Homilía de Mons. Dionisio Guillermo García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 13 de octubre de 2024, XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario

“La palabra de Dios es viva, eficaz y más penetrante que una espada de dos filos. Llega hasta lo más íntimo del alma, hasta la médula de los huesos y descubre los pensamientos e intenciones del corazón” Hebreos 4, 12

Hermanos,

Siempre la Palabra de Dios nos sorprende, porque siempre toca un tema que cuando uno lo oye, ay la sabiduría, pero después cuando uno empieza a desgranar un poco uno dice, ay qué bien, porque toca aspectos de nuestra vida de nuestro comportamiento que nosotros muchas veces no lo tenemos en cuenta. Y el tema de hoy es la sabiduría. Pero fíjense bien, la sabiduría en el sentido bíblico que en definitiva es el verdadero sentido. Según español castellano, la sabiduría es la ciencia de saber comprender las cosas y a actuar en consecuencia, de manera serena, correcta, haciendo lo mejor; y para eso, como hemos dicho, hay que conocer las cosas para saber analizarlas, y por lo tanto también después comportarnos.

Este libro de la Sabiduría es uno de los libros más recientes del Antiguo Testamento, el cual es un elogio a esa gracia de ser sabios. Muchas veces nosotros confundimos la sabiduría con el conocimiento de determinadas cosas, especialidades. Por ejemplo, hablamos de sabio, de una persona que conoce mucho de una materia, entonces es un sabio, el cirujano es un sabio. Bien, perfecto, conoce mucho de esa materia.  En esa materia podemos decir, dando un sentido más amplio a ser sabio, es que conoce mucho de esa determinada materia y que, por lo tanto, uno puede ir con él con seguridad. Ése es sabio, sabe cómo comportarse y así lo decimos en muchas cosas.

La sabiduría, según el Antiguo Testamento, es eso mismo, pero es la sabiduría sobre el sentido último de las cosas. Por qué he venido al mundo, por qué Dios me ha creado, qué sentido tiene mi vida, porque yo nací de estos padres, mi vida cómo ha sido, lo que es lo bueno, lo malo, lo difícil, siempre la vida es difícil. Qué pasará en el futuro, ¿se acabó ya, yo soy como un árbol del campo o como un animal también del campo? No, yo soy criatura, pero yo soy algo especial. Nosotros los cristianos decimos que Dios nos hizo a su imagen y semejanza, y que también nos espera. Y eso lo hemos sabido por la revelación.

Por lo tanto, la sabiduría para el Antiguo Testamento es el conocer el sentido de la existencia, con todo lo que esto significa; y en el Antiguo Testamento sabemos que nosotros nos podemos apropiar del sentido de lo que existe a través de la razón, que nos dice esta existencia que yo tengo tiene que tener un sentido para algo he venido al mundo y también por la revelación. Los que se quedan en la primera parte, solamente lo que hay en la vida diaria, la vida física, la vida relacional entre las personas, bueno se quedan ahí. Ahí no se da un sentido de la vida. Eso es vivir la vida que se nos presenta y que nosotros somos capaces de vivir, modificar o sufrir.

Nosotros sabemos que necesitamos, para comprender la realidad de todo lo que existe, de mi existencia, de mí nacimiento, de mi futuro, eso lo sé por la revelación. Así lo dice la carta de Pablo a los romanos, lo dice así, hace falta la revelación y es la revelación que Pablo le decía que él ha venido a dar.

Nosotros sabemos que Jesús es perfecto revelador del Padre, nosotros tenemos que escucharle, que seguirle; por lo tanto, para nosotros, para lo que escribieron este texto, sabiduría es conocer el sentido de mi vida, sabiendo que Dios es el que le da sentido, a todas las cosas. Y que en la medida en que yo viva de acuerdo con lo que Él nos ha revelado, en esa misma medida yo estaré cumpliendo el plan de salvación que Dios tiene para mí, y también yo estaré viviendo plenamente.

Fíjense bien. Esto no significa que vivir plenamente es vivir sin problemas, eso no existe en este mundo, siempre hay problemas, siempre, y siempre hay gracias, siempre. Y para que tiene fe todavía más, porque el que tiene fe se une tan íntimamente al Señor, que es capaz desde gloriarnos y alegrarnos con un milagro que hizo Jesús, con una palabra que dijo que me tocó el corazón, con la resurrección de Lázaro y con la resurrección, y también es capaz de darle sentido a cargar la cruz, como Cristo cargó nuestra cruz. Porque el peso de la luz de Cristo no es el madero, el peso de la cruz de Cristo por el cual murió por nosotros, son nuestros pecados, y Él lo logra para nosotros poder alcanzar la salvación.

Las lecturas de hoy nos tocan este tema, pero la verdad que de una manera preciosa. En el primer en el primer libro que es el libro de la Sabiduría, se habla de la importancia que tiene la sabiduría. Fíjense bien, vamos a compararlo con el joven rico y este. Dice aquí, que la sabiduría es tan grande que ni el oro, ni la plata, ni nada de lo que existe se compara con tener la sabiduría, y que esa sabiduría es saber, como yo decía al principio, el porqué de las cosas y es escuchar la Palabra de Dios y saber qué es lo que el Señor nos ha querido decir, qué espera de nosotros y qué nos da, qué nos ofrece, qué nos propone.

Entonces sabio es aquel que sabe el fin último de su vida, que entonces a través de ese fin último de la vida, es capaz de realizar toda la vida, y entonces decir gracias Señor porque tú me has hecho entender, con tu palabra, con tu revelación, lo que tú quieres de mí, y así le das el principio y el final de mi existencia. Entonces sabio es aquel según la Palabra de Dios, que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica, recordemos aquellas palabras, “Señor, ahí está tu madre y tus hermanos, mi madre y mis hermanos son aquellos que hacen la voluntad de Dios y la ponen en práctica”. Ahí nosotros agregamos, como hizo María, que siempre quiso hacer la voluntad de Dios. Esa es la sabiduría, hacer la voluntad de Dios, porque al conocerla y a vivir en consecuencia, nosotros alcanzamos el reino de Dios.

Bien, viene el Evangelio. Aquí hemos dicho que la sabiduría es más grande que el oro y que la plata, y el barro no tiene nada que ver, y la amé más, la sabiduría, que la salud y la hermosura; la quise más que la luz del día. Fíjense, que son las cosas más preciadas que uno tiene, pedir la salud, la luz del día, poder ver, poder oír, poder tocar, y el texto dice eso. El conocer al Señor, que el que me da la luz que me ilumina en mi vida, es para mí es más grande que todo eso, eso es lo que dice el texto.

El Evangelio lo dice, pero a través de un relato. Ese muchacho, en otro evangelio hablan de un joven. Ese joven, dice, Señor, qué tengo que hacer para salvarme. Una gente buena. Es uno de esos pocos momentos en que ponen a Jesús conmovido. Dice el Señor lo amó. Entonces le quiso decir lo más grande, vaya él, ¿tú querías tener lo máximo? Yo te voy a poner lo máximo. Deja todo, y sigue lo que tú crees que vale más. El muchacho no tenía fuerza, no tenía fuerza y se dice que se fue triste. Eso no quiere decir que ese muchacho renegó de Dios, no, todo lo contrario, es que no era capaz de dar ese paso.

Y el Señor siguió hablando, y habló de los ricos. Cuando Jesús habla, que qué difícil es un rico, porque un rico al tenerlo todo muchas veces se olvida de Dios, y muchas veces le da más peso al oro, a la plata, que a la sabiduría. “Dichosos aquellos que son sabios, dichosos aquellos que hacen la Palabra de Dios, dichosos aquellos que sufren por mí, dichosos aquellos que son buenos”. Fíjense bien. Entonces, el Señor nos quiere decir aquí lo importante que es buscar al Señor. Hermanos buscar al Señor, y lo demás se nos dará por añadidura. Busquemos el Señor, es el mensaje.

Entonces aquí viene la segunda lectura, que es la carta a los hebreos. Hermanos, yo le voy a leer eso textualmente porque es uno de los pasajes que a mí siempre me ha llamado la atención y que yo menciono porque se nos olvida. Se nos olvida que la Palabra de Dios es viva y eficaz. ¿Sabemos lo que es viva, lo que significa? Que es para nuestra vida diaria, es para nuestra vida tanto espiritual como física material. Y es eficaz, es capaz de transformar las cosas. Es eficaz. No tengamos reparo el hablarle a alguien mencionándole la Palabra de Dios. El Señor es tu fortaleza, óyeme tal cosa, Cristo murió por ti sé fiel, no tengamos miedo.

La Palabra de Dios es viva y eficaz, esa palabra que yo medito de la Sagrada Escritura es capaz de transformar mi vida, ésa no es solamente para conocer el cuento de este joven que llegó. No, hemos leído la historia y la narración, el relato del joven que llegó para decirnos que el reino de Dios vale más que cualquier cosa de esta tierra y que hay que buscarlo. Pero sigue diciendo, esta es la parte que más me gusta, “la Palabra de Dios es vive y eficaz, más penetrante que una espada de doble filo”. El machete nuestro, el cubano, el de los mambises tenía un filo; una espada de doble filo acababa así y acababa cuando venía de este lado.

“Más penetrante que una espada de doble filo” y ahora sigue diciendo. “Penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, sondeando los huesos y los tuétanos, para probar los deseos y los pensamientos más íntimos”. Acuérdense de aquella frase de aquel Salmo, el Señor nos sondea y nos conoce. El Señor me conoce desde el vientre de mi madre, el penetra mi vida. La Palabra de Dios es la que nos mira íntimamente, la Palabra de Dios es la que nos dice por dónde tenemos que ir, la Palabra de Dios cuando la meditamos con seriedad es la que nos va iluminando.

Y ahora viene la cosa. “Toda criatura es transparente ante ella, nosotros estamos ante los ojos de Dios, todo queda desnudo y al descubierto, no nos engañemos, y a los ojos de Aquel al que algún día deberemos de dar cuentas”. No, porque sea un juez inmisericorde, porque nosotros sabemos que no es así, que Él es misericordioso; sino porque Él que nos ha dado la vida, que se entregó por nosotros, nos da la responsabilidad también a nosotros de nuestra vida, y entonces nosotros tenemos que actuar en consecuencia, según esa sabiduría que hemos escuchado y que le pedimos a Dios que nos dé. En definitiva, la sabiduría es aquella que nos lleva al encuentro de Dios y que nos hace caminar por la senda de salvación.

Yo dije al principio que sabio era aquel especialista que conocía, a veces que decimos no fulano es sabio porque sabe mucho de una materia. Nosotros tenemos un sabio. Cuando nosotros hablamos de sabio en Cuba, por lo menos en mi época cuando yo estudié y después, ¿cuál es el sabio cubano por excelencia? Cualquier cubano dice Carlos J. Finlay. ¿Por qué? Porque es un sabio. Pero Carlos J. Finlay trató de ser sabio de las dos cosas, una conociendo su materia para poder curar enfermedades y viviendo íntimamente unido a Jesús. Ese fue Carlos J. Finlay, un cristiano ejemplar.

Seamos nosotros también así.

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