Jesús para decirle “si quieres puedes curarme”.
