Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, obispo de Pinar del Río, el XXVIII domingo del Tiempo Ordinario, 13 de octubre de 2024

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, y como siempre, estoy muy feliz de encontrarnos cada domingo.

Hoy rememoramos aquel momento en que se acercó corriendo un joven al encuentro de Jesús y marchó entristecido. Él buscaba, tenía interrogantes, quería salir de dudas. Era un hombre sano que había cumplido cabalmente los mandamientos de la ley. Por todo ello, Jesús “lo mira con afecto” y le hace una propuesta que va más allá de lo que el hombre buscaba. Le mueve el piso de sus seguridades y le invita a seguirlo, libre y despojado de todo.

Cuando Jesús fija la mirada en aquel joven, para nosotros hoy desconocido, mira a cada uno de los que ha llamado por el bautismo a la vida de cristianos. No mira tan sólo a los que llama a su pleno seguimiento. Llama más bien a todos aquellos que intuyen que la vida es más que diversión y pérdida de tiempo en pequeñeces. Y es que quien entra dentro de su alma, descubre un vacío por llenar, un corazón por enardecer de amor, un ansia, un no sé qué de eterno, como ese joven, y que no estará tranquilo sino hasta llenarlo de lo único eterno: el amor de Jesucristo.

Mirando bien esta escena contemplamos que Cristo nos ve a cada uno de nosotros. Porque cada uno de los que nos decimos cristianos tenemos de una u otra forma apegado el corazón a las cosas de la tierra y nos damos cuenta que ellas no llenan nuestra alma.

Añoramos a Dios. Y por eso lo buscamos hasta donde pueda estar esperándonos. Este joven lo encontró en el desierto. Y no tuvo miedo de preguntarle qué tenía que hacer. Para eso iba, para conocer el secreto de su felicidad plena. ¡Lástima que fue poco generoso! Su amor a las cosas le impidió dejar volar su alma donde lo único necesario. Y es que cuando Cristo nos pide dejarlo todo, nos pide todo; cuando nos lo pide todo, no nos deja sin nada. ¡Nos da todo porque se da a Sí Mismo, Él todo!

Cristo le siguió con la mirada. Lo vio triste marcharse con su corazón roto por el egoísmo. Los ricos, los que apegamos el corazón a las cosas, tengamos mucho o tengamos nada, tengamos palacios o tengamos harapos, en fin, tengamos algo a lo que no queramos desapegarnos, no podremos hallar jamás descanso, no podremos porque optamos por las pobre creaturas y rechazamos al Creador de las creaturas. En cambio los que han conocido a Cristo de veras, Dios les da la fuerza para dejarlo todo y seguirlo incondicionalmente.

¿Habrá alguna persona valiente que pueda decir que lo ha dejado todo por seguir a Jesús? Es posible. Nosotros hoy, que escuchamos esta lectura ahora podemos preguntarnos: ¿a qué hemos renunciado para seguir a Jesús? Y, seguramente, nos hemos sentido mirados con afecto e invitados por Cristo. ¿En quién o en qué ponemos nuestra confianza? Que nada ni nadie nos quite las ganas de correr al encuentro de Jesús para ponernos a su disposición, depositando nuestra confianza en él.

Señor, no dejes de mirarnos con afecto a pesar de nuestros egoísmos e ingratitudes. Tú puedes sacarnos de dudas y regalarnos aquello que, con nuestras solas fuerzas, no podemos conseguir. Decimos, con la boca pequeña, que estamos dispuestos a seguirte, pero nuestra vida diaria va por otro camino. Así como otros dejaron la mesa de impuestos, las redes, a sus padres… haznos capaces de decidirnos por todo lo que lleva a la vida eterna.

Que María de la Caridad nos acompañe siempre.

Deja un comentario