Queridos hijos e hijas, les habla su obispo, Mons. Juan de Dios Hernández.
El libro de los Números nos narra el largo peregrinar del pueblo de Israel por el desierto, durante esos cuarenta años. Al final, llegan al monte Nebo, al otro lado del Jordán, antes de entrar a la tierra prometida. La Biblia nos cuenta que allí murió Moisés. También este libro nos cuenta, entre otras cosas, todas las rebeldías de los israelitas contra Dios y contra Moisés, por no dar crédito a sus promesas y por murmurar contra Él. Entonces Dios –nos refiere la Biblia– les mandó serpientes para castigar a los rebeldes. A muchos los mordieron y, después de una fiebre intensa, morían. Aquí es, pues, donde aparecen las famosas cobras. Ante este panorama, Moisés, a petición del pueblo, ora a Yahvéh. Y en respuesta, el Señor le manda hacer una serpiente de bronce y colocarla sobre un asta; todos los que sufrieran una picadura de serpiente, con solo verla, sanarían. De ahí proviene el símbolo de la Salud Pública.
Jesucristo nuestro Señor, en el Evangelio de hoy, recuerda a Nicodemo lo que Moisés hizo en el desierto con la serpiente de bronce. Claramente nos está ya hablando de su pasión y de su próxima muerte en la cruz. Él también será levantado sobre la tierra y colocado sobre un asta, como signo y causa de nuestra salvación. Así, todo el que contemple con fe al Crucificado y lo acepte de verdad como Redentor, obtendrá la vida eterna.
Los primeros cristianos lo vincularon con el papel que juega el Hijo del hombre en la salvación del mundo. Dios es autor de esta iniciativa. El mundo, la humanidad y la creación entera son los destinatarios de esta acción.
Pero Cristo quiere dejar bien claro el motivo de su pasión y de su muerte en la cruz: el amor infinito del Padre hacia nosotros al entregarnos a su único Hijo para redimirnos del pecado. Y, por otro lado, está también la total libertad con que el Hijo se entrega a la muerte por amor al hombre: “Nadie me quita la vida –dirá en otro pasaje–; soy yo quien la doy por mí mismo, pues tengo poder para darla y volverla a tomar”.
El amor que Dios nos tiene es algo real y no es un puro discurso. Se ha materializado en la propia vida de Jesús, que se entregó en rescate por muchos. Lo hemos recibido gratis de él. Lo que se espera es darlo también gratis a través de nuestras buenas obras. La vida eterna se comienza a tejer desde la tierra, lugar en el que nos corresponde hacer el bien. Por eso, optar por Jesús implica colaborar con su proyecto de vida y de amor. Significa alejarse del camino de la oscuridad para adherirse al camino de la luz y la verdad. Es el camino que crea espacio de liberación, de paz y de bienestar.
Durante la hermosa celebración de la Vigilia pascual, la Iglesia pone en labios del sacerdote que proclama el pregón, estas conmovedoras palabras: “¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiésemos sido rescatados? ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo entregaste al Hijo!”. Así es. Ni más ni menos.
Nos vamos acercando cada vez más a la Pascua del Señor, a la celebración de los misterios de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Ojalá que, día tras día, vayamos penetrando en nuestra oración y meditación, con inmensa devoción y fe, en todo lo que significó para Cristo ir a la cruz por nosotros: ¡qué infinito amor y generosidad de parte suya para morir en lugar tuyo y mío, para devolvernos la amistad con Dios y abrirnos las puertas del cielo! Y ojalá que esta meditación nos lleve a cada uno de nosotros a optar por vivir en la luz y no en las tinieblas, como nos pide Cristo en el Evangelio de hoy; o sea, a llevar una auténtica vida de gracia y a desterrar para siempre el pecado en nuestra vida, en todas sus formas y manifestaciones.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
