Homilía de Mons. Dionisio Guillermo García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 22 de septiembre de 2024: XXV Domingo del Tiempo Ordinario

“Jesús se sentó llamó a los Doce y les dijo, el que quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos” Marcos 9, 35

Hermanos,

Quiero comenzar volviendo a repetir el texto de la primera de la oración, de la oración colecta, la primera lectura que se hace en la misa, que es la como la intención general que nosotros estamos pidiendo para cada uno de nosotros, nuestra familia, nuestra iglesia, nuestra comunidad, yo la voy a leer de nuevo.

“Oh Dios, qué has puesto la plenitud de la ley en el amor a Ti y al prójimo”, esa es la ley del que la quiera cumplir, que te amen a ti y amen a los hermanos, a los demás. Acuérdense del primer mandamiento, amar a Dios por sobre todas las cosas y tratar a los demás como nosotros quisiéramos que nos trataran. “Oh Dios que has puesto la plenitud de la ley en el amor a Ti y al prójimo”, y ahora viene la petición, esto es una verdad, Él puso de plenitud de la ley en el amor a Él y al prójimo, la petición, “concédenos cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna”.

Hermanos, muchas veces pedimos muchas cosas, qué bueno pedir porque el Señor dijo pidan y se les dará, pero una de las primeras cosas que tenemos que pedir es, Señor que nunca me aparte de Ti, que nunca me aparte de tu ley, y la ley de Dios son los mandamientos, y los mandamientos es el amor, que nunca me aparte del amor cumpliendo los mandamientos, porque los mandamientos al cumplirlos ya estoy realizando el amor a los hermanos. Pidamos eso, junto con todo lo que tenemos que pedirle, y más en este tiempo difícil de Cuba que tenemos que pedir tanto, “Señor que seamos fieles al cumplir tus mandamientos”.

Entonces dicho esto, vamos entonces a ver un poquito las lecturas. El domingo pasado nosotros vimos aquella escena cuando Jesús le dijo a los discípulos que Él iba a ir a Jerusalén y que en Jerusalén iba a ser entregado, y que en Jerusalén le iban a maltratar y a morir en la cruz, porque el Hijo del hombre para eso vino; y leímos a Isaías, un libro escrito 700 años antes de Cristo, y que hablaba de ese siervo de Yaveth, doliente, que había sufrido mucho, y que precisamente los discípulos del Señor, los apóstoles, los primeros cristianos, vieron a Jesús precisamente, en aquel Siervo de Yaveth anunciado hacía 700 años.

Y el Señor decía no digan nada, no digan nada; y cuando Pedro le dijo Señor no vamos a Jerusalén, cómo tú vas a decir eso, Él le dijo apártate Satanás, yo tengo que cumplir la voluntad de Dios mi Padre, yo tengo que cumplir los mandamientos, yo tengo que cumplir lo que el Señor me pide. Y entonces ya, nosotros vemos como Él dijo no digan nada, los discípulos siguieron, no entendieron mucho, pero sabían que algo podía ocurrir.

El texto de hoy de los Evangelios, es un poco la continuación de aquel. Lo dice clarito “Jesús y sus discípulos atravesaron la Galilea sin detenerse, y Jesús no quería que nadie lo supiera, porque ya mucha gente hablaba de Él, porque iba enseñando a sus discípulos y les volvió a repetir, el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, le van a matar y a los tres días resucitará. Y aquí mismo dice en el texto, “pero ellos no entendían lo que les decía”. Y tenían miedo a preguntarle. Era difícil pensar en eso, que a Jesús le iba a pasar eso, no entendían; pero lo curioso no es que no entendieran que él tenía que padecer y que resucitaría y que al final vencería. Si no, como lo consideraban un líder, alguien que hacía milagros, Él era el Mesías que ellos esperaba, que iba a ser un guerrero, un político, lo que sea, y ellos se veían defraudado cuando Él decía que iba a morir en la cruz.

Entonces fíjense lo que ellos pensaban. Jesús, hablaba de martirio, y ellos ¿qué estaban pensando? Estaban pensando ahí, y nosotros, qué será de nosotros. Estaban pensando lo siguiente, pensaban eso qué será de ellos, pero de qué manera, pensaban que cuál de ellos iba a ser el más importante en ese reino de Jesús. En realidad, lo que estaban pensando era en ellos y no en Dios para hacer su voluntad.

Y nosotros, y yo, ¿qué voy a hacer, quién de ustedes va a ser? Recordemos el pasaje de la madre de cebedeos. Señor llévate a mis hijos, a Santiago y a Juan, para que estén uno a tu derecha, y otro a tu izquierda, y Jesús le dijo mujer, tú no sabes lo que tú pides mujer, no sabes lo que tú pides. Entonces hermanos, estas lecturas nos hablan de que nosotros vivimos pensando en el triunfo, en la gloria, en el bien, en la bondad, pero no hacemos historia de lo que sucede en el tránsito por esta vida, o precisamente para librarnos de las cosas malas de esta vida, entonces queremos algo diferente en la que yo sea el que sea el primero, y ahí es donde está el egoísmo y está el mal.

Dicho esto, vamos entonces a la primera lectura. La primera lectura de la Sabiduría, que se escribió unos 500 años después que el de Isaías, unos 100 años antes de Cristo más o menos. En esa lectura dice que el justo, el hombre, cualquier persona, el justo, tiene que sufrir por el mal del mundo; que la gente lo va a atacar por ser justo, que la gente no lo va a entender, y que precisamente por querer ser justo y seguir a Dios, va a recibir muchos ataques y dice que lo van a apedrear y a condenar a muerte.

Sí hermanos sí, los cristianos, los cristianos y otra gente que quiere hacer el bien, la reacción que recibe es de mucha dureza, y el cristiano sufre, el cristiano sufre por ser fiel al Señor de muchas maneras. Hay veces que el martirio, otras veces la incomprensión, la marginación; y nosotros sabemos bien que hemos pasado por etapas en que ser cristiano era muy difícil, pero había que perseverar, porque precisamente el justo que nos habla, tanto Isaías como el libro de la Sabiduría, era el que, en medio de las penas, él se resistía a dejar a Dios y quería hacer la voluntad de Dios.

Actualmente en este mundo moderno, hay una palabra que antes yo nunca le había oído usar, a lo mejor ustedes tampoco, pero ya cada día se escucha más, es la palabra resiliencia. ¿Han oído esa palabra? ¿Qué significa resiliencia? Resiliencia es la capacidad de resistencia que tiene una persona para sobreponerse a las dificultades, para luchar, para enfrentarlas, y para llegar hasta donde haya que llegar. Eso es lo que es resiliencia. Un cristiano tiene que ser resiliente en la fe.

Tiene que ser resiliente, porque sabe que van a haber muchas dificultades externas que van a querer desvirtuarle su fe, apartarle de su fe, a negarle todo lo que ellos dicen y hasta burlarse de ellos. Y para hacer eso y para mantener una vida así, hay que ser resiliente, hay que ser fiel. Y, de dicho como decíamos antes, hay que tener resistencia para soportar el mal hermanos. Y en este momento tenemos que ser resilentes, tenemos que tener resistencia porque son muchos los males que nos vienen arriba. Males sociales, males de justicia, males políticos, males de todo tipo, de una sociedad que no que no se guía por los mandamientos que el Señor dijo, ayúdame a hacer los mandamientos, en que lo que lo que lo que se vive es el egoísmo, yo quiero ser el primero y yo para hacerlo, lograrlo a pesar de, es ir pasando por encima de cualquiera. Hermanos, esa es la sociedad sin Dios.

La sociedad con Dios es aquella sociedad que teme al hacer el mal, no por miedo, o que sea por miedo, teme hacer el mal ¿por qué? Porque sabe que si hace el mal vendrá un mal mayor. Cuando se apartan de Dios no hay límites, y se puede llegar a cualquier situación. Constantemente uno oye, esa situación es dura, difícil, de personas que en la desesperación cometen actos abominables; pero también en nuestra vida diaria puede ser que nosotros también demos pie a eso.

Por eso. Somos cristianos, creemos en Jesucristo, es nuestro Salvador, el Señor me dice que debo guiarme por los mandamientos, y sabemos que eso atrae personas que nos quieren desvirtuar, nos quieren descalificar, se ríen de nosotros o nos dicen que eso no sirve para nada, y en algunos casos los condenan a muerte, como están muriendo muchos cristianos hoy en Asia y en África, por su fe.

Pero entonces viene la otra parte, ese es el mal exterior. San Pablo a los corintios nos habla de otra cosa, y en el Evangelio también, la envidia. Y la envidia, por la envidia se puede llegar a cometer los males más abominables. Y Santiago nos recuerda, y lo voy a decir, “donde hay envidia y ambiciones, habrá desorden y acciones malas de toda clase, mientras la sabiduría que viene de arriba es pura, pacífica, indulgente bondadosa, llena de compasión y produce buenas obras.   ¿Quién hace la guerra, sino los malos deseos que se tiene por dentro ustedes? Codician lo que no tiene y entonces matan. Codician algo y no lo consiguen entonces discuten y pelean”.

Entonces, hermanos, tenemos que fijarnos no solamente en esos males que vienen de fuera, sino los males que brotan del corazón. Y ahí dice también que el cristiano, el que se acoge al Espíritu, es pacífico. Fijémonos en esos dos aspectos, muchas veces nos quejamos por el mundo exterior, que es un mundo duro, difícil, pero que uno tiene que resistir con la fuerza de Dios, pero otras veces ese mal viene del interior de cada uno de nosotros. Vamos a limpiarlo, esa la carta de Santiago, vamos a limpiarlo.

Santiago era muy directo, como dijimos el domingo pasado, muéstrame tu fe sin obras que yo con mis obras te voy a mostrar mi fe.Y aquí Santiago nos dice, hermanos “mucho del mal que estamos sufriendo procede de nuestros corazones, porque no queremos vivir según los mandamientos de la ley de Dios”. Entonces, qué no vamos a llevar que nos vamos a llevar. Nos vamos a llevar que la vida es dura, nos vamos a llevar que la vida es de sufrimiento que la vida es de lucha; y que, para ser cristiano, independientemente del daño que venga de afuera, del mal, de la persecución, de la incomprensión, de lo que sea, nosotros tenemos que luchar contra nosotros mismos para apartar los malos deseos que nos impiden ser testigos fieles de Jesús. ¿Cómo? Viviendo los mandamientos.

Vamos a pedirle al Señor eso hermanos, que cada uno de nosotros procure decir, Señor y yo, yo cómo vivo, soy un agente de paz que vive los mandamientos, testigos de Cristo ante los demás o yo me dejo llevar, también podemos preguntarnos, Señor ante el mal del mundo, mis fuerzas desfallecen y ya no puedo seguirte. No, tenemos que ser resilientes, tenemos que mantenernos firmes, porque sabemos que el Señor vendrá a nosotros.

Y ahí sí que entonces terminamos con el salmo. ¿Qué hemos rezado en el Salmo?, que leyó tan bien la jovencita que lo hizo. El Señor sostiene mi vida. Podrán venir todas esas malas noticias del exterior contra nosotros, podrán surgir muchos males producto de nuestra acción, el de no haber vivido como cristiano, pero recordemos que el Señor sostiene mi vida. Volvamos siempre a Él, que Él nos escuchará y nos dará fortaleza, nos da la fortaleza.

“Oh, Dios sálvame por tu nombre, sal por mí por tu poder. Oh Dios, escucha mi súplica, atiende mis palabras”. Eso es lo que me hemos rezado en el Salmo con fe, y mientras somos resistentes contra los ataques de la maldad, nosotros pensemos que el Señor sostiene mi vida.

Que Dios nos ayude a vivir así.

Un comentario sobre “Homilía de Mons. Dionisio Guillermo García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 22 de septiembre de 2024: XXV Domingo del Tiempo Ordinario

  1. Neidys Publicada Gracias por las oraciones. AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO

    Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).


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