Mensaje radial de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, arzobispo de Camagüey, el domingo 16 de junio de 2024, por el Día de los Padres

“Un papá es el hombre que queremos que esté con mamá, porque él es el hombre de la casa, el que infunde carácter y unidad a la familia, el que resuelve los problemas más difíciles; es el que tanto necesita mamá para sentirse segura, y los hijos para sentirse protegidos. Un papá es ése que parecía un loco el día que esperaba nuestro nacimiento a la puerta de Maternidad, el que convenció al portero porque no resistía los deseos de conocernos y no tenía paciencia para esperar la hora de la visita. Un papá es ése que se preguntaba cómo con sus dos manos podía sostener este muñequito (su hijo recién nacido) que no paraba de mover los pies y el cuerpecito… ¡oye, si es igualito a mí! Un papá es ése que aprendió a cambiar pañales después de mil intentos fallidos, siempre poniendo mal la punta del imperdible; ése que, cuando tenía que calentar la leche del niño, debía ponerse a enfriarla para luego volver a calentarla (¡Es que no es fácil acertar con la temperatura que requiere el gusto del niño!). Un papá es ése que oyó cantos de ángeles cuando por primera vez su hijo dijo la palabra “papá”; es ése que nos enseñó a leer, a abrocharnos los cordones de los zapatos, el que nos repasaba la dichosa “tabla” del 9 y no nos dejaba tranquilos hasta comprobar que la sabíamos; el que nos dejaba ganarle a las bolas, el que nos hizo el primer barrilete, con el que aprendimos a decir “estrai” y “ao” en la pelota, y al que mi hermanita no se cansaba de peinar. Un papá es un modelo de vida, es el buen consejo, la palabra precisa, el silencio y la sonrisa cómplice cuando hemos hecho algo que no queremos que sepa mamá; es el que nos deja jugar con fango y tirarnos agua, para luego tener que ayudarnos a limpiar y recoger.  Un papá es al que se le humedecen los ojos y se le aprieta el corazón cuando nos enfermamos y casi nadie se da cuenta de su angustia; es ése de la ternura viril, cuyas manos callosas pueden dar las caricias más cálidas y el abrazo más puro; es el que, cuando mi hermanito se partió la cabeza y mamá se puso mal, dijo con autoridad y aplomo que “aquí no ha pasado nada”, pero que se le aflojaron las piernas y no tuvo valor para ver cómo le cosían la herida a “su principito”. Un papá es nuestro amigo, pero también nuestro “enemigo implacable”: a una orden suya hay que levantarse temprano, asistir a la escuela, ir al repaso que nos cae tan mal, sacar buenas notas, respetar a mamá y querer al hermano. Un papá es el hombre más bueno y más noble del mundo, y al que queremos mucho, pero con el que nunca somos cariñosos y muy pocas veces le decimos cuánto lo queremos.”

Hasta aquí este bello escrito. Me alegra pensar que muchos de ustedes, al escuchar lo anterior, seguramente habrán dicho: ¡Así es mi papá! o ¡Así era mi difunto papá! Pero también pienso en aquellos hijos, que al final de la lectura, quizás reconozcan: ¡Me parece que soy muy duro con mi papá… no soy cariñoso con él…! Si eso es así, están a tiempo de rectificar. Y el Día de los Padres es buena ocasión para empezar…

Creo que todos estamos de acuerdo en que el Día de los Padres no tiene la misma respuesta popular que el Día de las Madres. Bastará mirar alrededor para advertir que este tercer domingo de junio pasará, para no pocos, como un día más del año, y en el que, tal vez, escucharemos una conocida frase: “Madre sólo hay una, padre puede ser cualquiera”. Yo no estoy de acuerdo con esa afirmación, pero me preocupa que en esa desagradable frase quizás se esconda una acusación contra los malos padres, contra aquellos que supieron ser padres para engendrar un hijo (algo bien fácil) y olvidaron ser padres para educar al hijo engendrado (algo mucho más difícil). Quizás sea éste el motivo de las diferencias que se notan en las celebraciones del Día de las Madres y del Día de los Padres.

Aceptemos, entonces, el hecho de que hay hijos que tienen quejas de sus padres. Como sacerdote, en distintas ocasiones y lugares, he escuchado a niños rezar en voz alta con estas palabras: “Que mi papá no le pegue más a mi mamá”, “que mi papá vuelva para la casa”, “que mi papá no tome más”. Y las consecuencias de todo ello ya las conocemos. ¡Cómo se nota en los niños la ausencia del padre! Niños que crecerán con la imagen paterna destruida. Fue un joven quien me dijo en una ocasión lo siguiente: “El día que se muera mi padre que no me avisen, porque si él no hizo nada por mí, yo no tengo que hacer nada por él”. Hay también padres que consideran que su papel se limita a “traer dinero y comida para la casa” o que piensan que sólo las madres, la escuela o la Iglesia son quienes tienen que ocuparse de la educación de los hijos. Otros padres entienden, equivocadamente, que a los hijos “hay que darles todo lo que pidan”; y los hay que, cuando sus hijos han querido contarle algún problema personal, su respuesta ha sido: “después hablamos, que ahora no tengo tiempo para boberías”… Además, según parece, el alcoholismo agarra más a los padres que a las madres. Y cuando el terrible divorcio llega, casi siempre los hijos quedan con la madre. Y por esos malos ejemplos, los padres tienen mala propaganda, y pagan “justos por pecadores”…

Pero dejemos ya de comentar lo malo y hablemos de los muchos y buenos padres que conocemos. Porque será una pena que haya muy buenos padres que no reciban ni un regalito o un cariño especial en su día.

Se dice que hay más poesías para las madres que para los padres, pero el poema más bello, hecho nada menos que por el propio Jesucristo, está dedicado a los padres. En la Biblia leemos la parábola del hijo pródigo (palabra que significa malgastador), parábola que más bien debiera llamarse “del padre prodigioso o misericordioso”. Hay mucho que hablar de ese padre que, como escucharemos, respeta la libertad de su hijo, del padre paciente que espera sufriendo, que ama, que perdona y manda hacer fiesta por haber recuperado a su hijo. Los invito a escuchar esta narración del propio Jesucristo.

Lc. 15, 11- 32: “Un hombre tenía dos hijos. Un día, el menor dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde”. Y el padre la repartió entre ellos. Pocos días después, el hijo menor reunió todo lo que tenía, partió a un lugar lejano y allí malgastó su dinero en una vida desordenada. Cuando lo había gastado todo sobrevino en aquella región una escasez grande y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue a buscar trabajo y se puso al servicio de un habitante de ese lugar que lo envió a sus campos a cuidar puercos. Hubiera deseado llenarse el estómago con la comida que daban a los puercos, pero nadie le daba nada. Entonces se puso a pensar: “¡Cuántos obreros de mi padre tienen pan de sobra, y yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a donde mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus empleados”. Partió, pues, de vuelta donde su padre.

Cuando estaba todavía lejos, su padre lo vio y sintió compasión, y corriendo fue y lo abrazó y lo cubrió de besos. Entonces el hijo le habló: “Padre, pequé contra Dios y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus servidores: “Rápido, tráiganle la mejor ropa y póngansela, colóquenle un anillo en el dedo y zapatos en los pies. Traigan el ternero más gordo y mátenlo, comamos y alegrémonos, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo he encontrado”. PALABRA DEL SEÑOR. GLORIA A TI, SEÑOR JESÚS.

Todo padre debiera ser como este padre. Todo padre debiera imitar a Dios. El propio Jesucristo, para hablar de su padre Dios, usaba la palabra “papá”. Y nos enseñó a nosotros a hacer lo mismo: “Cuando ustedes quieran hablar con Dios, digan: Padre nuestro”. Hoy, por tanto, es también el día en que debemos felicitar y agradecer especialmente a nuestro Padre Dios. ¡Hoy es su día!

A la mente me viene lo que escuché varias veces al siempre recordado Monseñor Adolfo: “Dios vela, el padre vela. Dios cuida, el padre cuida. Dios enseña, el padre enseña. Dios reprende, el padre reprende. Dios protege, el padre protege. Dios engendra, el padre engendra. Dios quiere, aunque no lo quieran, el padre quiere, aunque no lo quieran. Dios ama sin esperar nada a cambio, el padre hace lo mismo”.

Yo rezo para que todo padre quiera dejar a sus hijos un buen recuerdo de su persona. Y les pido a ustedes que recen. Recen por sus padres, vivos o difuntos; por los padres que hoy tienen la dicha de estar junto a sus hijos y los padres que perdieron a sus hijos, o los tienen enfermos, presos, lejos o alejados. Recen por aquellos hombres que no son nuestros padres según la sangre, pero se han portado como si lo fueran. Recen por nuestros 21 sacerdotes, a los que ustedes, con razón, llaman “padres”. Ellos renunciaron libremente a formar su propia familia para entrar a formar parte de las familias de ustedes y así poder servirles mejor. Y recen por mí, su arzobispo, para que sepa cumplir con la agradable pero difícil tarea de ser el padre de TODOS en Camagüey.

¡Celebremos, entonces, con orgullo, el Día de los Padres, pues bien se lo merecen esos padres extraordinarios que están dispuestos a perder todo el oro del mundo con tal de no perder el cariño de sus hijos! ¡Se lo merecen los padres que no pierden la oportunidad de ir sembrando valores en sus hijos! ¡Se lo merecen los padres que han sido los primeros en hablarles a sus hijos de su otro padre, el Padre Dios! ¡Se lo merecen los padres a los que he visto llorar cuando sus hijos han pecado! ¡Se lo merecen los padres que se llenan de sano orgullo cuando se les dice que su hijo se parece a él! ¡Se lo merecen los padres que sacan tiempo, no sé de dónde, para dedicarle tiempo a sus hijos, conversar con ellos y preguntarles cómo van! ¡Se lo merecen los padres que saben corregir a sus hijos con firmeza cuando se equivocan, pero lo hacen sin humillarlos! ¡Se lo merecen los padres que saben tener paciencia con sus hijos, y son capaces de esperar y esperar! ¡Se lo merecen los padres que tratan, por todos los medios, de estar el mayor tiempo posible presentes en sus familias, compartiendo alegrías y dolores, fatigas y esperanzas!

Les deseo a todos los padres un día feliz y rezo para que nuestro buen Dios, el Padre de todos, los acompañe en este día y siempre. Trabajemos para que se repita mucho entre nosotros lo que le pasó al maestro de Nuevitas que les pidió a los niños de su aula hacer una composición sobre el que ellos consideraran el hombre más grande del mundo, y uno de aquellos niños le preguntó, con su natural candidez y simplicidad: “Maestro, ¿puedo poner a mi papá?”

Un comentario sobre “Mensaje radial de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, arzobispo de Camagüey, el domingo 16 de junio de 2024, por el Día de los Padres

  1. Neidys Gracias por las oraciones GRACIAS Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Autor desconocido AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO

    “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).


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