Sabemos que la Sagrada Escritura, leerla o escucharla, aunque repitamos la misma lectura, es Palabra Viva, siempre es actual. Siempre debe decirnos algo. Unas veces nos consolará cuando atravesamos momentos difíciles, otras nos dará ánimos, otras nos estimulará para seguir adelante. Su influencia dependerá de lo que estemos viviendo en cada momento concreto de nuestras vidas.
El relato del Evangelio que hemos escuchado hoy, seguro que lo hemos oído decenas de veces, “la tempestad calmada”. En medio de aquel estruendo y marejada, Jesús duerme tranquilamente. Incluso nos ha dicho la lectura que dormía sobre un almohadón, como para darnos a entender que estaba plácidamente dormido, a pesar de lo que se estaba viviendo a su alrededor. La respuesta de los discípulos ante esta situación es frustrante. Pudo más la fuerza del temporal que la fuerza de su confianza en Jesús.
¿Por qué? Porque sintieron miedo. Ese miedo que muchas veces nos paraliza y donde pensamos que no podemos hacer nada. Pero saltemos de la situación de los apóstoles a la nuestra. ¿Cuántas veces hemos pedido sentir más de cerca la presencia del Señor? Y más cuando experimentamos la incertidumbre, la soledad, el cansancio. Nos sentimos solos, desamparados, y encima de todo esto, Dios no aparece por ningún lado. Nos desesperamos y sucumbimos ante el problema dado.
Y, curiosamente, respondemos de la misma manera que los apóstoles, con el miedo. Pero Jesús, lo mismo que a los suyos de entonces, nos dice, ¿por qué sois tan cobardes? ¿Dónde está vuestra fe? Hermanos, debemos dejarnos empapar por la fortaleza que Jesús nos ofrece, con la seguridad de que no nos dejará tirados, con la seguridad de que se ocupa de todos nosotros y que está presente en todas nuestras luchas contra el viento y las tormentas. Debemos saber responder a esta confianza que nos pide que no busquemos soluciones por otros caminos que no llevan a nada, sino que nuestra mayor defensa sea nuestra confianza y nuestra fe en Él.
Ser cristiano no consiste únicamente en cumplir con unas cuantas prácticas religiosas, en cumplir unos cuantos preceptos. Eso no es difícil. Ser discípulo de Jesús es hacer una apuesta que implica toda nuestra vida, es situarse ante la vida de una determinada manera, es un modo de ser, es un modo de estar ante las situaciones conflictivas de nuestro mundo.
El discípulo de Jesús no se caracteriza sólo por sus prácticas piadosas, sino por su manera de vivir, y esa manera es la que pone a Jesús en el centro de todo y por encima de todo. La profundidad y la calidad de nuestra fe la dan en nuestra manera de responder cuando nos enfrentamos a las situaciones problemáticas, a las situaciones difíciles en nuestras vidas. Ahí es donde se mide la hondura, la profundidad y la categoría de lo que decimos creer.
El hombre creyente es un hombre como los demás, y por lo tanto con sus miedos y con sus incertidumbres, y esto tenemos que reconocerlo sin temor. Pero tenemos que intentar dar pasos para que nuestra confianza en Jesús sea cada vez más fuerte y auténtica. Se lo pedimos al Señor en este domingo.
