Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, y como siempre, me siento muy feliz de poder encontrarme con ustedes.
Hoy, Jesús se inclina una vez más ante el sufrimiento humano y cura el cuerpo y el espíritu: Jesús vino a sanar el corazón del hombre, a dar la salvación y pide fe en él.
El tema central que engloba y recorre ambos relatos escuchados es este: Jesús es el rostro del Dios de la Vida. A la mujer enferma de hemorragias, se le estaba escapando la vida; la niña, que tenía 12 años, la edad en la que podía ser madre y dar vida, estaba amenazada de muerte. Pero Jesús se cruza en el camino. La confianza y la fe van asociadas a la curación. Dos mujeres sin nombre se han convertido, por la fe, en figuras ejemplares para las comunidades cristianas de todos los tiempos.
La fe de una persona puede mover hasta el corazón del mismo Dios. Ésta es una condición que todo cristiano debe tener bien afirmada.
“Para nosotros estos dos relatos de curación son una invitación a superar una visión puramente horizontal y materialista de la vida. A Dios le pedimos muchas curaciones de problemas, de necesidades concretas, y está bien hacerlo, pero lo que debemos pedir con insistencia es una fe cada vez más sólida, para que el Señor renueve nuestra vida, y una firme confianza en su amor, en su providencia que no nos abandona” (S. S. Benedicto XVI, Ángelus del 1 de julio de 2012)
Hoy a nosotros quizás también se nos está escapando la vida, o tal vez tengamos aspectos de nuestro compromiso cristiano muertos… Acerquémonos al Señor de la Vida con fe. Dejémonos tomar por él de la mano. Que su contacto y su voz nos levanten al instante para continuar siendo transmisores de la Vida que se nos ha regalado.
Señor Jesús, te presentamos las situaciones de muerte que encontramos a nuestro alrededor, en nuestro mundo. Ponemos ante ti tanta gente sin hogar, sin familia donde sentirse resguardado, sin una vida digna y con sentido, sin futuro. Pasa al lado de todos ellos, permite que te toquen y levántalos de sus postraciones.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
