Mensaje radial del Diácono Andrés Ferrer Jiménez, Diócesis de Ciego de Ávila, del IV domingo de Cuaresma, 10 de marzo de 2024

“En la cruz murió un hombre un día, hay que aprender a morir todos los días en la cruz con Jesús”.

Hermanos, la iglesia celebra hoy el cuarto domingo de cuaresma, y nos continúa haciendo el llamado a la conversión, viviendo como auténticos cristianos a través de la oración, la limosna y el ayuno. Estas prácticas cuaresmales posibilitan hacernos más transparentes ante la mirada misericordiosa de Jesús y convertirnos en signo de esperanza y optimismo para un pueblo que no vislumbra el rostro del Crucificado y Resucitado.

Un rostro con mirada profunda, pero mirada de amor, del Hijo de Dios hecho hombre, humanizado en el seno de la Santísima Virgen María. San Juan, en el capítulo 3, nos relata que Jesús, en su Trono de Gloria, fue elevado en el Calvario, extendiendo sus brazos para abarcar a toda la humanidad, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna.

Hermanos todos, para la salvación de los hombres, Dios entregó a su Hijo único, para que el mundo se salve por Él, nos reitera San Juan en su Evangelio. La promesa del Todopoderoso nos regala la garantía que el que cree en Él, viviendo como Él vivió y practicando las obras de misericordia, dando de comer al hambriento, dando de beber al sediento, vistiendo al desnudo, visitando al enfermo y al preso, unido en esta Cuaresma a nuestras propias, de nuestra condición cristiana, no será juzgado por estar revestido de Cristo, por lo que hay un sector de la humanidad que vive unido a Jesús, lo cual le permite caminar por el camino de la luz.

Otra parte de la humanidad no visualiza la luz, la luz dada a los hombres a través de la Palabra de Dios y el pan de la Eucaristía. Vive de espalda al necesitado, al enfermo, al preso, vive de espalda a aquellos niños, adolescentes y jóvenes que son utilizados como objetos sexuales, como mercancía para traficar sus órganos o en ocasiones drogas y armas. También estos hombres, que no ven la luz de Cristo en su corazón, en su palabra, no la conocen o no la quieren conocer, son capaces de hacer lo indecible por sus economías, por su crecimiento material.

Estos hombres, que prefieren las tinieblas a la luz porque sus obras son malas, están perversamente desterrados de la luz. El libro de los proverbios, el capítulo 10, el verso 7, nos dice que la memoria del justo será una bendición, más la memoria del malo se pudrirá. Las Escrituras nos dicen también que la Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrando hasta las entrañas del alma. Si Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre, las obras de misericordia prevalecerán para la eternidad, pues el hombre está llamado a hacer el bien por mandato divino a través de sus obras, por lo que nuestras prácticas en esta cuaresma radican en la oración, el ayuno y la limosna, unido a la Palabra y al pan de la Eucaristía.

Moisés se encontró en el monte Sinaí durante cuarenta años, durante cuarenta días con Dios. El pueblo, liberado de la esclavitud del faraón, vivió durante cuarenta años camino a las tierras prometidas, y nuestro Señor Jesús se retiró al desierto durante cuarenta días antes de comenzar su vida pública, siendo tentado por Satanás y venciendo a través de las prácticas que hoy su pueblo vive, y hoy, estas tentaciones.

Si como dice el proverbio, que la memoria del malo se pudrirá, porque no se acercan a la luz para no verse acusado por sus obras, el pasado, el presente y el futuro del hombre que realiza la verdad, se acerca a la luz para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Queridos hermanos, continuemos con nuestras prácticas cuaresmales, camino a celebrar con amor, fe y devoción, nuestra Semana Santa, la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, su pasión, su muerte y su Gloriosa Resurrección.

Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y los acompaña siempre. Amén.

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