En los relatos que los distintos evangelistas nos presentan acerca de las apariciones de Jesús resucitado a sus discípulos hay varios elementos comunes que podemos ver en el evangelio de hoy, tomado de San Lucas. Estas similitudes nos indican que hay un interés común en los autores en cuanto a ofrecernos ciertas ideas centrales para nuestra fe cristiana.
La primera de ellas es la importancia fundamental de la comunidad de los creyentes para la experiencia de fe de cada cristiano; como comentábamos el domingo pasado acerca del evangelio de Tomás, el apóstol, el encuentro con el Señor resucitado se realiza, principalmente, en el ámbito del grupo de los discípulos; allí encuentra la fe personal su apoyo y el ambiente natural para nacer y desarrollarse, de manera que no se quede en una solitaria confesión de fe, sino en la profesión echa en el seno de la Iglesia.
Es curioso cómo, en casi todos estos relatos evangélicos, el Señor tiene que vencer las resistencias y las dudas de los discípulos, que no acaban de aceptar la realidad de que su Maestro ha resucitado. Por eso la insistencia de Jesucristo en mostrarles que es Él en persona, el que ellos siguieron y después vieron morir crucificado. Son las mismas barreras que el Espíritu Santo tiene que derribar en nosotros para que, como el caso de Tomás, no seamos incrédulos sino creyentes.
Por último, y no menos importante, tenemos el envío misionero. Los discípulos, la Iglesia, no son un club de admiradores de Jesucristo, que se reúne para compartir los recuerdos y las experiencias de quienes lo conocieron de primera mano, sino la comunidad de fieles que testimonia, con vida y palabras, que Cristo es el Señor y Salvador e invita a todos a creer, confiar y esperar en Él. Propiamente, la razón de ser de la Iglesia es el anunciar la Buena noticia de la salvación; por esa razón, estos pasajes sobre las apariciones del Resucitado a sus discípulos terminan siempre con el encargo misionero.
Como podemos apreciar, el evangelio de este domingo, y los semejantes que se nos proclamarán en estos días de Pascua, condensan admirablemente la esencia de nuestra fe y la misión que, a todos, por el bautismo, Cristo nos ha dado. De nuestra parte queda, con la gracia indispensable del Espíritu Santo, ser fieles testigos de la Resurrección y llevar el Evangelio hasta el último rincón de la tierra, tal como nos pidió el Señor.
