Estimados hermanos, todo el tiempo pascual que estamos viviendo es continuación de la celebración de la Vigilia Pascual, de la resurrección de Cristo. Así la palabra de Dios se centra en las experiencias de los discípulos en esos días en los que gozaron de la presencia de Cristo resucitado antes de su ascensión al cielo.
El tema que se nos repite en las lecturas de este tercer domingo de Pascual es el de la predicación de la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos: Cristo vivió, murió y resucitó de entre los muertos para que nosotros nos convirtiéramos al Señor nuestro Dios, se nos perdonaran todos nuestros pecados y resucitáramos con Cristo para la vida eterna, porque no nacemos para morir, sino para resucitar.
Los encuentros de los discípulos y seguidores con el Resucitado transformaron su vida. Así ocurrió con los discípulos de Emaús, que tras su encuentro vuelven a contarlo a los apóstoles que seguían en Jerusalén, ese es precisamente el pasaje evangélico de este domingo. Y aunque están narrando su experiencia de encuentro con Jesús Resucitado, al igual que ya había hecho Pedro, el resto de discípulos no terminan de creer ni de situarse, en estas están cuando Jesús se les aparece a todos ellos deseándoles la paz con el saludo habitual entre el pueblo judío. La presencia de Jesús primeramente les atemoriza como si fuera un fantasma, pero no lo es, sino una persona real que incluso come con ellos. La resurrección del Señor lo cambia todo, ahora sí pueden interpretar las escrituras entendiendo las profecías que sobre el Mesías se hacían y, lo más importante, cambia por completo sus vidas.
No basta con que alguien hable de la resurrección, sino que es necesario tener experiencia del resucitado. Esta experiencia es personal e intransferible, poco a poco la van teniendo los discípulos. Cuando recibieron a los dos de Emaús estaban comentando lo que les había sucedido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Pero ahora Jesús toma de nuevo la iniciativa y se hace presente en medio de ellos. La insistencia en que le palpen las manos y los pies es porque quiere demostrarles que Él es el mismo que murió en la cruz. Muerte y resurrección van unidas.
Jesús no es un fantasma. Es una persona real que vive entre nosotros. La base de nuestra fe, el kerigma, es que el crucificado está vivo. Vive y su presencia junto a nosotros transforma nuestras vidas y la de quienes nos rodean. Su resurrección hace que reinterpretemos no solo las escrituras, sino también todas nuestras vidas a la luz de la nueva relación que debemos tener con el resucitado.
Jesús les pide a los discípulos, también a nosotros, que seamos testigos de la resurrección, que anunciemos la conversión y el perdón de los pecados. Testigo es aquél que no sólo ha visto o ha oído, sino, sobre todo, que ha experimentado algo que ha transformado su vida y no le queda más remedio que comunicarlo a todos.
La pregunta que tiene que suscitarnos es: ¿Cómo puedo ser testigo aquí y ahora de la experiencia de Cristo resucitado?
También nosotros debemos plantearnos cómo reconocemos la presencia física de Cristo resucitado en nuestras vidas. El mensaje de la resurrección no es solo una realidad espiritual, sino que también debe tener una dimensión física, real, social que nos llame a cumplir con sus mandamientos trabajando por la justicia y la dignidad de todos los seres humanos.
Por tanto hoy las lecturas nos invitan a profundizar en nuestro descubrimiento de Jesús, en reflexionar sobre la realidad de nuestra fe, es decir que la misma no sea algo como un complemento, algo que no me interpela para nada, algo que sólo lo utilizo cuando me conviene o cuando me es útil. No, las lecturas nos animan a que nuestra fe sea algo fundamental en nuestra vida, sea la que oriente nuestro actuar, y determine nuestras decisiones.
Hoy debemos renovar nuestro compromiso de seguir a Jesús resucitado con fidelidad y valentía. Que en este día reconozcamos su presencia en los rostros de los más necesitados y nos comprometamos a trabajar por un mundo donde todos puedan experimentar la plenitud de la vida que Él nos ofrece. Que el Señor resucitado nos fortalezca y nos guíe en nuestro camino hacia un mundo de justicia, paz y amor.
