Mensaje radial de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, Arzobispo de Camagüey, el domingo 15 de septiembre de 2024, XXIV domingo del Tiempo Ordinario

Queridos todos: El episodio sucedido en Cesaréa de Filipo ocupa un lugar central en el evangelio de Marcos. Después de un tiempo de convivir con él, Jesús hace a sus discípulos una pregunta decisiva: «¿Quién dicen ustedes que soy yo?». En nombre de todos, Pedro le contesta sin dudar: «Tú eres el Mesías». Por fin parece que todo está claro. Jesús es el Mesías enviado por Dios, y los discípulos lo siguen para colaborar con él. Pero Jesús sabe que no es así. Todavía les falta aprender algo muy importante. Es fácil confesar a Jesús con palabras, pero todavía no saben lo que significa seguirlo de cerca compartiendo su proyecto y su destino. Marcos dice que Jesús «empezó a enseñarles» que debía sufrir mucho. No es una enseñanza más, sino algo fundamental que los discípulos tendrán que ir asimilando poco a poco.

Desde el principio les habla «con toda claridad». No les quiere ocultar nada. Tienen que saber que el sufrimiento lo acompañará siempre en su tarea de abrir caminos al reino de Dios. Al final, será condenado por los dirigentes religiosos y morirá ejecutado violentamente. Sólo al resucitar se verá que Dios está con él.

Pedro se rebela ante lo que está oyendo. Su reacción es increíble. Toma a Jesús consigo y se lo lleva aparte para regañarlo. Había sido el primero en confesarlo como Mesías. Ahora es el primero en rechazarlo. Quiere hacer ver a Jesús que lo que está diciendo es absurdo. No está dispuesto a que siga ese camino. Jesús ha de cambiar esa manera de pensar.

 Jesús reacciona con una dureza desconocida. De pronto ve en Pedro los rasgos de Satanás, el tentador del desierto que busca apartar a las personas de la voluntad de Dios. Se vuelve de cara a los discípulos y “reprende” literalmente a Pedro con estas palabras: «Ponte detrás de mí, Satanás»: vuelve a ocupar tu puesto de discípulo. Deja de tentarme. «Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres, «.

Luego llama a la gente y a sus discípulos para que escuchen bien sus palabras. Las repetirá en diversas ocasiones. No las han de olvidar jamás: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga».

Seguir a Jesús no es obligatorio. Es una decisión libre de cada uno. Pero hemos de tomar en serio a Jesús. No bastan confesiones fáciles. Si queremos seguirlo en su tarea apasionante de hacer un mundo más humano, digno y dichoso, hemos de estar dispuestos a dos cosas. Primero, renunciar a proyectos o planes que se oponen al reino de Dios. Segundo, aceptar los sufrimientos que nos pueden llegar por identificarnos con la causa de Jesús y seguirlo.

Hoy nosotros también debemos contestar la pregunta que Jesús hace a sus discípulos: ¿Quién soy yo para ustedes? 

Seguro que rápidamente afirmaríamos que JESÚS ES DIOS, pero, luego, con sinceridad, deberíamos examinarnos: ¿Amamos a Jesús sobre todas las cosas o está nuestro corazón ocupado por otros dioses en los que buscamos seguridad, bienestar o prestigio? ¿Para qué sirve confesar que Jesús es Dios si, luego, apenas significa algo en nuestras vidas?

También afirmaríamos que JESÚS ES EL SEÑOR, pero, ¿es él quien de verdad dirige nuestra vida? ¿De qué nos sirve llamarlo tantas veces como Señor si no nos preocupa hacer su voluntad?

Confesaríamos que JESÚS ES EL CRISTO, es decir, el Mesías enviado por Dios para salvar al ser humano, pero ¿qué hacemos para construir un mundo más humano siguiendo sus pasos? Nos llamamos cristianos,  pero, ¿qué hacemos para sembrar libertad, dignidad y esperanza a los más humildes de la Tierra?

Proclamaríamos que JESÚS ES LA PALABRA DE DIOS HECHO HOMBRE, es decir, Dios hablándonos en los gestos, las palabras y la vida entera de Jesús. Si es así, ¿por qué dedicamos tan poco tiempo a leer, meditar y practicar el Evangelio? ¿Por qué escuchamos tantas palabras en vez de escuchar la palabra sencilla e inconfundible de Jesús?

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