Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz.
Hoy es un día de júbilo para todos los cubanos, dentro y fuera de la Isla. Hoy celebramos a nuestra Madre, a la Virgen de la Caridad del Cobre, la Virgen del Amor. Es una fecha que no es ajena al corazón porque Ella forma parte de nuestra identidad.
Desde que aquel agradecido marinero enseñó a los indios a rezar el Ave María, la Virgen se ha colado en cada uno de sus hijos nacidos en esta Isla; y desde hace poco más de 400 años, Ella vela por todos de una manera especial.
La inscripción en la tabla sobre la que descansaba la imagen de la Virgen en las aguas de Nipe nos revelaban la misión que Ella venía a traer: la caridad. Caridad de Dios hacia nosotros y de nosotros hacia Dios a través del servicio a los hermanos.
Queridos hijos e hijas, este 8 de septiembre nos llega con un mensaje de amor y esperanza para el pueblo. Nos recuerda que en lo profundo de la noche, en medio de la más recia tormenta, Dios se hace presente enviando a su Madre para hablarnos de amor. Y no de forma superficial; del que muchas veces confundimos los hombres y mujeres de estos tiempos que emana intensamente y se desvanece al poco tiempo cuando cualquier brisa lo rosa.
María nos habla del amor de Dios que se entrega en la Cruz padeciendo las injusticias más cruentas, pero que se mantiene fiel porque sabe que su sacrificio redime a la humanidad caída en el pecado.
Es el amor de la familia que sufre la enfermedad de uno de sus miembros y se enfrenta a las carencias de medicamentos y de respuestas a su dolor, pero a pesar de eso siguen luchando para hacer todo lo posible por mitigar los efectos de la enfermedad.
Es el amor de la madre humilde que es capaz de recorrer largos caminos para visitar a su hijo preso, por cualquier causa, porque a pesar de la vergüenza que la abraza, es su hijo, y ella se hace presente al pie de esa cruz, para acompañar y recordar el valor del amor de madre.
Es el que encontramos en los matrimonios que contra corriente se mantienen juntos, siendo soporte uno del otro para avanzar por la vida gritando al mundo que los proyectos así son realizables y valen la pena.
Es el que encontramos en el buen trato que nos pueda brindar una empleada atendiendo a la población en su centro de trabajo, porque es consciente de que la persona que se le acerca es un ser humano que merece respeto, y su función es el servicio.
Así podríamos hacer una larga lista. Muchas veces los golpes de la vida son tan fuertes que nos olvidamos de sonreír y de transmitir esperanza. Pero por ello hay días como el de hoy, que nos llaman la atención sobre la realidad que vivimos y nos invitan a alzar la vista a Dios para como María proclamar la grandeza de su nombre.
El Evangelio de hoy nos presenta el pasaje de la visitación de María a su prima Isabel, y en él encontramos el Magnificat, la expresión inmensa de alegría por todo lo que Dios ha hecho en su humilde esclava. Es, sin duda, el mejor retrato de María que tenemos. Es, ante todo, un estallido de gozo. Las cosas de Dios parten del gusto y terminan en el entusiasmo. Dios viene a llenar, no a vaciar. Pero ese gozo no es humano. Viene de Dios y en Dios termina.
Por eso se sabe llena María, por eso se atreve a profetizar que todos los siglos la llamarán bienaventurada, porque ha sido mirada por Dios.
Estas palabras no deben ser atenuadas: María anuncia lo que su Hijo predicará en las bienaventuranzas: que Él viene a traer un plan de Dios que deberá modificar las estructuras de este mundo de privilegio de los más fuertes y poderosos.
Los pobres y humildes de los que habla María son los que sólo cuentan con Dios en su corazón: los humildes, los que temen a Dios, los que se refugian en él, los que le buscan, los corazones quebrantados y las almas oprimidas. María no habla tanto de clases sociales, sino más bien de clases de almas. María no habla solamente de la pobreza material o de la pobreza espiritual. Habla de la suma de las dos. Y al mismo tiempo ofrece un programa de reforma de las injusticias de este mundo y de elevación de los ojos al cielo.
Pienso que es necesario que también todos nosotros cantemos con María las grandezas que Dios ha obrado en nuestra vida. Que el Señor nos regale una feliz fiesta de la Caridad, y que Cuba sepa acoger siempre el regalo grande que tenemos en la Madre del Amor.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
