Homilía de Mons. Dionisio Guillermo García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 15 de septiembre de 2024, XXIV Domingo del Tiempo Ordinario

“Jesús siguió preguntándoles, ¿y según ustedes quién soy Yo? Pedro le respondió tú eres el Mesías” Marcos 8, 29

Domingo después de la fiesta de la Caridad, que este año con alegría la celebramos también el domingo, que es el día del Señor, lo cual eso seguro que facilitó mucho la participación, la presencia, el que la comunidad se manifestará así en conjunto, unidos como comunidad en las celebraciones a nuestra Patrona. Por lo tanto, como dije al principio de la misa, tenemos que darle gracias a Dios por esto.

Y si en la misa del domingo nosotros veíamos como, las Escrituras nos iluminaban y nos hacían bien quién era María, ¿por qué? Porque en la visita su prima Isabel, “bendita tú eres entre todas las mujeres, bendito es el fruto del Señor, te van a clamar todas las generaciones”, la Palabra de Dios ilumina, es la que nos dice lo que después tenemos que creer, lo que después tenemos que orar.

De la misma manera que pasa con María y con otros aspectos del contenido de nuestra fe, bueno, pues con más razón pasa con Cristo, porque toda la Escritura está hecha para iluminarnos, destapar los oídos como dice el texto de Isaías y aclarar la vista, para que nosotros entendamos quién es Jesús, que es el Cristo.

Entonces vamos a ver las lecturas de hoy que nos dice que nos dicen. En primer lugar, vamos a ver empezar por la última, por el Evangelio. Este evangelio hermanos hay que leerlo con detenimiento, porque muchas veces escuchamos las lecturas aquí en el templo, y después tenemos tantas cosas en la cabeza que nos olvidamos de ellas. Por tantas cosas, por tantas razones, pero las lecturas de hoy hay que leerlas.

Por eso yo les voy a seguir insistiendo en que ustedes, los que están, los que tienen la posibilidad de buscar en Internet las lecturas de hoy, se van a encontrar infinidad de posibilidades que le van a ayudar a meditar en sus casas. Los que aquí en Cuba, en otros lugares, no tenemos esa facilidad, no tienen esa facilidad, bueno, pues podemos coger la hojita de Vida Cristiana, la hojita dominical en la que vienen las lecturas de cada domingo y de cada día, entonces eso nos ayuda, hay que leerla.

Aquí nosotros vemos Jesús, con sus amigos en una caminata, van caminando y Jesús que tenía la manera de predicar según las circunstancias, Él lo mismo predicaba una gran muchedumbre de gente, un grupito de personas, a una persona en particular cuando le hacía un milagro o cuando quería decirle algo, o con Jairo, así. También Jesús aprovechaba esas caminatas, aprovechando el tiempo; y como Él, Pablo seguro que lo aprendió de Él, decía Pablo que había que predicar a tiempo y a destiempo, fíjense bien a tiempo y a destiempo.

Es como si yo ahora predicara aquí solamente porque es el momento de predicar la homilía, pero cuando salgo de aquí para afuera, ay ya, si tengo la posibilidad de decirle algo de la Palabra de Dios, un mensaje, un consuelo, pasar un brazo, darle ánimo, darle esperanza, ah, no, no lo hago porque no tengo el tiempo, no, tiempo y destiempo. Así hacía Jesús. Y Jesús iba caminando con ellos, aprovechó y le preguntó una pregunta capciosa, qué dice la gente que soy yo. Ustedes lo oyeron, fulano, mengano, Elías, un profeta, Juan Bautista, y ahí viene la pregunta, y ustedes, ¿qué dicen que soy yo? Porque puede ser que nosotros en nuestra fe, en el conocimiento de nuestra fe, nos cueste trabajo hablar de nosotros como creyentes, y entonces referimos a otra persona que dijo algo y el Señor nos pregunta a cada uno de nosotros, ¿por qué tú crees, para ti quién es Jesús? Esa pregunta hay que hacérsela.

Entonces Pedro, que como le dicen en otra versión de los evangelios, de otros evangelistas, pues dice, el Señor le dice, Pedro esto que tú ha dicho no te lo ha dicho la carne, si no el Espíritu. Pedro le dice tú eres el Mesías, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Hijo de Dios. Y el Señor le dice, Pedro no se lo digan a nadie eso, que ha dicho Pedro, que es cierto no se lo digan a nadie. ¿Por qué el Señor diría eso, no se lo digan a nadie? Después viene el por qué él lo dice, y entonces empieza a hablar de lo que a Él le va a suceder. Claro, el Señor no quería que se lo dijeran a nadie porque si los apóstoles empezaban a decir, óyeme Jesús, el que cura la gente, a ese lo van a apedrear, a él se lo van a no sé qué, lo van a matar, lo van a clavar en la cruz. Todo eso, entonces se iba a formar, y ese no era el momento, Jesús tenía que predicar, hacer todo lo que tenía que hacer, y hubieran evitado.

Pedro se sale con las arrancadas de Pedro, y Pedro dice que se lo lleva aparte, y a pesar de respeto que le tenía dice que empieza a reprenderlo, otras versiones dicen a increparlo, y a decirle no, usted no pasa por eso, cómo vamos a ir a Jerusalén. Entonces, hermanos, fíjense bien, el Señor dice como decía Juan que no ha llegado su hora, no nos diga nada eso, después, esas cosas son para después porque tengo que cumplir la voluntad de mi Padre. Y ahora sí que paramos ahí y nos vamos al principio.

El primer libro, el libro del profeta Isaías. Isaías, 700 años antes de Cristo, varias centurias, siglos antes de Cristo, cuando el pueblo de Israel se estaba conformando, se estaba asentando, el pueblo de Israel sufre una de las mayores embestidas que ha sufrido en la historia, y el pueblo de Israel casi desaparece, casi desaparece. Sus instituciones, sobre todo, entonces, Isaías es el profeta, que en primer lugar le llama la atención al pueblo para decirle no le echen la culpa a otro, piensen ustedes, qué parte tienen ustedes de culpa, para que estas cosas estén pasando.

Y eso tenemos que hacerlo todos aquí, donde quiera, hay por qué me pasa esto, por qué esto. Bueno señores, hay que ser humilde y, ¿qué parte de culpa tengo yo? No es que uno viva con complejo de culpa, pero si no hay que partir de la realidad, porque puede ser que nos equivoquemos. Puede ser que nos equivoquemos, hay que ir a la realidad. Entonces Isaías machacaba al pueblo, pero Isaías también fue profeta de la esperanza, diciéndole al pueblo que al final Dios vencería y que el pueblo de Dios que había sido elegido, y que el Señor se había manifestado, había manifestado su grandeza y predilección en él, el Señor no iba a abandonar a su pueblo. Y que el señor buscaría, alguien, la manera de salvar al pueblo.

Esa es la lógica, Dios que es el Dios de la vida, no puede trabajar por la muerte, o permitir que la muerte venza. Isaías solo tenía clarito, era iluminado por el Señor. Entonces él empieza a darle esperanza, y en esa esperanza que Isaías empieza a dar, los estudiosos de las Sagradas Escrituras de ahora, pero también los estudiosos judíos, los cristianos después; descubrieron cuatro cánticos de Isaías, que se llaman los cánticos del Siervo de Yahveh, del Siervo doliente de Yahveh también le dicen, y en esos cuatro cánticos, que están separados en algunos capítulos al final del capítulo 40 principio de los 50 del libro, en esos cuatro cánticos se habla de un redentor, de alguien que vendría a salvar al pueblo, pero que ese alguien tenía que sufrir, que ese alguien tenía que sufrir.

Pero fijémonos en esto, si nosotros vemos este primer cántico del capítulo 50 de Isaías, dice, el Señor me ha abierto los oídos y yo no me resistí ni eché decía atrás. ¿Por qué, por qué se va a echar atrás si le abrió los oídos? Miren lo que el Señor le dice, he ofrecido mi espada a lo que me golpeaban y mis mejillas a quienes me tiraban de la barba, y no he ocultado mi rostro ante las injurias y los escupitajos, el Señor viene por mí y por eso no me molestaban las ofensas. Fíjense bien. El Señor le dijo, vas a sufrir, vas a sufrir, pero el siervo obediente a lo que el Señor dice, el siervo oyó, entendió, el Señor me lo pide, debo hacerlo, por lo tanto, yo me ofrezco, y aquí viene la parte hermosa, porque tengo confianza de que el Señor me salvará. Y empieza ahí mismo, el Señor Dios viene en mi ayuda y por eso no me molestan las ofensas, por eso puse mi cara dura, de piedra. Yo sé que no seré engañado. El Señor me hará justicia.

El Señor va a anunciándole al pueblo, que Dios no lo abandona, pero que aquel Mesías, aquel que viene, aquellos que vienen, en aquel momento no se interpretaba si era una persona o era un grupo, pero había la corriente grande de que era una persona, ése vendrá a salvarnos. De ahí sale toda la teología del Mesías, del Cristo, de Aquel que el pueblo esperaba para salvar al pueblo de Dios. Y fíjese bien, hermano, igual que Jesús dijo no digan a nadie lo que yo he dicho que voy a sufrir, para que se cumpla la voluntad del Padre, aquí Isaías dice ese siervo sufrirá, pero el siervo tiene la conciencia de que al final Dios tiene la última palabra.

Entonces, hermanos, ese es Cristo, ese es el Señor. Nosotros sabemos por la revelación del mismo Cristo, de que Él es Dios mismo, el Hijo de Dios, es Dios que se abaja en la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se abaja a salvarnos. ¿A partir de qué? De darlo todo por el Señor, aun las injusticias que hay en el mundo, por eso una de las oraciones que nosotros decimos y muchas veces los cantos, dice el Señor que cargó sobre su espalda mis pecados, ese me salva. Por eso muchas veces dice, el peso de esa cruz de Cristo es el peso de los pecados de los hombres, pero el Señor lo carga. ¿Por qué? Porque es la manera de salvar al pueblo.

Es así, ese es Cristo para nosotros, Cristo que se ofrece en el altar, ahí estamos conmemorando, rememorando el único sacrificio de Cristo en la cruz, que se ofrece por nosotros. Él lo dijo, este mi cuerpo y este mi sangre que se ofrece por ustedes, hagan esto en memoria mía. Entonces hermanos, cada vez que recibimos el cuerpo de Cristo, cada vez que lo sentimos dentro de nosotros, es Cristo que viene a nosotros, cada vez que lo vemos en una en una cruz clavado, tenemos que fijarnos en ese Cristo que nos invita también a unirnos a Él, en el rescate de todos los hombres con nuestra vida, con nuestra oración, con nuestra manera de vivir.

Pero Jesús no solamente se queda ahí, Jesús hace así y aprovecha, y no solamente les ilumina desde el punto de vista de la fe, de decir lo que va a pasar, si no dice algo más. Luego comenzó a enseñarle que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado y aquí viene cuando Pedro le dice apártate. Pero ahí mismo Jesús empieza a decirle, luego llamó no solamente a sus discípulos, sino a toda la gente que estaba allí y le dijo si alguien quiere seguirme que se niega a sí mismo, cargue con su cruz y me siga, porque quien quiera asegurar su vida la perderá, en cambio, el que la pierda por mí y por el Evangelio, ese se salvará.

¿Qué quiere decir eso, que nosotros tenemos que negarnos a nosotros mismos, que ya Dionisio García ya no es Dionisio García? No, eso es lo que quiere decir es, que todos aquellos caprichos, pasiones, deseos, y todas aquellas cosas que le vienen a uno naturalmente a cada uno de nosotros, aquellos arrastres que uno trae consigo, aquellos caminos que el mundo hay veces nos quiere desviar, y que nos sentimos tentados, aquellas situaciones de la vida que si tenemos poco, pues entonces nos sentimos desagradecidos y no reconocemos ni lo poco que tenemos, y cuando tenemos mucho nos sentimos tan satisfechos que nos olvidamos de darle gracias a Dios. El Señor lo que quiere es eso, carga con tu cruz, carga, aprende a rechazar todo aquello que te aparte del camino de Dios, eso es lo que nos dice Jesús.

Entonces hermanos, vamos a tener esa fe firme que tenemos un solo Cristo, que es nuestro único Salvador, que nos abandona, que en la cruz alcanzó mi salvación y que me dice que yo tengo que estar dispuesto también a abrir los oídos, a ver que el Señor me dice, como le dijo al Siervo doliente, para que el reino de Dios, la presencia de Dios, el triunfo de Dios, se haga presente entre nosotros. Que Dios nos ayude a vivir así.

Sí hermanos, tenemos que leer la Palabra de Dios a ver qué me dice a mí, y si no entendemos, vamos a alguien que nos explique, pero yo no quiero dejar pasar la Epístola de Santiago. Disculpen, si alargo un poco. Santiago aquel discípulo, apóstol, que era muy judío, parece que muy querido entre los judíos de allí de su tierra., y muy he considerado. Santiago era muy real, muy realista como decimos ahora. Entonces Santiago viene aquello de decir, yo tengo fe, el único que salva es Cristo, y ya yo tengo la salvación.

Santiago les recuerda, les dice es cierto tú tienes la salvación por Cristo, es el único que ha podido salvarnos y rescatarnos, Él, aquel que sin mancha se ofrece por nosotros, es el único; por mucho esfuerzo que yo haga no me salvo, el que me salva, el que me alcanzó la salvación a mí es Cristo en la cruz, ese que la Virgen tiene cargadito en su mano ahí y la cruz a la derecha, por algo la tiene así. Dice es el único, Él sí me consigue la salvación, no soy yo, es Cristo.

Ahora, ¿eso significa que yo puedo vivir como yo quiera porque tengo fe que a Cristo me va a salvar? No, y Santiago muy lógico, muy realista, muéstrame tu fe sin obras que yo por mis obras te voy a manifestar mi fe. ¿Cuáles son las obras a que se refería Santiago? A bueno, a esas obras de renunciar a todo con tal de seguir a Cristo. ¿Tú eres capaz con tus obras a renunciar siempre al mal? Entonces si tú haces así, le vas a manifestar al mundo que tu fe te lleva a hacer el bien, porque cuando uno renuncia aquel anhelo, caprichos mayores, menores, más buenos, menos buenos, lo que sea, y uno lo renuncia por el reino de Dios, eso es una muestra de fe.

Entonces, hermanos, no se dejen guiar de que solo la fe salva, la fe te salva, pero no te olvides de las obras, porque las obras son manifestación de la fe. No te olvides, porque es muy cómodo el Señor me salva. Hay veces, yo he oído que es una consecuencia de esta manera de pensar, solo la fe salva. No, solo la fe te va a salvar, pero porque es Cristo el que te está salvando, es Cristo el que te salva, y tu fe en Él ya es ese deseo de vivir según Él. Pero cuando uno sigue al Señor, oye, como le decían al Siervo doliente, y entonces uno hace lo que el Señor quiere.

De ahí hermanos de que muchas veces uno oye a personas que dicen, hermanos en la tierra uno puede hacer cualquier cosa porque al final Cristo es tan misericordioso, que Él nos va a salvar a todos, y nos va a perdonar a todos. Yo no dudo de la misericordia de Dios, no dudo y quisiera que se salvara todo el mundo, la mayor parte, lo que sean. No lo dudo. Pero Dios no obliga a la gente a salvarse. Aquel que rechaza a Dios, también Dios le respeta la libertad, porque ahí donde se juega la libertad del hombre, acepto o no acepto al Señor.

Entonces el aceptar al Señor, ahí empieza a movernos también las obras. Acepto al Señor y lo manifiesto con mis obras. No vamos a ser de aquellos, así que nos vamos a complicar con detalles, con una expresión, solo la fe salva, las obras no te salvan. Tranquilo. Una cosa no se puede separar de la otra. No seamos maximistas, no se puede separar. El Señor te salva, pero cuenta con tu voluntad. Cuenta con tu voluntad.

Hermanos, que el Señor nos ayude a meditar esto y vamos a ofrecer la misa, cuando Cristo esté presente decir, sí, Señor, Tú eres mi único Salvador que en la cruz me alcanzaste la vida eterna. Mantenme la fe firme y que todos aquellos que me rodean, también tengan esa fe firme en Ti, que nos llame a hacer buenas obras.

Que el Señor nos ayude a vivir así.

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