Mensaje radial de Monseñor Emilio Aranguren Echeverría, obispo de la Diócesis de Holguín, en el Domingo III de Pascua (14 de abril de 2024).

Queridos hermanos y amigos que participan de este programa de la Iglesia Católica que se transmite por las emisoras provinciales de Holguín y Las Tunas, así como por las redes sociales. ¡Qué todos tengan un buen domingo!

En el transcurso de la semana pasada recibimos la visita de Monseñor Luis Miranda Rivera, obispo de Fajardo-Humacao en Puerto Rico, quien fue portador de la urna fúnebre que conserva los restos del sacerdote Antonio Víctor Marrero Aballe, quien creció junto a su familia en la zona de Yabazón y Freyre, donde actualmente residen sus padres, hermanas y sobrinos. Monseñor Miranda presidió la misa en el templo de Santa Lucía, el miércoles en la tarde, y al día siguiente me correspondió hacerlo en la Santa Iglesia Catedral de Holguín, donde también estaba la urna con las cenizas del Padre Santiago Matheu Tirse. Ambos fallecieron en Miami, y para cumplir con el deseo de ellos y de sus familiares permanecerán en la capilla del cementerio de la ciudad de Holguín, a donde fueron trasladados y sepultados al concluir la misa del pasado jueves 11. Tal como expresé en la homilía de dicha celebración, ya son semilla. ¡Qué el Señor les conceda el descanso eterno y brille para ellos la luz perpetua!

Y continuamos celebrando y viviendo el tiempo pascual. Hoy ya es el tercer domingo, y en el Evangelio que fue proclamado seguimos cerciorándonos de que el deseo de Jesús es muy claro. La misión que Él trajo no concluyó en la cruz, sino que ya resucitado va día a día contactando con sus discípulos para generar en ellos la disposición a ser sus testigos, y de esa forma anunciar y contagiar a todos su buena noticia. Recordemos que Él les dijo: “Ustedes son mis testigos”. La tarea emprendida por Jesús no resulta fácil, ya que sus discípulos están viviendo un momento de desconcierto, de dudas y de miedo, mientras permanecen en silencio total.

Lo primero de lo que se preocupa Jesús es que no se sientan solos, y en lo posible, que ellos lo experimenten a Él lleno de vida. Por eso, fijémonos en las expresiones y gestos de Jesús, quien les dice: “La paz esté con ustedes”, y les pregunta por qué surgen dudas en su interior.

Este proceder de Jesús nos debe hacer pensar, queridos hermanos, ya que cuando olvidamos la presencia viva de Él en medio de nosotros, cuando prevalece nuestro protagonismo, cuando nos invade la tristeza o el desconcierto, lo que hacemos es contagiarnos de pesimismo e incredulidad. Y comportándonos así, no podemos ser una iglesia de testigos del Resucitado. Debido a esto, quiero significar que Jesús, para despertar la fe de sus discípulos, no les pide que miren su rostro, sino sus manos y sus pies. Que vean sus heridas de crucificado. Les dice que no es un fantasma, sino el mismo que han conocido por los caminos de Galilea. Jesús confía en sus discípulos, aunque los vea tristes y confundidos. Él mismo les enviará el Espíritu, que los sostendrá y fortalecerá cuando les encomiende como misión prolongar su presencia en el mundo. La clave de esta misión no será otra, sino contagiar con la vida esta experiencia. Esto es ser testigos de Él.

Hoy en el Evangelio vimos que al salir al encuentro de los dos que venían de regreso por el camino, lo primero que hace es conversar con ellos. Esta es una vivencia que todos nosotros tenemos, y que nos ayuda a leer el Evangelio con cercanía, y así comprenderlo mejor. Salir al encuentro con naturalidad, tal como nos sucede en la carretera cuando hacemos botella y el chofer detiene el vehículo y nos recoge. Después del saludo, brota una conversación espontánea. El calor, la sequía, las limitaciones y dificultades que se afrontan, la noticia que se comenta, etc. Por eso Jesús les pregunta con naturalidad: “¿de qué vienen hablando por el camino, que los veo tristes y discutiendo?” Y la respuesta viene a ser una evasiva: “¿Acaso no sabes lo que ha pasado?” Todo hace pensar que Jesús queda como un despistado, un desinformado que no está en la última, y es ahí cuando les comienza a hablar con cariño, con un tono de voz que genera confianza y escucha, sin pelearles ni hacerles quedar mal. Les hace sentir que Él los comprende, ya que pusieron su esperanza en otro tipo de proyecto terrenal, y así, a medida que van caminando, ellos después van a decir que sentían cómo el corazón les ardía.

Tenemos que aprender de Jesús. Primero, porque Él nos sale a cada uno de nosotros al camino de nuestra vida, y en ocasiones no le hacemos caso porque seguimos encerrados en lo mismo y no somos capaces de prestarle atención y escucharlo. También porque si queremos ser testigos de Jesús, tenemos que imitarlo al salir al camino de los demás, y evitar imponer nuestro mensaje, nuestro modo de ver la vida, y ser capaces, como Él, de hablar al corazón del otro, de modo que recobren la paz interior, la confianza en Dios, y de manera especial, que se sientan comprendidos y amados, que no están solos. Es así como ofrecemos acogida y acompañamiento a tantos y tantos que lo necesitan y por eso lo esperan.

¡Qué Jesús resucitado nos ayude a ser testigos de su Resurrección en medio de nuestro pueblo, donde viven tantos que salen a la calle con las mismas características que lo hicieron los dos caminantes de Emaús!

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