Queridos hermanos;
En este séptimo Domingo de Pascua celebramos la solemnidad de la Ascensión. Es una solemnidad muy importante que marca el regreso de Jesús al Padre y, junto con la Resurrección, es una manifestación de la Victoria de Nuestro Señor Jesucristo. La ascensión es una solemnidad que sustenta la esperanza de los cristianos de que un día estaremos con Cristo. A través de Él volveremos al Padre. El catecismo de nuestra Santa Madre Iglesia Católica enseña que Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el Glorioso Reino de su Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, podamos vivir con la esperanza de estar con Él un día para siempre. La lectura de hoy relata los acontecimientos de los últimos momentos y el encuentro de Cristo con sus apóstoles antes de su ascenso al cielo. Aquí Cristo da una instrucción muy importante a sus apóstoles “No salgan de Jerusalén pero esperen allí lo que el Padre ha prometido”.
Cristo alienta a sus discípulos a permanecer fiel. Lo más importante es le recuerda que su éxito dependerá de su capacidad de caminar con el Espíritu Santo. Estas instrucciones, hermanos, también son para nosotros. Igualmente nos recuerda que antes de empezar cualquier proyecto debemos encomendarnos a la guía y al Consejo del Espíritu Santo. Ahora pidiéndole a Dios que nos envíe el Espíritu Santo que el Dios de nuestro Señor Jesucristo le dé el espíritu sabiduría y percepción de lo que se revela para que les traiga todo el conocimiento de Él. Esta debe ser nuestra oración y deseo todos los días de nuestra vida.
Hermanos, tenemos que invitar al Espíritu Santo a tomar el control de toda nuestra misión. Debemos invitarlo a nombrar los puntos oscuros de nuestra vida como Pablo oro. Hoy en el Evangelio Jesús sabía que sus apóstoles necesitaban una ayuda para triunfar, así que le instruyó “Permanezcan en la ciudad hasta que se vistan con el poder de lo alto”. Debemos buscar este poder si tenemos que hacer algún impacto positivo en nuestro mundo, por lo tanto hermanos, debemos prestar atención a lo que Jesús nos está diciendo en el Evangelio de hoy. Como maestro experimentado Él conoce el terreno que estamos a punto de caminar. Sabe lo delicado que son los corazones de los hombres de nuestro tiempo. Él sabe lo difícil que es nuestra tarea y lo que se necesita para tener éxito. Él sabe que solo el Espíritu Santo es lo que nos puede ayudar. Por lo tanto la ascensión marca el comienzo del cumplimiento de la promesa de Cristo nosotros.
Así que mientras celebramos la solemnidad de la Ascensión hoy uno recuerda que, independientemente de nuestro conocimiento y capacidad humana, necesitamos una ayuda divina para triunfar. Esta ayuda divina, vendrá del Espíritu Santo a quien debemos prestar atención todo el tiempo y con esta ayuda de lo alto no podemos quedarnos allí parados mirando al cielo sino que hemos de bajar del monte y volver a la ciudad, volver a la vida cotidiana con todos sus quehaceres con toda la, a veces, pesada carga de preocupaciones diarias. Sin embargo, aunque hemos de sumergirnos nuevamente en las diversas actividades y preocupaciones de cada día, tampoco podemos perder de vista nuestro destino eterno. No podemos dejar de dirigir nuestra mirada interior al cielo. La aspiración de las cosas de arriba. El deseo de participar de la misma Gloria de Cristo. Luego de dejarnos inactivo frente a la realidad de temporales no compromete a trabajar intensamente por transformarla según el Evangelio. Sin dejar de mirar al cielo debemos actuar hermanos, hay mucho por hacer, hay mucho que cambiar en mí mismo y a mí alrededor. Muchos dependen de mí es todo un mundo el que hay que transformar desde su cimiento y el Señor nos promete la fuerza de su Espíritu para que seamos hoy su apóstoles que anuncien su Evangelio a tiempo y destiempo. Un pequeño ejército de santos que, con la fuerza de su amor, trabajemos incansablemente por cambiar el mundo entero para hacerlo más humano, más fraterno, más reconciliado según el evangelio de Jesucristo y con la fuerza de su gracia sin la cual nada podemos.
Así que la fiesta de la Ascensión es la oportunidad que se ofrece al creyente para alegrarse por su Rey, como dice la Escritura “Se alegra Israel por su creador. Los hijos de Sión por su Rey”. La Iglesia celebra el triunfo de su Rey, de su cabeza, de su amigo. Y se siente en fiesta, pero además contempla este misterio como el gran empuje de su misión evangelizadora por el mundo tan necesitado del Evangelio que es el único que puede dar respuesta a sus graves interrogantes, y se siente renovada en su esperanza de hogar, que le invita a dirigir su y sus pasos hacia lo difícil y arduo pero posible porque Dios anda por en medio con su bondad fidelidad y poder y en el centro Jesús glorificado, que sigue en medio de nosotros hasta el final del mundo.
El Señor esté con ustedes y la bendición de Dios todopoderoso, Padre Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes, sus familiares y amigos.
Amén.
