El evangelio de hoy nos presenta una primera aparición de Jesús Resucitado a los discípulos en el Cenáculo. Los discípulos encerrados, llenos de miedo. Las puertas cerradas por temor a los judíos. Así se les presenta a Jesús en este clima de inseguridad y temor. Jesús, se presenta con estas palabras de aliento: “la paz esté con ustedes”. Jesús podría reprenderlos por haberlo abandonado, sin embargo, les ofrece paz a esos corazones paralizados y lastimados por el miedo.
Este encuentro con el Señor los llena de alegría. Se trata de la alegría por su victoria. Jesucristo ha derrotado nuestro egoísmo y nuestra maldad. Él nos invita a experimentar esa paz que nos regala con su resurrección. Pero este deseo de paz de Jesús nos llama a un compromiso. “Como el Padre me envió yo los envío a ustedes”. La resurrección de Jesús no es un hecho individual que solo tiene que ver con él, sino que nos implica a todos. Él nos comunica su vida nueva, una vida de amor intenso que transforma el mundo. Nos da la fuerza del Espíritu Santo para continuar con su misión.
El evangelista nos hace comprender que el Espíritu Santo es don de resucitado. Un don que Jesús nos ha obtenido con su victoria sobre la muerte. En este tiempo de Pascua, tiempo de reconocer y superar nuestros miedos, miedos que nos paralizan, nos quitan el entusiasmo, la decisión, el impulso. Las inseguridades y desconfianzas profundas nos vuelven seres temerosos buscadores siempre de seguridad es temporales.
El incrédulo Tomás nos muestra que el miedo y la desconfianza están unidos y que solo podemos salir adelante dejando que la luz y fuerza del Espíritu Santo nos ilumine, teniendo la certeza que somos enviados por el mismo Jesús Resucitado. La enseñanza dada por Tomás supone un beneficio para nosotros: “felices los que creen sin haber visto”. De este modo nos hace comprender que la fe nos pone en una relación más profunda que la visión material del cuerpo de Jesús Resucitado y cuanto más pura sea la fe, tanto más profunda y perfecta será nuestra relación con Él.
Sucede muchas veces que también hoy muchos de nosotros queremos ver para creer, le exigimos a Dios signos y prodigios como condición para permanecer con fe. Tomás pudo abrir su corazón en el encuentro con el Resucitado gracias a que permaneció en la comunidad, no dejó de encontrarse con los hermanos. Así se nos recuerda la importancia de la vida comunitaria para perseverar en el bien, para ser contenidos. También que no podemos vivir intensamente sin una confianza profunda porque si estamos inseguros, nos volvemos como esos discípulos se encerrados, incapaces de producir algo en la sociedad.
Sin esa confianza que toca las raíces del corazón, no puede haber alegría, optimismo, ganas de luchar. Tampoco puede haber una actitud misionera y generosa. Basta a permitir que el Espíritu Santo nos toque ilumine el corazón y no tendremos que esperar demostraciones para poder creer. Seamos perseverantes en oración y la meditación de la Palabra para que no crezca la duda, sino la confianza creyente y así dar testimonio de la fuerza salvadora de Cristo Resucitado. Verdaderamente ha Resucitado el Señor, aleluya.
