Mensaje radial de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, Arzobispo de Camagüey, el domingo 4 de agosto de 2024, XVIII del Tiempo Ordinario

Amables oyentes: No son pocos los que se preguntan por qué sigue interesándose la gente por Jesucristo después de veinte siglos. ¿Qué podemos esperar de él? ¿Qué nos puede aportar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo? ¿Nos va a resolver acaso los problemas del mundo actual? Son varias de las preguntas que se hacen. El evangelio que acabamos de escuchar nos narra un diálogo de gran interés que Jesús mantiene con una muchedumbre a orillas del lago de Galilea.

El día anterior han compartido con Jesús una comida sorprendente y gratuita. Han comido pan hasta saciarse. ¿Cómo lo van a dejar marchar? Lo que buscan es que Jesús repita su gesto y los vuelva a alimentar gratis, sin trabajar. No piensan en otra cosa.

Jesús comienza a conversar con ellos. Hay cosas que conviene aclarar desde el principio. El pan material es muy importante. Él mismo les ha enseñado a pedir a Dios «el pan de cada día» para todos. Pero el ser humano necesita algo más. Jesús quiere ofrecerles un alimento que puede saciar para siempre su hambre de vida.

Jesús los va a desconcertar a todos con un planteamiento inesperado cuando les dice: “Esfuércense no por conseguir el alimento transitorio, sino por el permanente, el que da la vida eterna». Pero ¿cómo no preocuparnos por el pan de cada día? El pan es indispensable para vivir. Lo necesitamos y debemos trabajar para que nunca le falte a nadie. Jesús lo sabe. El pan es lo primero. Sin comer no podemos subsistir. Por eso se preocupa tanto de los hambrientos y mendigos que no reciben de los ricos ni las migajas que caen de su mesa. Por eso maldice a los insensatos que almacenan sus cosechas en grandes almacenes sin pensar en los pobres. Por eso enseña a sus seguidores a que pidan cada día al Padre el pan para todos sus hijos.

Pero Jesús quiere despertar en ellos un hambre diferente. Les habla de un pan que no sacia solo el hambre de un día, sino el hambre y la sed de vida que hay en el ser humano. No lo hemos de olvidar. En nosotros hay un hambre de justicia para todos, un hambre de libertad, de paz, de verdad. Jesús se presenta como ese Pan que nos viene del Padre, no para hartarnos de comida sino «para dar vida al mundo».

Este Pan, venido de Dios, «da la vida eterna». Los alimentos que comemos cada día nos mantienen vivos durante años, pero llega un momento en que no pueden defendernos de la muerte. Es inútil que sigamos comiendo. No nos pueden dar vida más allá de la muerte.

Jesús se presenta como “Pan de vida eterna”. Cada uno ha de decidir cómo quiere vivir y cómo quiere morir. Pero, quienes nos llamamos seguidores suyos hemos de saber que creer en Cristo es alimentar en nosotros una fuerza que no perece, empezar a vivir algo que no acabará en nuestra muerte. Sencillamente, seguir a Jesús es entrar en el misterio de la muerte sostenidos por su fuerza resucitadora.

Al escuchar sus palabras, aquella gente le pide a Jesús desde lo hondo de su corazón: «Señor, danos siempre de ese pan». Desde nuestra poca fe a veces nosotros no nos atrevemos a pedir algo semejante. Quizás, solo nos preocupa la comida o el pan del día que estamos viviendo. Y egoístamente pensamos, como muchas veces, en “lo mío, primero”.

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