Hoy, en toda la Iglesia Universal, celebramos la solemnidad del Nacimiento de la Santísima Virgen María. Para la Iglesia de Cristo en Cuba, es un día especial. Es un día de acción de gracias a Dios por la Madre que nos da, Madre de Dios y Madre nuestra: Nuestra Señora de la Caridad del Cobre.
Hoy, una vez más, redescubrimos la verdad de que, como en el Antiguo Testamento, Dios liberó a Israel de la esclavitud a través del testimonio de la vida de Judit. Así también hoy, un mundo sin esperanza y sin amor, solo puede ser renovado a través de la fuente del amor que es Jesucristo, a través de su Madre, que es la Madre de la Caridad.
Siguiendo la enseñanza de la Carta Apostólica de Juan Pablo II Rosarium Virginis Mariae, queremos acoger y vivir cada fiesta mariana como una ocasión especial para «contemplar el rostro de Cristo en la escuela de María». Mirando a María como modelo de vida, estamos llamados a imitar en nuestra vida su apertura a la gracia y a la unión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. En María podemos encontrar la fuerza transformadora del amor de Dios. En María y a través de Ella, encontramos la esperanza para nosotros.
María nos ayuda a interpretar todo lo que sucede hoy a nuestro alrededor y lo que se refiere a su Hijo Jesús. Al poner nuestra esperanza en Dios, que hace grandes obras por nosotros, hace crecer en nosotros la virtud de la esperanza en todas las circunstancias de nuestra vida, porque, como nos dice hoy el salmista: «la misericordia del Señor dura siempre». El Papa Francisco presenta a María como nuestra Madre, que nos enseña las virtudes de la espera, incluso cuando todo parece sin sentido y sin esperanza. María, confiando en los designios de Dios, realiza heroicamente la virtud de la esperanza. Y así como confía en Dios Padre, confía en su Hijo Jesucristo sin reservas.
Creemos que María, como en Cana de Galilea, también hoy le dice a Jesús lo que nos falta. Ella se presenta ante nosotros como Madre de la esperanza. Vivamos, pues, esta esperanza, y que no sea un optimismo fácil de creer, sino un don de gracia en el realismo de la vida. Este realismo de la vida es nuestra vida cotidiana, a menudo difícil y dolorosa, pero si la unimos a la confianza en Dios, se convierte para nosotros en puerta de alegría y fundamento de la fe cristiana.
En un tiempo de tantos desafíos, necesitamos una esperanza que no sea solo una espera pasiva, sino un testimonio activo de vivir con Dios. Este testimonio de vida con Dios no es más que mis opciones diarias para llevar a cabo el plan de Jesucristo para los padres, los hijos, los enfermos y los ancianos, los abandonados y los marginalizados.
Como Judit del Antiguo Testamento, como María, nuestra Madre de la esperanza, y Madre del Nuevo Testamento, testimoniemos con fe la belleza de toda vida, que el amor y el respeto de la dignidad del otro hombre nos son dados a nosotros como un don de Dios y como una tarea de cada día.
