Queridos todos: Si Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, se quedó tres meses acompañando a María, Isabel y a Juan el Bautista en su casa de la montaña de Ain Karim, ahora lleva siglos acompañando a su Iglesia en cada Misa que se celebre y en cada sagrario de las iglesias del mundo. Allí está él, como los médicos de nuestros hospitales, “de guardia permanente”, esperando a quien quiera conversar con él. Puedes encontrarlo fácilmente: al entrar en la iglesia busca el lugar que siempre tiene una vela o luz encendida, ella te indica que allí está presente Jesús.
El sagrario es el lugar principal de una iglesia. Es una especie de casita que puede ser de madera, de bronce, de mármol, con su puerta y su llave. Lo que hay en el sagrario no es un retrato o estampa de Jesucristo, sino el mismo Jesucristo, vivo, pero glorioso: como está ahora en el cielo. Ojalá que siempre que un cristiano pase por delante del sagrario, ponga la rodilla derecha en tierra, en señal de adoración.
Jesucristo está en el sagrario deseando que vayamos a visitarle. Debemos ir con frecuencia a contarle nuestras alegrías, penas y necesidades, y a pedirle consuelo y ayuda. Es muy buena costumbre entrar a saludar a Jesucristo al pasar por una iglesia, aunque sea brevemente. A la mente me viene ahora un sacerdote que, cuando los niños entrábamos a la iglesia y lo saludábamos a él, nos pedía que fuéramos a donde estaba el sagrario, diciéndonos: “Vayan ahora y saluden al dueño de la casa”.
