Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, su obispo y muy feliz de encontrarme con ustedes una vez más.
Hoy escuchamos en el evangelio que los fariseos y unos maestros de la ley, procedentes de Jerusalén, veían que los discípulos de Jesús no observaban ni cumplían la tradición de sus antepasados. Querían saber el porqué de este incumplimiento e irregularidad de los suyos. Es sorprendente la respuesta de Jesús: los denomina “hipócritas”.
Los fariseos se preocupaban sólo por guardar las normas externas sin detenerse a pensar que los pensamientos y deseos del corazón son los que dan realmente el valor a nuestras acciones. Dios ve el corazón del hombre sin detenerse en las apariencias. No es fácil desapegarse de las opiniones de los demás; es más, muchas veces actuamos por temor a lo que los demás piensan de nosotros y no hacemos aquello que es correcto.
Hay un tema que trasciende detrás de este planteamiento: la fidelidad a una tradición humana versus la libertad y la fidelidad de Jesús a Dios, el dueño de todo. Jesús les tacha de hipócritas, pues no son coherentes. Son buenos “observantes” para los demás, pero poco críticos consigo mismos. Esta misma calificación de Jesús también nos la podría dirigir a nosotros, si no somos capaces de vivir con autenticidad y verdad nuestra vocación cristiana. Nuestra vocación es ser luz de Jesús para con los demás. Nuestra seña de identidad es vivir la caridad asistiendo al necesitado.
El ser cristiano es una llamada a la santidad, a amar a Dios con todo el corazón. Por eso debo preguntarme cada día, ¿he hecho algo simplemente para complacer a los demás y por eso me he olvidado de hacer el bien? Si algún día encuentro que la respuesta es sí, debo aceptar que actué hipócritamente. Aun así, Jesús nos ofrece su perdón y su amor, y nos llama a ser valientes y a tomar responsabilidad por nuestras acciones y nuestras intenciones. ¿Estoy dispuesto a seguirlo?
El Señor nos hace ver que debe existir una unidad y coherencia en nuestra vida, entre nuestro interior y lo que hacemos exteriormente, entre lo que somos y como vivimos. Nuestras obras exteriores deben de ser reflejo de nuestro interior y Cristo mismo nos da ejemplo de ello. Al leer el Evangelio y contemplar la vida del Señor, podemos ver cómo su corazón estaba unido a su Padre, cómo estaba lleno de amor y cómo sus obras lo reflejaban. Al vivir en la unidad, recibimos el don de la libertad y de la paz, descubrimos nuestra verdadera identidad de ser hijos de Dios y experimentamos el gozo de vivir como sus hijos. Nuestro Señor fija su mirada en nuestro interior y en lo que somos para Él. Lo que a Él le importa es nuestro corazón, el núcleo de nuestra vida, donde se encuentran todas nuestras convicciones y emociones, nuestros deseos y esperanzas, nuestros miedos e inquietudes. Sus palabras y acciones van dirigidas a transformar nuestro corazón, para que nuestras obras sean guiadas por amor, hacia la verdad y plenitud de nuestra vida, es decir, hacia la felicidad.
Señor Jesús, a veces la hipocresía nos impide ser tu luz en nuestra sociedad. Ayúdanos a salir de los vicios de la vida, pues solo contigo y con tu ayuda podemos vencerlos.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
