Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río, del II domingo de Cuaresma, 25 de febrero de 2024

Queridos hijos e hijas, les habla su obispo, Mons. Juan de Dios Hernández.

Acabamos de escuchar el Evangelio de la Transfiguración del Señor. Tal vez nos parezca un poco extraño y nos preguntamos: ¿Por qué la Iglesia nos presenta este Evangelio, lleno de gloria y esplendor, en medio de la Cuaresma?

Poco antes de este acontecimiento, Jesús les anuncia a los apóstoles su pasión y muerte, como también su resurrección al tercer día. Pero los apóstoles no lo entienden. Por eso, el Señor les manifiesta su gloria en la Transfiguración, como un anticipo de su gloria, después de su resurrección.

¡Qué impresionante presentación, en lo más alto del monte, que nos indica quién es Jesús, y en presencia de dos grandes representantes del pueblo del Antiguo Testamento, dotados de gran autoridad: el profeta Elías y Moisés! El momento narrado por el evangelista Lucas, el llamado domingo de la Transfiguración del Señor, es como un fogonazo de luz, que a los apóstoles Pedro, Santiago y Juan les confirma que el camino elegido por su Maestro es el camino de la entrega total de su muerte en la cruz y su resurrección, para salvación de todos. Esta misma voz se escuchó también en el río Jordán, cuando Jesús fue bautizado por  Juan el Bautista: “Este es mi Hijo amado. Escúchenlo”.

Para saber escuchar, debemos tener los oídos y el corazón limpios y atentos. Y esa voz no debe correr el riesgo de tantas palabras huecas que entran por un oído y salen por el otro. Estas palabras: “Este es mi Hijo amado. Escúchenlo”, deben quedarse grabadas a fuego en nuestro corazón. Deben cobrar todo el valor y sentido en nuestra vida de discípulos de Jesús, de hacer vida su mandamiento de amarnos como él nos ha amado (cf. Jn 13, 31- 35)

Ahora ¿qué significó la transfiguración en la vida de los apóstoles? Ellos estaban acostumbrados al Señor. Lo veían todos los días, bebían y comían con Él, sabían todo lo que hacía, escuchaban interminables sermones. Y cuanto más lo escuchaban, menos atención mostraban, menos lo entendían, menos impresionados quedaban.

Entonces el Señor juzgó que esta situación no podía continuar, que los apóstoles necesitaban de una visión, de una transfiguración. Un día los toma aparte y los lleva a una montaña alta – según la tradición, el monte Tabor. Y en la soledad y el silencio allí arriba, se sosiegan, aprenden a callarse, se liberan de sus preocupaciones y ambiciones humanas.
Están solos con Él: ahora empiezan a fijarse en Él, a mirarlo de veras, a conocerlo más hondamente. Y cuando oyen la voz de arriba entonces se abren sus ojos y sus mentes y van sintiendo la presencia de Dios. Se dan cuenta de que Jesús es mucho más que un simple profeta. Están tan llenos de alegría que quieren quedarse para siempre allí arriba: “¡Que hermoso es estar aquí!”…

Me parece que también muchos de nosotros necesitamos una visión, una revelación, una transfiguración del Señor, como los apóstoles. Porque también nosotros estamos tan familiarizados a creer en Él, a oír hablar de Él, a rezarle oraciones a Él, que la rutina desde hace tiempo nos tiene cautivados.

Y lo que mata el amor, lo que destruye la fe, lo que deshace la Iglesia, no son las crisis sino simplemente la rutina.

El medio para recibir esa gracia de una visión, de una transfiguración es ahora el mismo que en aquel entonces. Tenemos que evadirnos de la rutina. Tenemos que subir a una montaña, es decir, buscar un poco de soledad, callarnos, conversar íntimamente con el Señor, consagrar un poco más de tiempo a Dios.

Si lo hacemos, entonces nuestros ojos se abrirán por fin. Comenzaremos a ver con claridad en Él y en nosotros mismos. Su presencia se convertirá en algo real y cercano. Podremos hablar con Él, en silencio, de cara a cara. Su deseo y voluntad se nos aparecerá con evidencia.

Y entonces quizás le diremos también nosotros, lo mismo que dijeron los apóstoles: Señor, que bien estamos aquí. Ojalá pudiéramos continuar siempre como ahora.

Pero recuerden que Jesús les invitó a bajar al valle, a la vida normal, a vivir el evangelio con los hermanos. ¡Regálanos, Señor, tu espíritu de las bienaventuranzas! Queremos escuchar tus palabras, tu buena noticia, y vivirla en fraternidad y armonía con todos, hombres y mujeres de la tierra.

Que la Virgen de la Caridad nos acompañe siempre.

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