Homilía de Mons. Dionisio Guillermo García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 1 de septiembre de 2024, XXII Domingo del Tiempo Ordinario

“Y llamando de nuevo a la gente les dijo, escúchenme todos y entiendan esto, nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo, lo que sale de su interior es lo que mancha al hombre.” Marcos 7, 14-15

Hermanos,

Como hemos podido escuchar en la palabra que hemos leído, las cuatro lecturas tocan el tema de la Palabra de Dios, las cuatro. ¿Por qué? Porque es fundamental como yo dije al principio de la misa, la Palabra de Dios hizo posible todas las cosas, todo fue hecho en Él, por Él y para Él. Y Jesús es la Palabra de Dios, Él es la Palabra de Dios.  Jesús es el perfecto revelador del Padre, por eso es que es la Palabra de Dios, en Él se manifiesta todo lo que Dios nos ha querido revelar a nosotros. Entonces de ahí, que estas lecturas sean como una llamada de atención para que nosotros, le demos peso en nuestra vida a la palabra que el Señor nos deja en las Escrituras; y nosotros tendremos entonces que hacer una pregunta, ¿qué peso tiene la palabra de Dios en mi vida? ¿Qué importancia yo le doy, la sigo o solamente la escucho y dejo pasar?

Nosotros tenemos en la memoria un sacerdote que entre todas las cosas que nos enseñó para ayudarnos a crecer como personas y en la fe, él nos puso una pequeña norma de vida que ojalá todos la podamos vivir. Además, que una norma de vida que no solamente es para cristianos sino para todo el mundo. Y esa norma de vida decía que nunca pase un día en que no hayas aprendido algo nuevo. Que nunca pase un día en que no hayas hecho una obra buena. Hasta ahí, óigame si todos los hombres y las mujeres, de todas las épocas hiciéramos eso. No es que vivamos pendiente, qué obra buena voy a hacer hoy, pero sí, pero si que por la noche cuando nos acostemos, digamos hoy hice una obra buena. Eso significa que estaremos pendientes, casi sin darnos, cuenta en hacer el bien.

Y después la otra aprender algo, óigame, hasta uno tiene que aprender. Uno aprenda hasta que uno se va a morir, porque hay que aprender a morirse, eso no se lo enseñan a nadie, hay que aprender a morirse. Pero yo agregaría, porque me parece que teniendo en cuenta esto iluminamos estos dos primeros propósitos, es que no pase un día en que yo no abra la Palabra de Dios y lea un pequeño fragmento de ella y la medite. ¿Por qué no nos hacemos el propósito hoy de hacer eso? Antiguamente, yo no sé si se hace ahora, pero la gente no me habla de eso, antiguamente estaba la costumbre de que uno cogía la Biblia, el Nuevo Testamento, la abría y en el versículo que uno cogía, lo leía y ese era el versículo del día.

Bueno, pues nosotros podemos hacer algo parecido podemos coger el evangelio del día, que ahora todos podemos conocer cuál es por todas las nuevas técnicas de comunicación, un fragmento de una carta o de un texto del Antiguo Testamento, y ¿qué me dice el Señor a mí ese día? Por eso hermanos, aprender algo nuevo, hacer una buena obra, leer la Palabra de Dios un fragmento cada día.

Las lecturas de hoy nos hablan de eso, entonces es precioso porque en el libro del Deuteronomio que no es más que un comentario, vamos a decir así piadoso, pero a vez lleno de conocimiento, de sabiduría del que lo escribe, que sabe, que conoce la revelación, es decir, lo que Dios ha querido transmitirnos. Se nos dice, y ahora Israel escucha las normas y las leyes que yo te enseño para que las pongas en práctica y así vivirás.

Eso nos dice el libro del Deuteronomio, y da otros elementos propios de la sabiduría del pueblo, dice si tú vives así, dice el texto, te van a respetar porque no hay ningún otro pueblo que tenga unas normas, y unas leyes, y mandatos mejores que estos. Con estos mandatos se respeta a la persona humana, con estos mandatos caminamos según el Señor Jesús. Ya esa la primera premisa que venía desde el libro del Deuteronomio, escucha la Palabra de Dios ponla en práctica y vivirás, sino caerás en la muerte y que caerás en el mal.

En el Salmos hemos rezado, Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda? Es Palabra de Dios, ¿quién puede hospedarse en la casa del Señor? ¿Quién puede? Y lo dice bien claro, el que procede honradamente, el que practica la justicia, el que él tiene intenciones leales, y así es un elenco, el que no hace mal a su prójimo. Es la Palabra de Dios, ¿quién puede estar en contra de eso? ¿Quién? Por eso es sabio y esa la Palabra de Dios, si hacemos esto tendremos vida. La segunda lectura, fíjense que la Palabra está ahí.

Viene la tercera. Santiago, que ustedes saben bien que Santiago era un judío de esos bien aferrado a las normas, a las leyes, pero que él se convierte, se da cuenta de que las normas y las leyes solas no hacen nada, sino que hace falta la gracia de Dios para que nosotros nos convirtamos y hagamos el bien. Y además que esas obras, al hacerlas, tienen que brotar del corazón, no se pueden quedar así que sea una cosa externa, como muchos de ellos, como los judíos practicaban y él es el primero porque era un judío observante. Dice, hermanos míos muy queridos, todo don valioso, todo regalo precioso viene de lo alto y ha bajado del Padre de las luces. Esta Palabra de Dios es un don, un regalo, ha venido de lo alto y viene del Padre. Él nos dio la vida como hijos suyos, fíjense con docilidad en la palabra que fue sembrada entre ustedes ella es capaz de salvarles. Otra invitación a escuchar la Palabra de Dios.

Y entonces dice que esta palabra es de Dios te lleva a lo esencial, ¿qué cosa lo esencial? Y aquí vienen las dos dimensiones de la vida. Visitar a los huérfanos, a las viudas que necesitan ayuda, es decir a hacer el bien, la obra buena que dijimos. Y dice después, y guardarse de la corrupción de este mundo, porque este mundo precisamente combate, atenta muchas veces contra la Palabra de Dios y nos desvirtúa de muchas maneras. Una de las maneras que nos desvirtúa es, que nosotros nos dejemos llevar por las ideas nuevas del mundo, y ellas vienen y no le ponemos un freno, no la confrontamos con la Palabra, porque la Palabra de Dios nos ayuda a confrontar nuestra existencia, nuestra vida, la realidad que estamos viviendo a la luz de la Palabra de Dios, lo hago bien, lo hago mal, como está esto, lo otro, y no solamente en el hacer, sino cómo vamos a ver, si no dentro del espíritu.

¿Qué nos dice esto? Nos dice, dejémonos guiar de corazón, viviendo la Palabra de Dios. Hay veces también, que nosotros queremos adaptarnos tanto al mundo, a veces que con la falsa premisa de para que el mundo nos entienda, que lo que hacemos es adaptarnos tanto que casi no confundimos con el mundo, y entonces nos dejamos llevar por ideas del mundo y la hacemos hasta que sean que la consideramos hasta concepciones buenas y sabias. No hay que dejarse engañar por el mundo, el mundo tiende muchas veces a apartarnos de Dios.

Y viene el Evangelio, y el Evangelio viene precisamente con los judíos, los fariseos, y ellos tenían una manera de reglamentar bien los mandamientos, de cómo comportarse, en el fondo era para ayudarnos a ser fieles, pero ya llegaba un exceso tal, de que ponían unos obstáculos tremendos, y aquí el Señor Jesús les dice bien claro a ellos, les dice, hermanos el bien que se hace, lo exterior de nuestras acciones buenas o de nuestras acciones, eso es buenísimo, buenísimo, pero lo importante es qué es lo que hay dentro de nuestro corazón.

Lo importante es por qué yo hago las cosas, con qué intención dentro de mi corazón; dentro de mi corazón yo trato de desterrar toda maldad, todo odio, todo rencor, envidia, mala voluntad y quiero vivir con una mente sana en el Señor, o yo hago las cosas exteriormente, pero mi corazón está lejos de mí. Y eso es lo que vale y lo dice en una frase es muy buena. Dice, lo malo no es lo que está afuera, lo malo es lo que brota de corazón.

Si en mi corazón hay maldad saldrán cosas malas, si mi corazón hay bondad vendrán las obras buenas, y tenemos nosotros que tratar de vivir internamente, interiormente, vivir queriendo ser fiel al Señor, escuchando su Palabra.

Que el Señor nos ayude a vivir así. Que el Señor nos ayude a buscar, a dejarnos iluminar por la Palabra de Dios, que es palabra de vida, lo dice claro, y vivirán. Yo al final les recuerdo estos tres propósitos: hacer una obra buena, aprender algo bueno, y para eso, leer diariamente la Palabra de Dios que nos ilumina para que tengamos vida. Que Dios nos ayude a todos a vivir así.

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