Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, obispo de Pinar del Río, el domingo 2 de junio de 2024, Solemnidad del Corpus Christi

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, muy contento de poder compartir con ustedes este espacio.

En la fiesta del Corpus Christi celebramos a Jesús «pan vivo que ha bajado del cielo», alimento para nuestra hambre de vida eterna, fuerza para nuestro camino.

La fiesta de hoy es la fiesta en la que la Iglesia alaba al Señor por el don de la Eucaristía. Mientras que el Jueves Santo hacemos memoria de su institución en la última Cena, hoy predomina la acción de gracias y la adoración. Y, en efecto, es tradicional en este día la procesión con el Santísimo Sacramento. Adorar a Jesús Eucaristía y caminar con Él. Estos son los dos aspectos inseparables de la fiesta de hoy, dos aspectos que dan la impronta a toda la vida del pueblo cristiano: un pueblo que adora a Dios y un pueblo que camina: ¡que no está quieto, camina!

Ante todo, nosotros somos un pueblo que adora a Dios. Adoramos a Dios que es amor, que en Jesucristo se entregó a sí mismo por nosotros, se entregó en la cruz para expiar nuestros pecados y por el poder de este amor resucitó de la muerte y vive en su Iglesia. Nosotros no tenemos otro Dios fuera de este.»(Homilía de S.S. Francisco, 21 de junio de 2014).

La cena pascual era una celebración familiar en la que se recordaba la liberación de Egipto. Pero Jesús da un nuevo sentido a esta fiesta. Los gestos y las palabras sobre el pan recuerdan sus comidas con las multitudes, con los marginados y con sus discípulos. Recogiendo esos momentos, utiliza el pan como un símbolo particularmente profundo de lo que es él mismo: de lo que ha sido su misión en el mundo- repartirse por amor-, de cómo interpreta su muerte (su cuerpo es el pan “partido” y entregado) y de la identificación que pide a sus seguidores al pedir que coman de ese pan.

La Iglesia siempre ha tenido en altísima estima y veneración este augusto sacramento, pues en él se contiene, real y verdaderamente, la Persona misma del Señor, con su Cuerpo santísimo, su Sangre preciosa, y toda su alma y divinidad. En los restantes sacramentos se encierra la gracia salvífica de Cristo; pero en éste hallamos al mismo Cristo, autor de nuestra salvación.

Para nosotros, los cristianos, este texto que acabamos de escuchar es un relato importante porque rememora la institución de la Eucaristía. Cada vez que comemos de ese pan y bebemos de ese cáliz recordamos el valor de su entrega, a la vez que nos comprometemos en ser pan que se parte y vino que se derrama por amor. Hoy, además, este pan de vida nos pide un signo concreto y visible de compromiso creyente: dar testimonio de que somos sus discípulos yendo por las calles de nuestro barrio o ciudad detrás de él.

Desde aquel primer Jueves Santo, cada Misa que celebra el sacerdote en cualquier rincón de la tierra tiene un valor redentor y de salvación universal. No sólo «recordamos» la Pascua del Señor, sino que «revivimos» realmente los misterios sacrosantos de nuestra redención, por amor a nosotros.

Gracias, Señor Jesús, por tu entrega. Gracias porque confías en nosotros para seguir haciéndote presente y construyendo el reinado de Dios en nuestro mundo. Gracias porque en cada Eucaristía sigues ofreciéndote como alimento para darnos energía y vitalidad. ¡Gracias a ello, nosotros podemos tener vida eterna!

Que María de la Caridad nos acompañe siempre.

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