Hermanos todos,
Hoy la Iglesia celebra el décimo domingo del Tiempo Ordinario y en el Evangelio de hoy Marcos nos relata que Jesús era seguido por multitudes de personas. A esta lo acompañaba la fe y la esperanza en la eterna misericordia del Salvador en medio de un mundo donde reinaba la explotación, la extorsión, el abuso de poder. La mirada de Él, tierna y amorosa, hacía que este pueblo viviera en el deseo de un mundo y una sociedad digna. Pero como mismo existían esas masas de pueblo, también el Señor tenía detractores que lo criticaban, lo cuestionaban y lo acusaban de ser poseído por Satanás príncipe de los demonios. Jesús ante estos cuestionamientos les responde con una parábola interrogándoles ¿puede Satanás expulsar a Satanás?
Queridos hermanos, es imposible que el mal sea expulsado por el mismo mal porque este se nutre de la indiferencia, la pereza, el egoísmo, la ignorancia, la falta de fe, el odio y la soberbia. Jesús instruye a su pueblo para vencer el mal a fuerza de bien aplicando las obras de misericordia, que Él fue maestro en su enseñanza.
Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve enfermo y me visitaste, estuve preso y me fuiste a ver. Los hombres de todos los tiempos se han enfrentado a esta balanza, el Bien contra el Mal. Hoy muchos hombres tienen como centro de vida, el enriquecimiento a toda costa, alejándose cada día del bien. Él fabrica armas cada día más letales. Él produce y comercializa drogas, trafica órganos, prostituye a menores de edad, extorsiona. Sin embargo, existe otra multitud de personas que les acompaña con las buenas obras y el entusiasmo de la evangelización, llevando la Palabra de Dios a un pueblo que en ocasiones vive en lugares intrincados donde su palabra y sus enseñanzas nunca han sido proclamadas.
Hoy en el mundo continúan viéndose este enfrentamiento entre el bien y el mal y en nuestra querida patria no está ajena de ello. Hoy nuestro pueblo, al igual que el pueblo en tiempos de Jesús, vive una gran dosis de incertidumbre y desesperanza ante un mundo cada vez más desestabilizado, donde la diferencia entre ricos y pobres es cada día más notoria, donde la extorsión parece ser la moda y la meta de aquellos que tienen más sobre aquellos de menores posibilidades y se convierten en dos corrientes antagónicas donde se visualiza en ningún momento un destello de esperanza, donde ningún sector de la sociedad escapa.
El evangelista Marcos nos continúa relatando en este pasaje bíblico que estando Jesús con una multitud en torno a Él llega María, su madre con sus parientes y lo manda a buscar. “Ahí afuera se encuentra tu madre y tus hermanos que te buscan”, a lo que Jesús responde: “¿quién es mi madre y mis hermanos?”, y mirando los que están a su alrededor, les dice: “mi hermano, mi hermana y mi madre, son aquellos que cumplen la voluntad de Dios”. Al recibir el bautismo la mancha del pecado original fue borrada de cada uno de nosotros. Nos convertimos en Hijos de Dios por adopción, por amor del Creador.
Hermanos si somos hijos de Dios, pues somos hermanos de Jesús. Hijos de un mismo padre llamados a hacer la voluntad del Creador. La Iglesia tiene muchos miembros con diferentes dones y carismas, comprometidos en la causa del Evangelio a sembrar signos de esperanza y amor. También de reconciliación en nuestro pueblo, en aquellos que conocen a Dios, en aquellos que aún no lo conocen o se resisten a conocerlo.
Que sembremos la alegría de llamarnos cristianos. Que nadie nos arrebate la esperanza que un mundo mejor es posible. Pueblo de Dios, ¡Satanás no tiene la última palabra! Nunca el mal vencerá al bien porque el sabor del bien es más gustoso y codiciado, porque el pueblo de Dios es mayoría. Sembremos la alegría y la esperanza en que Dios nunca abandona su pueblo. Pidamos a María que interceda ante su Hijo, como en las bodas de Caná, para hacer lo que Él nos dice, porque queridos hermanos, para Dios nada es imposible y Él es el camino, la verdad y la vida.
Amén.
