Mensaje radial de Monseñor Emilio Aranguren Echeverría, obispo de la Diócesis de Holguín, en la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, 2 de junio de 2024

Queridos hermanos y amigos que participan de este programa de la Iglesia Católica en las provincias de Holguín y Las Tunas, a todos les deseo un buen domingo aún en medio de las dificultades que afrontamos, de manera especial, en muchos de nuestros hogares y familias.

El mensaje que ya hemos escuchado nos ayuda mucho para ubicarnos en el misterio de fe que hoy celebramos: la presencia del Cuerpo y de la Sangre de Jesús, el Señor, en el pan y el vino que han sido consagrados y en el que participamos los bautizados que nos hemos preparado para hacerlo. A su vez, también aceptamos las condiciones que la Iglesia, como Madre, nos indica, es decir, sabernos en nuestra conciencia que estamos en paz con Dios, que no hay un pecado grave que haga que estemos alejados de Él y por supuesto saber a quién vamos a recibir. Por eso, al darnos la comunión, el ministro nos dice: El Cuerpo de Cristo. Y contestamos con una afirmación: Amén, es decir: Así es.

Es bueno que hoy también recordemos el día de nuestra primera comunión. Unos la recibimos siendo niños, otros ya jóvenes y también hay personas mayores que durante varias décadas no participaron de la vida comunitaria y al integrarse en la misma, lo han hecho en fecha más cercana o se disponen a hacerlo en una fecha próxima. En esta ocasión quisiera repetir algo que anteriormente he explicado. Lo hago así porque considero que las tres citas bíblicas a las que voy a hacer referencia, hoy iluminan mucho nuestra fe en este sacramento que celebramos y del cual nos nutrimos: la comunión es alimento para el peregrino, por eso también lo llamamos viático. Qué servicio tan hermoso realizan los ministros extraordinarios de la comunión cuando llevan el viático a los enfermos que están ingresados o permanecen en sus casas.

El canto “Hambre de Dios” dice: no podemos caminar con hambre bajo el sol. Danos siempre el mismo Pan, tu Cuerpo y Sangre, Señor. Recordemos lo sucedido al profeta Elías cuando cansado de la vida, totalmente desanimado y ya dado por vencido, se acostó debajo de un arbusto y quedó profundamente dormido. Fue entonces cuando el mensajero de Dios lo despertó y al brindarle una torta de pan le dijo: profeta, come y aliméntate, porque el camino que te queda por recorrer es superior a tus fuerzas. Uno escucha estas palabras y se dice a sí mismo en su interior: cuántas veces relego a un segundo o tercer lugar la participación en la misa o en una celebración, porque priorizo otra acción a realizar.

Hay días que uno oye decir: No pude participar en la misa porque me llegó visita, porque estaba en la cola de la balita del gas, porque estaba cansado, ya que casi no pude dormir por el calor. Y sin darse cuenta están dejando en un segundo lugar el alimento que nos fortalece interiormente, el Pan que da la vida.

Escúchame, hermano o hermana, lee el Primer libro de Reyes, capítulo 19, versículos del 3 al 8, y te verás retratado. Por tanto, saca una enseñanza y disponte a hacer lo mismo que hizo Elías. La presencia de Jesús en la Eucaristía es fuente de calma y paz interior. Por eso hoy debemos darle las gracias a quienes en nuestras comunidades cuidan con esmero el Sagrario donde se conserva con dignidad el Santísimo Sacramento. Son los que renuevan las flores naturales, se preocupan por tener encendida la luz que nos recuerda tan grande presencia, aquellos que hacen una debida genuflexión o, de no poder hacerlo por alguna limitación, una reverencia que expresa su sentido de adoración.

En el Sagrario o Tabernáculo está presente Jesús Sacramentado. Y Él fue quien nos dijo: Cuando ustedes estén cansados o agobiados, vengan a mí, que yo los aliviaré y les daré el descanso que necesitan. Así lo leemos en el Evangelio de San Mateo, capítulo 11, versículos del 28 al 30.

Debemos reconocer que muchas veces la calma y la paz que necesitamos en un mundo como el nuestro la buscamos en otra parte y no donde debemos hacerlo. Ese es el sentido misionero que tiene la invitación que hacemos para mantener los templos abiertos y de esa forma tanta gente cansada y agobiada puedan entrar y orar ante el Santísimo. A ellos debemos acogerlos y orientarlos. ¡La experiencia de la fraternidad en la vida comunitaria al participar en la fracción del pan! Me encanta leer el texto de los dos caminantes que venían de regreso a Emaús, tristes, cabizbajos y discutiendo por el camino.

Igual que muchos de nosotros hoy, que no damos pie con bola, y refunfuñamos como Cleofás y su compañero. Ellos dicen que sentían que el corazón les ardía cuando Jesús conversaba con ellos mientras iban caminando, pero cuando se sentó a la mesa y partió el pan, fue cuando se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Salieron con fuerza y con ánimo a hacer nuevamente el mismo camino, pero no de la misma forma, era un caminar de ida, llevando algo, una buena noticia que infunde alegría. Les invito a leer el Evangelio de San Lucas, capítulo 24, de los versículos 33 al35, y que cada uno saque sus conclusiones. Este es mi fraterno mensaje en esta Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.

En días pasados, en un encuentro que tuvimos en la vicaría pastoral de Las Tunas, me sugirieron que escribiese una carta para motivar esta gran fiesta. No lo pude hacer, pero lo haré. De momento les dejo este mensaje e invitación: renueven hoy su primera comunión y háganlo con un corazón bien puesto porque muchas veces estamos cansados y agobiados o nos damos por vencidos como Elías o desesperanzados como los dos de Emaús, pero el Señor viene a nosotros y se queda con nosotros. Somos nosotros los que tenemos que ir a Él. ¡Que ojalá así sea!

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