Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, obispo de esta diócesis.
Hoy escuchamos por segunda vez que Jesús anuncia su pasión. Él dedica su tiempo para instruir a sus discípulos. Lo primero que les dice es cómo terminará su vida. Anuncia su pasión, pero en lugar de escucharle, los discípulos se pelean por el tema del rango de cada uno. Jesús les corrige poniendo condiciones para el que pretende ser grande.
Nos dice el Papa Francisco en su homilía del 15 de marzo de 2015: “Jesús invita a sus discípulos a hacerse como niños porque “el Reino de Dios pertenece a quien es como ellos”. Queridos hermanos y hermanas, los niños llevan vida, alegría, esperanza, también disgustos, pero la vida es así. Ciertamente llevan también preocupaciones y a veces problemas; pero es mejor una sociedad con estas preocupaciones y estos problemas, que una sociedad triste y gris porque se ha quedado sin niños.(Homilía de S.S. Francisco, 18 de marzo de 2015).
A los discípulos de Jesús no les entraba en la cabeza el que su Maestro tuviera que pasar por el túnel del sufrimiento, que para ser el primero se tenga que ser el servidor de todos, que en las nuevas categorías del Reino de Cristo el niño ocupe un lugar primordial. No era fácil para ellos dejar la concepción en la que se habían educado desde su infancia. Pero para ser discípulos de Cristo tenían que cambiar. Debían aceptar que el sufrimiento es camino de redención para Jesucristo, y lo sigue siendo para los cristianos de hoy.
La cultura en la que vivimos y la mentalidad de nuestros contemporáneos están hechas al cambio. Se cambia más fácil que antes de trabajo, de computadora, de país… Se cambian también los modos de pensar y vivir, los valores de comportamiento, y hasta la misma religión.
El cambio está a la orden del día, y quien no cambia, pronto pasa a formar parte de lo anticuado, de lo caduco. Pero, ¡claro!, no todo cambio es bueno para el hombre. Ni todo cambio indica progreso. Hay cambios que son una desgracia, que no son favorables ni para los hombres a título personal, ni para la sociedad. El cambio al que la liturgia nos invita es el cambio desde Dios. Es decir, aquel cambio que Dios quiere y espera del hombre para que sea más hombre, para que viva mejor y más plenamente su dignidad humana. El cambio que Dios quiere es el de la injusticia a la justicia, del abuso al servicio de los demás, de la infidelidad a la fidelidad, del odio al amor, de la venganza al perdón, de la cultura de muerte a la cultura de la vida, del pecado a la gracia y a la santidad.
La tarea del servidor no se puede reducir a la simple misión de servicio doméstico, debe trascender a otro nivel: hacer algo por los demás. El abrazo podría significar un gesto de salvación, pero también es expresión de la donación de amor. En relación con el tema del discipulado, el discípulo debe olvidarse de sí mismo y ayudar a los que carecen de privilegios, como lo hizo Jesús. Es precisamente ahí donde radica la fuente de nuestra sabiduría. Jesús, sabiamente ayuda a sus discípulos a superar sus egoísmos. El egoísmo nos lleva a la división, la desunión, la rivalidad y, en fin, nos conduce a la destrucción.
Señor Jesús, reconocemos que nuestros egoísmos nos han conducido por otros caminos y nos hacen más insensibles para con los demás. Hoy nos has dado una lección de humildad y de servicio. Ayúdanos a vivir estos valores en nuestra cotidianiedad.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
