Queridas hermanas y queridos hermanos.
Llevamos algunos domingos leyendo el capítulo sexto del Evangelio según San Juan que se llama discurso de Jesús sobre el Pan de Vida. Este capítulo empieza con la multiplicación de los cinco panes y dos pescados. Después inicia el discurso de Jesús a los judíos en Cafarnaúm. Este domingo nos toca la culminación de su discurso donde Jesús dice: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo y mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”.
Nosotros sabemos que estas palabras de Cristo se tratan de la Comunión, de la Eucaristía, del banquete del Señor. En la misa, el sacerdote dice: “Dichosos los invitados a la cena del Señor”; hay sacerdotes que dicen: “… al banquete del Señor”. Nosotros celebramos y vivimos a Cristo el Pan de Vida en el sacramento de la Eucaristía. La Comunión que recibimos acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la Eucaristía en la Comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús.
La vida en Cristo de los cristianos encuentra su fundamento en el banquete eucarístico. Comer el Cuerpo de Cristo es condición para entrar con Él en la vida eterna. Si no comen la carne del hijo del hombre y no beben su sangre no podrán tener vida en ustedes. “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día” nos dice Cristo. Por esto, la Eucaristía es el corazón y la cumbre de la vida de la iglesia como nos enseña el Catecismo de la Iglesia. Es importante que lleguemos a la Eucaristía con hambre de Dios, con hambre de Cristo.
El hambre material marca de palidez los cuerpos desnutridos. El hambre espiritual deja sus huellas en la vida del espíritu cuando estamos hartos del pan material. El que no come muere de hambre. El que come insuficiente anda débil y enfermo. El Catecismo nos dice también: “Como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas. La Eucaristía fortalece la caridad que en vida cotidiana tiende a debilitarse”. Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la Comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual.
La Comunión con la carne de Cristo Resucitado conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentado por la Comunión Eucarística, pan de nuestra peregrinación hasta el momento de la muerte, cuando nos sea dado como viático el alimento que nos ayuda a pasar de esta vida a la vida eterna. El cristiano debe buscar en el pan vivo del cuerpo de Cristo la plenitud de vida en identificación con Él. Jesús es la vida y la comunica al que quiere identificarse con Él alimentándose de su cuerpo. La Iglesia nos enseña también que tenemos que recibir la Santa Comunión sin pecado grave, que quiere decir en estado de gracia.
Que esto sea para nosotros una invitación para acercarnos más frecuentemente al sacramento de la Reconciliación o Confesión. El Papa Pablo VI dijo: “La conservación de la Eucaristía en las iglesias y oratorios es como el centro espiritual de la comunidad parroquial o religiosa, así como de la Iglesia Universal y de la humanidad entera”. Por diferentes motivos hay personas que no pueden comulgar.
La Iglesia está guardando este sacramento muy cuidadosamente. Por lo tanto, la presencia en la Santa Misa, la fe en la presencia real de Cristo en el pan y vino consagrados, también están nutriendo nuestro espíritu. Igualmente, la adoración al Santísimo Sacramento, la Hora Santa o la oración ante el Sagrario en nuestros templos, son para nosotros fuentes de oración y del encuentro con Cristo presente entre nosotros que dijo a sus discípulos: “Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo”.
Cristo, el Pan de Vida, está con nosotros alimentándonos espiritualmente, fortaleciendo nuestra fe, bendiciendo nuestras vidas en todas sus cargas y alegrías. Gracias Cristo por quedarte con nosotros en el sacramento de la Eucaristía. Ayúdanos siempre a acercarnos a ti, acercarnos a donde estés presente entre nosotros con tu cuerpo y con tu sangre.
Amén.
