Queridos hijos e hijas, les habla su obispo, Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, su pastor y amigo.
Hace siete días escuchábamos la invitación de Jesús a permanecer unidos a él como los sarmientos a la vid. Hoy nos profundiza un poco más en el cómo debe ser esa permanencia. Debemos permanecer en el amor. Jesús anima e invita a sus discípulos a que permanezcan en su amor. Y mantendrán esa permanencia en el amor si cumplen sus mandamientos. La relación, el amor y la adhesión que él propone es amistad que llega hasta dar la vida por los amigos. La misión de la comunidad adquiere una dimensión nueva: amigos que comparten la alegría en la tarea común de dar fruto abundante y duradero.
Esta palabra «amor» es una palabra que se usa muchas veces y no se sabe, cuando se dice, qué significa exactamente. Pensamos en el amor de las telenovelas: no, eso no se parece al amor. Eso que parece amor es en realidad entusiasmo por una persona y después se apaga. ¿De dónde proviene el verdadero amor? Escribe san Juan: «Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios, porque Dios es amor”. El apóstol no dice todo amor es Dios. Lo que dice es «Dios es amor». Y continúa Juan, «Dios nos ha amado tanto que envió a su Hijo unigénito, para que vivamos por medio de él». Por ello, es Dios quien da su vida en Jesús, para darnos a nosotros la vida. El amor es hermoso, amar es hermoso y en el cielo habrá sólo amor, la caridad: lo dice Pablo. Y si el amor es hermoso, se hace siempre fuerte y crece en el don de la propia vida: crece en el darse a los demás. (Homilía de S.S. Francisco, 15 de enero de 2016).
Lo que nos caracteriza como discípulos de Jesús es la práctica de este amor, que tiene su origen y fundamento en Dios mismo. Y fue Dios mismo quien alimentó y guió la actividad de Jesús. Por lo tanto, el mayor deseo de este Padre bueno es que la vida de cada uno de sus hijos sea un reflejo de su amor. Amarnos los unos a los otros, construir una comunidad de amor, implica salir de uno mismo para ir al encuentro del otro.
«Ámense los unos a los otros como yo los he amado»; es el nuevo mandamiento que sale del Corazón de Dios; no sale de la ley, ni de una prohibición. Sale de un reclamo de Cristo que quiere que le imitemos hasta dar la vida por nuestros hermanos, porque así lo ha hecho Cristo muriendo en la cruz.
Muy cerca de nosotros está la Virgen María; nadie mejor que ella ha amado a Dios y a todos los hombres, pues por su amor en la Anunciación se convirtió en Madre de Dios, y por su amor en la cruz en Madre de todos los hombres; su amor ha sido tan grande que ni siquiera el pecado, se ha atrevido a tocarla. La clave de todo está en el amor, donde se encuentra la paz, donde se encuentra la fortaleza en el seguimiento de la voluntad de Dios.
Como dice san Juan: «Dios es amor». Por lo tanto si llevamos en nuestro corazón a Dios tendremos el verdadero amor, y la medida del amor a Dios está en el amor a nuestros hermanos, porque si no somos unos mentirosos, como dice la carta de Santiago.
Señor Jesús, enséñanos a aprender a amar de verdad, a amar como tú nos amaste desde siempre. Ayúdanos a poner en práctica el amor en nuestros hogares, en nuestros lugares de trabajo, en nuestras comunidades eclesiales. Que el amor sea el eje sobre el cual gira nuestra existencia.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
