Proverbios 31, 10-31
Amables oyentes: Todos hemos nacido de una mujer que pudo habernos abortado pero dijo que no. Una mujer que se quitó lo suyo para darlo a nosotros. Una mujer que no se comió un dulce o un pedacito de carne para que nosotros lo comiéramos cuando llegáramos de la escuela. Una mujer que, con tal de atendernos, no tuvo horario de trabajo. Una mujer que nos malcrió, haciendo ella el trabajo que nos tocaba en el hogar, para que nosotros descansáramos un poco más. Una mujer que, con tal de ver juntos a sus hijos, fue capaz de inventar cualquier comidita para que nos sentáramos alrededor de una misma mesa. Una mujer que muchísimas veces fue la primera en levantarse y la última en acostarse. En resumen, una mujer que estuvo dispuesta a morir mil veces para que nosotros viviéramos.
Es verdad que este Día de las Madres no será de alegría para todos, y por ello quisiera decirles una palabra de aliento a los que pasarán por un dolor particular este día.
- Pienso en los que perdieron a su mamá recientemente y, como es normal, la extrañan enormemente. La vida nos enseña que el primer dolor que pasa un hijo sin la compañía de la madre es, precisamente, cuando ella muere. Recemos por ellos y su sufrimiento. Que les consuele recordar que no están huérfanos porque Jesucristo, desde la cruz en que estaba clavado, nos dejó a su madre, la Virgen María, como madre nuestra (Jn. 19, 26-27).
- Pienso, igualmente, en aquellas madres que lloran la muerte reciente de un hijo, y sienten su ausencia como si fuera hoy. Recemos también por ellas. Que las consuele la siguiente reflexión de San Agustín: “Cuando muere un ser querido, muere la mitad de uno, pero también uno siente que ese ser querido continúa vivo en nuestra otra mitad; y es por esa razón que debemos seguir viviendo, para que no muera del todo aquel que quisimos tanto”.
- Pienso, además, en aquellas madres que hoy no recibirán la llamada telefónica de sus hijos. Habrá madres que no recibirán el cariño de sus hijos porque están presos, lejos o quizás alejados del hogar, cruzando fronteras. Hoy también habrá madres ingresadas en hospitales, en Hogares de Ancianos o en centros de prisión. Afortunadamente, todas las madres tienen espaldas anchas para saber cargar con las cruces que les trae la vida y nunca pierden la esperanza. Por ellas también rezamos. La Virgen María de la Caridad, madre como muchas de ustedes, llevó su cuota de dolor. ¡Cuánto habrá sufrido ella al oír a la gente acusar a su hijo Jesucristo de “estar loco” (Mc. 3, 21), y de ser “un comilón” y “un borracho”! (Mt. 11, 19) ¡Cuánto habrá sufrido al pie de la cruz, viendo morir a su hijo inocente! (Jn. 19, 25). A la Virgen María, extraordinaria maestra en saber llevar la cruz, y a quien veneramos también como la Virgen de los Dolores, le encomendamos especialmente a todas las madres que sufren.
