“Tomen: esto es mi cuerpo. Y tomando en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias, se la dio, todos bebieron y les dijo: Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos” Marcos 14, 22-24
Mis hermanos,
Hoy la Iglesia está celebrando la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. A veces en nuestro país, aquí en Cuba que hay tantas necesidades, tantas carencias de todo tipo, que uno a veces se siente pequeñito y limitado, porque uno quisiera poder ayudar a tanta gente, al vecino, a la familia, y uno se duele internamente, porque uno dice bueno, ¿qué tengo para dar? Quisiera tener cosas para dar… El otro día una visitadora de enfermos de acá de la parroquia me dice, ay, padre, no he ido a visitar más ese enfermo porque yo siempre le llevo algo y no tengo nada que llevarle, ¿para qué lo voy a ir a ver?
Fíjense que el Señor toma la palabra y con su ejemplo nos enseña, con su vida, que lo más grande que nosotros tenemos para dar, es precisamente nuestra propia vida y eso es lo que da Jesucristo.
En la cultura israelita, como también en muchas otras religiones, sobre todo antiguas, estaba la costumbre del sacrificio de animales. Se preparaba un altar y se buscaban animales y se ofrecían. Concretamente en la cultura hebrea un cordero bien hermoso, lindo, como que se maldecía y se tiraban sobre él las cosas malas, los pecados, los problemas, y ese cordero se inmolaba, se ofrecía a Dios, se sacrificaba a Dios. Ahora Jesucristo, un poco nos sube bastante el nivel, ya no es un cordero, no es un animal, es nuestro Dios hecho hombre, Él mismo el que se ofrece en cuerpo en cuerpo y alma, se da, se entrega, ofrece su cuerpo, ofrece su sangre por la salvación de todos nosotros.
Y no solo eso, sino que asume en sí mismo el pecado del mundo, o sea, carga con nuestras culpas, carga con el pecado del mundo, vengan a mí los que están cansados y agobiados. Entonces fíjense, qué interesante que nuestro Señor marca un itinerario en la religión que funda, la religión cristiana, no hay amor más grande que el que da la vida. O sea, ya no se trata de un ritual, ya no se trata de un culto de ofertorio determinado, se trata de que Él mismo se ofrece, Él mismo da la vida y nos invita a nosotros a hacer lo mismo, a dar la vida por nuestros hermanos.
Por eso en la Última Cena estos signos tan extraordinarios donde el Señor dice, este es mi cuerpo esta es mi sangre, y el Señor se parte y se comparte, y se reparte, se da, se ofrece Él mismo, y entonces por eso lo grandioso de la misa, porque nosotros en la misa que estamos haciendo lo que nos indicó que hiciéramos el Señor. Por eso no hay evento más grande en el cristiano que la Santa Misa, que no es una obra de teatro, que no es una representación, que no es una metáfora. No, no, no, no, no, es una realidad, es un sacrificio que se actualiza en cada Misa. En cada Misa Jesucristo da la vida y resucita por nosotros, y eso nos tiene que dar de mucha alegría, porque en medio de dolores, de angustias, dificultades aquí en Cuba, en estos momentos tan duros que vivimos, tan difíciles, está presente Jesucristo caminando con nosotros dando la vida.
Y por eso me admira muchísimo las actitudes de nuestra gente aquí en Cuba, en nuestras parroquias que, en medio de circunstancias tan difíciles, siguiendo al Maestro también se ofrecen. Yo creo que este es el mensaje principal de este domingo del Cuerpo y la Sangre de Cristo, darse, darse hasta el final, darse como el Maestro, darse como Jesucristo.
Evidentemente necesitamos una fuerza, porque el reto es grande. Esa fuerza nos la da al Señor y, ¿cuál es la fuerza más grande que nos puede dar Jesucristo? Su mismo cuerpo, su misma sangre. Por eso no es lo mismo recibir la comunión que no recibirla, por eso le decimos a nuestra gente aquí que se está preparando para acercarse a la iglesia, después de tanto tiempo de ateísmo y de lejanía de la Iglesia, le decimos, mira, te ofrecemos el tesoro más grande que podemos darte, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, prepárate, prepárate para ese acontecimiento. Aclaro, porque el Señor se da cuenta que somos débiles, que como nosotros mismos no podemos, que necesitamos la fuerza de su Espíritu, y la fuerza de su cuerpo y de su sangre. Y por eso Él se da y en cada Misa, tenemos la oportunidad de acercarnos a recibir su cuerpo y su sangre.
Le damos gracias al Señor por Su sacrificio admirable, por su entrega hasta el final, por dar la vida por nosotros, y le pedimos al Señor que por la fuerza de su Espíritu nos ayude, nos enseñe a nosotros también a dar la vida por los demás.
Le pedimos también como siempre la intercesión a nuestra Madre, la Santísima Virgen de la Caridad del Cobre, Madre de la Eucaristía, le pedimos a ella que también nos enseñe a seguir los pasos de su Hijo Jesucristo.
Que así sea.
