Un niño de cuatro años, a los pocos días de nacer su nuevo hermanito, pidió a sus padres que le dejaran estar a solas con el bebé. Los padres, preocupados por su insistencia, pensaron que tenía celos y podía hacerle daño, y le dijeron que no. Tanto insistió el niño que terminaron por dejarle. El niño entró en la habitación, se acercó a su hermanito, untó su mequilla con la de su hermanito, y le preguntó, bebé, dime, ¿a qué sabe Dios? Yo ya empiezo a olvidarlo. Hermanos, hacerse adulto, crecer, es perder la inocencia, dejar de ser dependiente, olvidar la casa paterna, enterrar el niño que todos llevamos dentro, y vivir la vida sin ataduras familiares, sociales y religiosas, es olvido de Dios. La sociedad actual hace a los niños adultos antes de tiempo.
Acostumbramos a quemar etapas en nuestra vida, y nos olvidamos pronto del sabor de Dios, y más aún cuando vivimos en una sociedad contraria a todos los valores cristianos, donde la familia, por ejemplo, es tan maltratada en estos tiempos, y siendo ella tan vital para nuestro crecimiento como personas, donde aprendemos desde pequeños a no perderle el sabor a Dios. Nos dice la palabra, quien acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí, y el que me acoge a mí, acoge al que me envió. Acoger a Jesús es acoger al que nunca dejó de ser hijo, al que siempre vivió en contacto con el Padre.
Acoger a Jesús es acoger al hermano que nos puede decir a qué sabe Dios, y acoger al hermano que nos necesita. Acoger a Jesús es acoger al primer servidor, al hombre que vivió y vive para los demás. Es acoger al hijo del hombre entregado en manos de los hombres que lo crucificaron para resucitar al tercer día. Los discípulos no entendían lo que Jesús quería enseñarles. No estaban interesados en la catequesis de Jesús. Lo único que les interesaba era saber quién era el más grande entre ellos, ganarse un puesto, triunfar.
Eso de morir por nada o por los demás no entraba en sus cabezas. Hoy sigue siendo una realidad este tipo de comportamiento, y no sólo en la sociedad, sino también dentro de nuestra iglesia. Nos discutamos los puestos más ventajosos, no para servir, sino para servirnos a nosotros mismos, olvidando las palabras de Jesús, quien quiera ser el primero, que sea el último de todos, y el servidor de todos. No caigamos en el error de que sólo se hacen méritos con los grandes trabajos. No se trata de buscar ser el primero, sino de estar dispuesto a ser el último. No se trata de conseguir que la gente te sirva, sino de convertirte en un servidor de todos.
La verdadera grandeza no proviene de ser famoso y poderoso, sino de ser un servidor de los últimos y los más pequeños. Se cuenta que la madre Teresa atendía a un paciente de sida frágil y empobrecido. Un visitante dándose cuenta del riesgo que corría le dijo, nunca haría eso ni por un millón de dólares. La madre Teresa respondió, yo tampoco, pero lo hago por Jesús a cambio de nada.
A los ojos de Dios, la grandeza nos llega cuando dejamos de lado nuestras propias necesidades y servimos a alguien más. Y no tenemos que ser un santo o un héroe. No se necesitan grandes habilidades, solo tenemos que ser humildes y estar disponibles para servir al que necesite de nuestra ayuda. Jesús en este evangelio nos revela un secreto. Nos cuenta el último capítulo de su vida y no acabamos de creer. No entendemos que Jesús solo es Mesías por la muerte en la cruz, por el servicio de dar la vida y de hacerse el último de todo. Amén.
Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y los acompaña siempre.
Amén.
