En el Evangelio de este domingo nos encontramos dos enseñanzas de Jesús. La primera es el tema de la mujer dirigida a los fariseos, y la segunda sobre los niños dirigida a los discípulos. Mujeres y niños son la predicación de Jesús en este pasaje. Podríamos pensar que la enseñanza va focalizada simplemente al matrimonio y no es así. Los fariseos conocían perfectamente la ley de Moisés sobre el matrimonio. ¿Qué querían poner a prueba Jesús? Es evidente.
Por eso, lo maravilloso del Maestro es cómo aprovecha la ocasión para ofrecer una interpretación de la ley de Moisés más allá del sentido literal, moral, jurídico del que tenía. Jesús no ha venido a abolir la ley del matrimonio de Moisés, sino a cumplirla en profundidad, con su pleno sentido. Jesús recordó a los fariseos algo que se había perdido por el paso de la historia.
La ley está hecha para la persona. El sentido que nos propone Jesús sobre la ley de Moisés es de recuperar el lugar de la mujer. Si un hombre rechaza a una mujer, rechaza una parte de él. Al igual, si una mujer rechaza a un hombre, rechaza una parte de sí. Hombre y mujer son partes integrantes recíprocas, porque comparten un mismo latir, un mismo sentir, una misma vida. Jesús afirma la igualdad del hombre y la mujer y es clara la dimensión de fidelidad inquebrantable que comporta el matrimonio: “lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”.
Una advertencia para no destruir el proyecto de Dios, que no se nos endurezca el corazón por creernos superiores al otro, por envidias, egoísmos, ansias de dominar. Un proyecto posible, acoger al otro como don de Dios, ser como niños en sencillez y agradecimiento, acogiendo el Reino, para que la relación mutua en este mundo sea ámbito de fidelidad, vínculo gozoso, fiel e indisoluble, donación amorosa e incondicional, en la que es posible amarse más allá de las diferencias, de los conflictos, en la entrega sincera. Amor es el que no falten las palabras: “permiso, gracias, por favor, perdón, te quiero”, como nos lo recuerda el Papa Francisco.
Los niños son presentados por Jesús a sus discípulos como imagen para encender el Reino de Dios. Los niños carecen de privilegios y no tienen poder. La desprovisión de todo poder y de toda manipulación los convierte en ejemplo de predicación, testimonio para los discípulos, ya que estos se encuentran con ciertas ambiciones y pretensiones egoístas. Esto les imposibilita de ver la realidad del Reino. Jesús presenta a los niños como el modelo de todo hombre que acepte el Reino de Dios. Los niños establecen relaciones sinceras y sin doblez.
Esperan todo de los padres, confían plenamente en ellos, no dudan de su amor cuando tienen algún conflicto. Tienen la capacidad de olvidar rápidamente y empezar de nuevo. Si optamos en nuestras relaciones, algunas de las actitudes de los niños, pudiéramos hacer posible la cercanía, la comprensión, el amor sincero y sencillo con las que se pueden superar las desavenencias que conllevan inevitablemente la convivencia cotidiana.
Jesús nos dice hoy: “miren cómo abrazo y bendigo la inocencia de los niños”. Desinstálense ya de sus suspicacias y desconfianzas. Dejen de considerar quién está listo y quién no para recibir la gracia y el amor que viene de Dios. No juzguen y no serán juzgados. No necesitamos llegar a ningún estándar, no hay marca que batir. Vengan con la sencillez de corazón de estos pequeños.
Yo los bendigo, los abrazo y los quiero. Amén.
