“Y tomó Jesús aquellos panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los discípulos, y los discípulos entre los que estaban recostados” Juan 6, 11
Hermanos,
Cada domingo la Iglesia nos presenta una lectura del Antiguo Testamento, como sabemos, un Salmo, una carta de los Apóstoles y el Evangelio. Y cada domingo es una catequesis, porque la predicación sirve no solamente para exhortar, sino también para enseñar, para consolar, y por lo tanto uno tiene que estar siempre atento de qué Dios me quiere decir hoy a mí. Entonces yo les pido hacer un breve esfuerzo sobre los tres domingos anteriores, porque los tres domingos anteriores venimos leyendo la carta a los Efesios, que una de las cartas del cautiverio, que Pablo hizo cuando iba cautivo a Roma y se la dedicó a los Efesios, que él había evangelizado, él fue el que hizo casi la primera evangelización entre en Éfeso.
Hace tres domingos, nosotros escuchábamos cómo se decía al inicio de la carta, de que nosotros estábamos en el corazón de Dios desde antes de la creación del mundo. Hay Salmos que nos dicen de que antes de estar en el seno de nuestra madre ya el Señor se había fijado en nosotros, ya el Señor nos había elegido. El tema de la elección, la elección amorosa de Dios. La elección amorosa de Dios, porque Él nos había creado para que nosotros participamos, fuéramos semejantes a Él en todo, y que algún día también estuviéramos junto a Él en la gloria. Eso es lo primero, es el inicio de la carta de los Efesios.
Hermanos no han venido al mundo de casualidad, todos hemos venido al mundo por amor, porque Dios nos quiere. Qué bueno es saber que hemos venido al mundo por amor. Que Dios me quiere y que Dios tiene un fin lleno de gloria para mí, participaremos de su gloria, seremos semejantes a Él.
El domingo pasado seguimos con la carta, pero ya en la carta se nos decía otra cosa que hay que retener, se decía Jesús es nuestra paz. Yo me acuerdo que decía que ojalá que nosotros siempre, en cada momento, al levantarnos, al acostarnos, en el momento de tribulación o en los momentos de acción de gracias, Señor, Tú eres nuestra paz. Tú eres nuestra paz, entonces ponemos toda la confianza, pero la carta decía algo más. La carta decía y el Señor nos llamó y él nuestra paz, porque ha roto lo que nos dividía y se ha hecho un solo pueblo, ha hecho un solo pueblo y que nos ha llamado a ser hijos de Dios. Entonces, no solamente que nos creó, y nos llamó, y nos eligió, sino que nos llama hijos de Dios, somos hijos de Dios en Cristo Jesús.
Hoy después de haber sentido la experiencia de decir gracias Señor porque Tú me tienes presente desde antes de yo nacer, ya Tú me tenías en tu corazón. Gracias Señor porque no me dejas solo, enviaste a Cristo el Señor, que es nuestra paz y en Él somos tus hijos. Entonces en Él nos dice en esta carta, siguiendo el mismo texto de la Carta a los Efesios, él nos dice que en Cristo somos una sola cosa. Somos una sola cosa, somos el pueblo de Dios, y es bello como esta lectura es una invitación que Pablo le hace a los Efesios para que no se dejen sorprender, ni caigan en sobresalto porque lo que les puede pasar en el mundo.
Las persecuciones, las incomprensiones, que la unidad, es lo que debe de mantenerse siempre, dice, ya que somos hijos, fíjense que todo es muy lógico, va llevando un pensamiento, manténganse entre ustedes lazos de paz, permanezcan unidos por un mismo espíritu, sean un cuerpo y un espíritu, pues al ser llamado por Dios se dio a todos, la misma esperanza. Eso es lo que el Señor nos pide. Como somos hijos, también somos hermanos y por lo tanto, nosotros tenemos que si recibimos la paz, llevar la paz, crear la comunión, y dice esa frase que la cantamos en una canción muy bella, uno es el Señor, una la fe, uno es el bautismo, uno es Dios, el Padre de todos y el que está por encima de todos. Palabra de Dios.
Ojalá hermano que nosotros vivamos así. Qué alegría, somos hijos de Dios, creados por Dios desde antes de nacer, nos ha creado para hacer sus hijos, para vivir eternamente junto a Él, y eso tenemos que vivirlo como hermanos. Muy bien, nos quedamos con esa última frase, tenemos que vivirlo como hermanos.
Ahora vamos a la primera lectura y al Evangelio. En la primera lectura, que es el texto que nosotros acabamos de escuchar del Libro de los Reyes, se nos habla de aquel milagro de Eliseo, del profeta Eliseo. Acuérdense que los profetas fueron los que prepararon la venida del Señor Jesús, donde se culminaba toda la revelación. Y entonces tiene un episodio Eliseo muy parecido al de la multiplicación de panes de Jesús. Dice aquí que le fueron a llevar las ofrendas del pan y que Eliseo dijo, repartan y entonces casi mismo diálogo, no alcanza, si alcanza. Entonces dice que alcanzó para todos. Ese alimento de Dios, es un alimento que todo el mundo puede recibirlo, nadie está marginado, pero todo el mundo tiene que probarlo, quererlo, lucharlo, porque para eso el Señor nos dio las cualidades que nos dio y nos da su gracia.
El pueblo judío tenía aquello de que al final bueno pues nuestra hambre quedará saciada. Hay veces que el pueblo se fijaba, como ahora también, se fijaba en solamente las promesas materiales. Entonces el pueblo tuvo hambre, recibió el pan.
En el texto del Evangelio es casi igual. Dice que Jesús que estaba en aquella época rondando siempre por el lago de allí de Tiberíades, estaba rondando, que se lleva a los discípulos a orar, a un lugar alto para descansar y orar, pero que había mucha gente. También los domingos anteriores es el episodio Jesús dando vueltas alrededor del lago de Galilea, predicando, animando, curando enfermos, acogiendo a la gente, dice que Jesús en un momento determinado dice a los discípulos, vamos y vamos a un lugar apartado, un lugar alto, un lugar de oración; entonces dice, porque mucha gente quería seguirlo porque había visto los milagros que Él hacía.
Hermanos nos fijamos en cosas que son importantes, que son materiales, las físicas, lo que lo que impide que nosotros físicamente y aun espiritualmente nos podamos desarrollar. Nos fijamos en eso. Y Jesús quiere enseñarnos que Él todavía da un poco más, que no solamente nos pide, que seamos hermanos y nos ayudemos unos a otros para saciar esa hambre de justicia que vive el mundo. El hambre de pan, de pan físico, del pan de la mañana, del pan de cada día, lo necesitamos y en justicia cada persona tiene que tener por lo menos el derecho de llevar su pedazo de pan a la boca. Pero el Señor amplía y es el capítulo seis de San Juan.
Aquí se ve esa multiplicación de los panes, que claro es mucho más grande que la que pudo hacer Eliseo, dice que eran cinco mil hombres sentados. Cinco panes y dos peces, entonces todavía con más razón, la gente quería convertirlo en rey, porque hermanos nosotros somos así, aquel que nos promete, lo encumbramos, aquel que nos da un poquitico ya, hay veces que nos tiene tan condicionados, que con ese poquitico ay sí me dio un poquitico y a lo mejor siento el miedo de que si le digo algo me quita hasta el poquitico, porque así somos, así somos.
Pero Jesús quería un poco más, por eso yo les invito a ustedes que sigan leyendo el capítulo seis de San Juan, porque ese es capítulo del pan de vida. Al final del capítulo la cosa empieza por el pan físico, material de trigo, cebada en este caso. Y al final termina con qué, con que Jesús dice yo soy el pan de vida, el que me come no morirá para siempre. De tal manera, lo dijo de tal manera lo dijo, que muchos discípulos dijeron, mucha gente dijo, cómo este puede darse a comer.
Ya la gente, que aquí mismo decía, un poquito más adelante decía, pero y este quién dice que él es el pan de vida, este es el hijo que conocemos a su familia. Yo soy el pan de vida, yo he venido para saciar el hambre que tiene el mundo; porque cuando nosotros nos saciamos del hambre físico, necesitamos saciarnos espiritualmente, y Jesús es capaz de dar sentido a toda nuestra existencia.
Tarea, darnos cuenta de que aquella frase que el Evangelio repite, no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca del Señor. De que no solamente nos hace falta lo material, y cuando el hombre se va solo por lo material se degrada, se degrada, ahí entran los caprichos de cada uno. Nosotros tenemos que buscar también el sentido de nuestra vida, buscar ese espíritu que puede mover y que debe mover mi vida, y que mueve mi vida si yo quiero, que es Jesús; que por mucho que se parta y que se dé, al contrario, entonces cada día se hace más presente.
Pues en este capítulo Jesús lo deja claro a los discípulos, y hasta les dice ¿ustedes también quieren abandonarme? Ustedes también, como diciendo entiendan, Yo soy la luz que ilumina su alma, yo soy el Pan de vida que sacia vuestra sed de amor, de eternidad, de sentido de la vida, de Justicia
Hermanos, vamos a acercarnos al Señor así. No solamente correr ay sí, porque sí, porque Él hace milagros. Decir, Señor porque tú sacias, me das la paz, Tú eres mi paz. Yo soy tu hijo, nos ha constituido en hermanos, danos de ese Pan, que es tu Palabra y que es la Eucaristía que vamos a recibir.
Que el Señor nos ayuda a todos a vivir así. Amén.
