El evangelio de hoy comienza con una petición dirigida por los griegos al apóstol Felipe: «Señor, queremos ver a Jesús». La contemplación del rostro de Jesús fue definida por San Juan Pablo II como el objetivo más importante de los cristianos para el tercer milenio.
Hoy, cuando en la Iglesia en Cuba nos preparamos espiritualmente para el Año Jubilar, necesitamos acercarnos más al Rostro de Jesús en nuestras oraciones y en nuestras actitudes. Cuando busquemos respuestas a nuestras preguntas cotidianas, busquémoslas contemplando la vida de Jesús.
La contemplación de Jesús sufriente y glorioso es poder, fuerza para seguirlo en la vida. Hasta cierto punto, experimentaremos o penetraremos el misterio de la «personalidad de Dios» cuando, por fe, aceptemos verlo en Jesucristo. La persona de Jesús, su vida, sus palabras, sus obras, su misericordia, su bondad y su amor son el reflejo más perfecto del rostro y del Corazón de Dios.
Sólo Jesús vio realmente a Dios Padre, porque él es Dios mismo. Él permanece en la relación más íntima con el Padre. Y este Jesús, que es el reflejo del Padre, se hizo hombre, se hizo carne, entró en nuestra historia. Al contemplar su vida terrena, sus palabras y sus obras, podemos captar algo de la vida del misterio insondable del Padre. En Jesús, nosotros vemos a Dios y su amor. Y por Jesús entramos a una relación íntima con el Padre.
En respuesta a la petición de los griegos, Jesús anuncia su sufrimiento, pasión, muerte y resurrección. Gracias a estos acontecimientos, Él atraerá a todos hacia Sí (salvar). Es como una semilla que debe morir para dar fruto al ciento por uno (Mt 13,23). Debe «perder su vida terrena» para ganar una vida nueva, glorificada y transformada.
La muerte de la semilla nos hace conscientes de que las cosas más bellas y valiosas nacen en el dolor y el sufrimiento. No hay amor sin sufrimiento. El verdadero amor es morir al egoísmo, «traspasar el propio corazón» y entregarlo a los demás. «Marchitarse» siempre es doloroso y deja una herida. Pero sin él no hay amor. Hay egoísmo. Al «morir a nosotros mismos» imitamos a Cristo y nos acercamos a su amor y al amor de los demás.
Ahora pongámonos algunas preguntas importantes:
¿Cuáles son nuestros deseos, anhelos y preguntas más profundos? ¿Qué pregunta me gustaría hacerle a Jesús hoy? ¿Qué respondería si un hombre viniera a mí y me preguntara, como hizo Felipe: «¡Quiero ver a Jesús! ¡Muéstrame el rostro de Dios!» (?) ¿Qué debe «morir» en mí? ¿Qué tipo de egoísmo, mentalidad, estructuras de pensamiento o filosofía requiere un cambio de pensamiento?
