Mensaje radial Rvdo. Andrés Ferrer Jiménez, de la Diócesis de Ciego de Ávila, del XXII domingo del Tiempo Ordinario, 1 de septiembre de 2024

A lo largo de la historia de la humanidad, el hombre, en las diversas culturas donde se desarrolla, ha vivido cumpliendo normas y leyes creadas por ellos mismos y que en ocasiones son tan abarcadoras de todos los ámbitos de la vida social que esclavizan a las mayorías. Estas son también objetos de control y dominación de minorías que utilizando estas formas de dominación, en muchos casos no cumplidas por ellos mismos, permiten que se conviertan en anti testimonios vivos ante la mayoría de las personas que se les exige vivir bajo leyes que son, en muchos casos, normas organizativas para el bien de la sociedad. Pero en otros, esclavizan al hombre coartándole su libertad y no siendo cumplidas por este grupo minoritario que pone en práctica el refrán «Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago».

Viven una vida llena de apariencia e hipocresía con un gran nivel de confort obtenido con el precio del sudor y el sacrificio de estas masas de hombres que se les exige el cumplimiento de estas normas que, para esa minoría, no son de estricta práctica. En el Evangelio de hoy domingo 22 del Tiempo Ordinario, el Señor Jesús, como gran maestro y pedagogo, utiliza las prácticas cotidianas de las normas de la sociedad donde se desarrollaba su vida pública para desenmascarar la hipocresía en la cual vivían los fariseos y los letrados, los cuales tenían un nivel de apariencia pública no en correspondencia con su nivel de opulencia por la que nuestro Señor Jesús utiliza las palabras del profeta Isaías cuando escribió: «Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan es inútil, ya que la doctrina que enseña son preceptos humanos».

Desenmascarándolos ante la sociedad y ante los hombres que se les exigía el cumplimiento estricto de la ley, convirtiéndolos en autómatas y máquinas para la producción de bienes de consumo que les servían para el mantenimiento de su nivel de vida muy por encima de la mayoría del pueblo. Este grupo minoritario deja, como dice Jesús, el mandato de Dios para mantener su propia tradición, porque el mandato divino se convierte en una piedra en el zapato, se convierte en incómodo porque este camino angosto no es conveniente para aquellos que viven extorsionando y utilizando leyes que los benefician y los enriquecen, elaboradas en muchas ocasiones con tal sutileza que su verdadera intención pasa desapercibida.

No quiere decir esto que las leyes en cualquier sociedad sean malas, no. Estas tienen que existir para organizar las masas de hombres y mujeres, para organizar la vida pública, para el desarrollo de las diferentes sociedades. El mal está dado en que el no cumplimiento de estas leyes hace que las normas se conviertan en injustas, utilizadas como objeto de dominación. Jesús, que es el mismo ayer, hoy y siempre, acercándose a su pueblo en el Evangelio de este domingo, nos educa en las normas que ayudan al hombre de cualquier sociedad a no caer en conductas farisaicas e hipócritas que desestabilizan sociedades y ritmos pacíficos de estas y nos catequiza acerca de aquellas prácticas que llenan al hombre de impurezas como los malos pensamientos, fornicación, robos, asesinatos, adulterio, codicia, malicia, fraude, desenfreno, envidia, blasfemia, arrogancia y desatinos.

¿Serían estas conductas negativas practicadas en los tiempos de Jesús en que Él utiliza las palabras del profeta Isaías que escuchamos hoy en el Evangelio para desenmascarar aquella minoría explotadora? ¿Existirán estas prácticas hoy en nuestra sociedad cubana? Jesús, que nunca abandona a su pueblo y lo acompaña siempre con su palabra, ¿quisiera que caminemos por el camino del bien, desechando estas prácticas que salen del corazón y contaminan al hombre?

Queridos hermanos, cuidemos que las leyes de los hombres y la ley de Dios caminen de la mano; que las leyes de los hombres sean el cumplimiento de la ley divina para que Cuba viva en paz y armonía, que Jesús y María acompañen a su pueblo y que la Doctrina Cristiana, la Doctrina del Amor, reine por los siglos de los siglos.

Amén.

Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y los acompañe siempre.

Amén.

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