Amables oyentes: Conviene que meditemos despacio la historia que acabamos de escuchar. Jesús va caminando por una calle o camino, siempre dispuesto a encontrarse con la gente. Y he aquí que un hombre corre y se arrodilla ante él, como para no dejarlo pasar sin responderle una pregunta que le inquieta y quiere hacerle: “¿Qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?”. Es una pregunta que ojalá todos los cubanos también se la hiciéramos hoy día a Jesús. Pero no, lamentablemente nos preocupan otras cosas y nos quedamos con la mitad de la pregunta: ¿Qué tengo que hacer… para conseguir un saco de cemento que me hace falta? ¿Qué tengo que hacer… para conseguir un pasaje para La Habana? ¿Qué tengo que hacer… para conseguir más dinero? Nos preocupan más las cosas de este mundo que la vida eterna después de nuestra muerte. Ciertamente, con los bienes materiales, que no son males sino bienes, podemos ahogar, esclavizar, oprimir nuestros corazones.
A este preocupado hombre de hace unos dos mil años, Jesús lo invita, como a nosotros ahora, a cumplir los mandamientos de la Ley de Dios para alcanzar la vida eterna. Y Jesús le recuerda, y nos recuerda, los mandamientos: no mates, no robes, no seas adúltero, honra a tus padres, no cometas fraudes, etc. Y ciertamente quedamos asombrados con la respuesta que da el hombre a Jesús: “Maestro, todos esos mandamientos los he cumplido desde joven”. Notemos lo que dice a continuación el evangelio: Jesús se le quedó mirando con cariño, o sea, Jesús se dio cuenta de que tenía delante a un hombre bueno y cumplidor de las cosas de Dios. Y es entonces cuando le va a subir la altura del listón y lo invitará a saltar más arriba, cuando le dice que lo venda todo, les dé el dinero a los pobres, y lo siga.
Es admirable la vida de una persona que no ha hecho daño a nadie. Jesús lo quiere atraer ahora para que colabore con él en su proyecto de hacer un mundo más humano, y le hace esa propuesta sorprendente: “Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, dales el dinero a los pobres… y luego ven y sígueme”.
El rico posee muchas cosas, pero le falta lo único que permite seguir a Jesús de verdad. Es bueno, pero vive apegado a su dinero. Jesús le pide que renuncie a su riqueza y la ponga al servicio de los pobres. Solo compartiendo lo suyo con los necesitados podrá seguir a Jesús colaborando en su proyecto. El hombre se siente incapaz. Necesita bienestar. No tiene fuerzas para vivir sin su riqueza. Su dinero está por encima de todo. Renuncia a seguir a Jesús. Había venido corriendo entusiasmado hacia él. Ahora se aleja triste. No conocerá nunca la alegría de colaborar con Jesús.
Es lamentable que esta historia termine mal porque al hombre no le gustó la propuesta de Jesús y se marchó triste porque era muy rico. He aquí un ejemplo de cómo un hombre bueno y cumplidor tenía su corazón prisionero de sus muchos bienes.
Pensemos ¡qué distinto hubiese sido todo si él hubiera hecho lo que Jesús le pedía! Hoy estaríamos hablando de Jesús y los trece apóstoles. Pero si hablamos de doce apóstoles, es porque uno que fue llamado contestó que no. Como arzobispo de Camagüey, pienso en cuántos jóvenes son llamados por Jesús a dejarlo todo y seguirlo como sacerdotes o religiosas pero su respuesta ha sido no. Y puede que terminen tristes como el hombre del evangelio que escuchamos. Pero, afortunadamente, son muchos más quienes han respondido que sí al llamado de Jesús y sus nombres han quedado para la historia. Vaya nuestra memoria agradecida a hombres y mujeres llamados Pedro y Pablo, María y José, Francisco de Asís, Teresa de Calcuta, Juan Bosco, Rosa de Lima, Martín de Porres, Ignacio de Loyola, Félix Varela, José Olallo Valdés, el Padre Valencia, Monseñor Adolfo, la Madre Laura, Antonio María Claret, Rita de Casia, Teresa de Jesús, Enrique Pérez Serantes, Francisco Javier, Juan Pablo II, Juan de Dios, Mónica y Agustín, Soledad Torres, José López Piteira, María Magdalena y muchísimos más.
Vaya también nuestro agradecimiento a esos hombres y mujeres de hoy que también lo dejaron todo cuando Jesús los llamó a su servicio. A muchos los conocemos por sus nombres: Cambra, Paquito, Carlos Juan, Alberto, Sor Isabel, Bastián, Raúl, Genaro, Peter, Juanjo, Grau, Ignacio, Pacheco, Héctor, Julio, Iván, Sergio, Beatriz, Gladys, Milquella, Paulina, Castor, María Cristina, Alfonso, Miguel, Elber y tantos hombres y mujeres más. Todos ellos escucharon la invitación de Jesús, lo dejaron todo, y lo siguieron. Recemos para que los que hoy estén siendo llamados no defrauden a Jesús. Cuba y su Iglesia los necesitan.
