Queridos hermanos y hermanas,
Hoy es decimotercero domingo del Tiempo Ordinario. El mensaje de la Palabra de Dios se basa sobre la vida y el poder de Dios sobre la muerte. La vida viene de Dios, mientras la muerte vino del diablo, quien por la envidia engañó a nuestros padres Adán y Eva para que desobedeciera a Dios y así resultando en la muerte. Las lecturas de este domingo nos recuerdan que Dios creó la vida y pretendía que fuera eterna. La muerte vino al mundo a través de la envidia del diablo. Esta primera lectura del Libro de Sabiduría nos muestra que la vida es preciosa para Dios. La vida es un regalo de Dios para nosotros, de hecho, es un regalo inmerecido de Dios. Debemos por tanto ser muy agradecidos a Él por ella. Es un don espléndido del Creador y una realidad sagrada.
El Señor hoy nos invita a ser más conscientes de que la vida es sagrada y por lo tanto la cuidamos y la protegemos desde su inicio hasta su término. Hoy es urgente trabajar a defender la vida en medio de múltiples amenazas contra ella, especialmente cuando ésta es débil e indefensa. El aborto, la eutanasia, violencia y homicidio son algunas amenazas contra la vida. Jesús nos dice que vino para que tengamos vida y la tengamos más abundante. Para eso Él sufrió una muerte dolorosa y cruel. Es por amor y generosidad de Dios que tenemos la vida.
San Pablo en la segunda lectura enfatiza este mensaje y nos invita a seguir el ejemplo de Jesús que entregó su vida para que podamos tener vida, compartiendo también nosotros generosamente con los demás. La generosidad no se trata sólo de dar dinero, también se trata de compartir nuestro tiempo, talentos y amor. Cuando ayudamos a los demás mostramos el amor de Dios en acción. Esto construye una comunidad solidaria.
En el Evangelio de Marcos vemos dos milagros poderosos. La historia de la hija de Jairo, que se ve interrumpida por la curación de la mujer con el trastorno sanguíneo. Estos dos milagros nos ayudan a ver y comprender el significado del toque espiritual en nuestras vidas. En el primer milagro la mujer con las hemorragias se cura inmediatamente cuando toca la prenda de Jesús. Su fe es fuerte y cree que tocar a Jesús la sanará. Su toque fue espiritual, no físico sólo. Esta mujer tocó la prenda de Jesús con fe y fue sanada. Nosotros también, si tocamos a Jesús con fe como esa mujer, experimentamos curación. Su acción audaz muestra su profunda confianza en el poder de Jesús. Por otro lado, la hija de Jairo ya había muerto cuando llega Jesús, pero cuando Jesús le tocó la mano su vida fue restaurada. Esta muestra el poder de Jesús sobre la muerte.
Jesús ha conquistado la muerte. Cada vez que Jesús nos toca nos convertimos en gente nueva. Él nos toca hoy y nos cura a través de la Iglesia, en los sacramentos, como en el Bautismo donde se nos da una vida nueva e identidad. En la Santa Comunión, la Eucaristía, cuando recibimos su cuerpo y su sangre. También en el sacramento de la Confesión donde por su misericordia somos tocados y sanados. Lo mismo ocurre con otros sacramentos. De hecho, todos los sacramentos de la Iglesia implican tocarse de una forma u otra. Y es por eso que todo se celebra en persona, no por poder o virtualmente. Oramos, queridos hermanos y hermanas, pidiendo a nuestro Señor que continúe tocándonos y sanándonos, dándonos así la vida y nos promete la vida eterna.
Amén.
